Fue en una mañana lluviosa, cuando el sol apenas quería comenzar a salir y el cielo oscuro se tornaba de un gris opaco por las nubes que lloraban sobre mí. Fue mientras fumaba un cigarrillo y el humo intentaba revolotear entre las gotas que se precipitaban con ligereza. Mientras observaba sin ver el entorno que me rodeaba, estando de pie sobre mi patio; la maceta de barro rojo en la que crecía hierbabuena, la bolsa negra y arrugada llena de basura de días pasados, ropa tendida sobre los hilos que cruzaban todo el lugar, gris y rojo, allí donde varios ladrillos horneados intentaban asomarse bajo el cemento mal puesto. Fue cuando el frío del alba se colaba entre mis ropas negras, por supuesto, y revolvía mi cabello despeinado, que llevaba varios meses sin cortar. Mientras el sabor del tabaco impregnaba mi paladar y mi nariz, y llenaba mis pulmones de porquería y mi cerebro de nicotina.
Cerré los ojos varias veces al momento en que un par de gotas cayeron en mis párpados, y tosí sin querer cuando di la última calada de mi vicio.
«¿Qué estás haciendo? —me dije cuando sentí mi ropa empapada—. ¿Qué estás haciendo?», me repetí otra vez cuando el agua cálida de la ducha levantaba vapor sobre mis pies y me empañaba la vista igual que a un espejo. La nostalgia llegó con prisa, o tal vez nunca se fue, y me estrujó el corazón como una esponja, obligándome a derramar lágrimas de sal y pena que pronto se perdieron por la coladera junto con la suciedad que limpié de mi cuerpo.
Qué triste, ¿no es así? ¿Qué hace una persona cuando la vida lo ha tenido del cuello desde que tiene memoria? La paz que algunos días se es capaz de sentir rápido se esfuma ante la ansiedad, el estrés y la depresión que llegan como aquellos que a una fiesta no han sido invitados e incomodan a todo mundo con su presencia. ¿Hace cuánto que no duermo bien? ¿Cuántas noches de desvelo han merecido la pena? ¿Cuántos cigarrillos más me habré de fumar? ¿Y cuánta vida más he de gastar para sentir que vivo?
La rutina se había vuelto pesada, la monotonía tomó el lugar que pertenecía a todas las experiencias nuevas que habría algún día de vivir. El alcohol reemplazó al agua, los cigarros a la comida y la luna al sol. Allí donde permanecía en vigilia la oscuridad me rodeaba, y el sol, tan lejano y distante, parecía cuidar de manera calurosa cada sueño que mi mente inventaba al cerrar los ojos.
Desayuné en silencio, con las sillas vacías del comedor acompañando mi rutina. Hace unos meses me encantaba la pintura blanca que cubría todo el interior de la casa, pero ahora me daba frío, se sentía tan extraño. Platos blancos, vasos blancos, cubiertos color plata, comedor gris. ¿Qué estaba sucediendo? La comida, como no queriendo, llegó hasta mi estómago para intentar saciarme, cosa que casi conseguía ese día, pero no.
La lluvia en el exterior había empeorado, escuchaba los fuertes chorros caer con frenesí hasta la acera de la calle. Y los relámpagos, asomándose de vez en cuando, perturbaban más mis pensamientos.
Tomé su foto, tan llena de colores y vida que opacaban el ambiente que me rodeaba, y no pude evitar sonreír. ¿Por qué no? No perdía nada al hacerlo, aunque tan poco ganaba mucho para ser sincero.
Tras vestirme, salí de la casa con mi sudadera puesta y me subí el gorro para evitar que se me empapara el cabello. No me gustaba usar paraguas. La música en mis audífonos sonaba a alto volumen, casi al punto de lastimarme los oídos. Pero no me importó, prefería eso a fastidiarme con los sonidos del exterior; los autos, las fábricas, las pláticas de las personas que me parecían tan vacías, los ladridos de los perros, y el sonido del tren al atravesar las vías.
Dejé que pasaran los vagones frente a mí, el tren estaba lleno. La gente estaba apretujada en el interior, sacudían sus paraguas en la puerta para quitar el excedente de lluvia y después entraban con prisa. Era la única razón por la que odiaba cuando llovía; la mayoría de la gente olía a humedad. Pero, por otro lado, esos días eran mis preferidos. No había sol ni calor, podía usar suéteres y chamarras, y la melancolía parecía ganar terreno sobre todas las cosas; no había mejor escenario para dejarse empapar de nostalgia y soledad que los días lluviosos. Me hacían sentir… vivo.
Cuando llegó un tren medio vacío, el de las nueve de la mañana, decidí subir en él. Me fui hasta el último vagón, igual que siempre, y me recargué en la pared metálica del fondo, discreto, sin llamar la atención, como era mi costumbre.
Cerré los ojos y me dejé llevar por el movimiento de la máquina al deslizarse por las vías. Unas veces a la izquierda, otras a la derecha, y algunas veces hacia arriba y abajo.
—Mi Tren llegando a: Juárez —escuché que dijo el parlante del vagón en el que me encontraba. La sacudida del tren al detenerse me hizo casi tropezar, sólo en ese momento abrí los ojos y la vi.
La chica estaba empapada en su totalidad. Tenía el cabello goteando y el delineador escurrido por todas sus mejillas y las comisuras de sus ojos. Parecía llorar lágrimas negras. Golpeaba con delicadeza la punta de su paraguas en el suelo del vagón, quitando los restos de lluvia que había en él.
Tal vez lo primero que me llamó la atención es que vestía de negro igual que yo. Llevaba una clase de vestido que sobrepasaba con ligereza la altura de sus rodillas y una chamarra de cuero negra. El cabello apenas le rebasaba los hombros, cortado en capas, similar a las olas del mar. Su piel morena brillaba por el reflejo de las luces sobre la humedad que la envolvía gracias a la tormenta del exterior.