Cuando Vuelva a Llover

1

Desperté gritando. Una vez más. La noche había caído y el frío cubría mi cuerpo entero. Me senté al borde de la cama y me froté los ojos. La misma pesadilla, la misma realidad. ¿Cuántas veces más tenía que sufrir por lo mismo? Los recuerdos de los días pasados me atormentaban a tal punto de que deseaba con toda mi alma pescar esa enfermedad que te hacía perder la memoria. Qué fácil sería todo con la cabeza vacía.

Miré al techo para contemplar una vez más la Vía Láctea, o al menos una imagen con movimiento que proyectaba un dispositivo sobre mi escritorio. Estrellas grises, planetas grises, polvo estelar gris. Me sentía estafado. El anuncio decía que el proyector podía mostrar imágenes a color, pero todas eran blanco y negro. Aunque me entretenía bastante. Mirando el cielo falso podía perderme en mis pensamientos, en mis malditos y estúpidos pensamientos.

Me puse de pie de un salto y tomé su foto de la pared.

—¡¿Por qué?! —le grité como si fuera capaz de responderme.

Apreté el marco con tanta fuerza que el cristal hizo un crujido y se estrelló en cientos de grietas. El sonido me hizo sobresaltarme y abrir los ojos como platos.

—No, no, no —dije—. Perdóname, perdóname.

Las lágrimas de nuevo brotaron por mis ojos. Ni siquiera noté el hilillo de sangre que emanaba de mi dedo pulgar derecho. Volví a poner la fotografía en el clavo de la pared y me tapé la boca con la mano para sofocar mis gritos de desesperación y de frustración. Fue en ese momento cuando noté el sabor a hierro mezclado con el de la sal. Oprimí el puño y la mandíbula tan fuerte que por un momento me sentí flotando. Tras varias respiraciones entrecortadas fui al lavabo para limpiarme el rojo de mi cuerpo. Ese maldito color rojo.

«Tengo que ir a comprar otro portarretratos», me dije mientras me ponía una bendita en la herida y miraba mi reflejo en el espejo. Tan distorsionado, hueco. A través de mis ojos tan sólo veía el vacío del alma. Mis ojeras denotaban el deterioro de mi cuerpo. Era delgado, jamás había pesado más de sesenta kilos, siendo alguien que medía más de un metro ochenta. El cabello me cubría los ojos cuando el flequillo se salía de su lugar, aunque jamás me había gustado tenerlo tan largo. Y parecía bastante triste, tal vez eso era lo que más destacaba de mí.

Eran las dos de la mañana.

Encendí la televisión para esperar a que amaneciera. Los programas pasaban uno tras otro y yo, con la mirada perdida, trataba de ponerles atención, cosa que pocas veces conseguía. Las horas pasaron, aunque no sentí que así fueran. Y cuando menos lo noté, tras la ventana de mi habitación la luz azul de las primeras horas del día se hacía notar sobre la negrura estrellada. Quería un cigarrillo. Esa era la hora perfecta para fumar; el frío era más intenso, y la claridad tan sólo permitía distinguir siluetas negras allá donde había edificios, antenas y demás casas.

Salí de mi habitación y me dirigí al patio, encendí mi cigarrillo y de nuevo el ciclo comenzó. El huracán que azotaba la ciudad haría que lloviera toda la semana, si no es que más tiempo todavía, por lo que de nuevo las gotas sobre mi piel, otra vez el sabor del tabaco, las nubes grises… aunque, en esa ocasión, a la lejanía, muy distante, un trozo de cielo limpio por donde se intentaba colar el sol llamó mi atención; atravesando la espesura gris, como pequeños dedos que intentan tocar tierra, vi esos colores azules y morados que indican el amanecer.

Esos ojos.

Caí de rodillas casi al instante. Esa chica. Esa sonrisa genuina… Su recuerdo taladraba mi mente. ¿Qué estaba pasando? En el interior de mi cabeza sólo habitaba el caos, ¿por qué se intentaba colar su imagen a un lugar tan desastroso? Ese tren, ese vagón, a las nueve de la mañana.

Esta vez mientras me duchaba fue diferente. Ninguna lágrima recorrió mi rostro. Y mis ojos, antes llenos de pena, ahora sólo reflejaban… confusión.

Al vestirme, de nuevo escogí mi ropa negra, de hecho, era el único color de prendas que tenía. Creía que no llamaba mucho la atención, y que quedaba bien siempre. Además, pocas veces eran las que salía de casa. Me gustaba la soledad de mi cuarto y la paz que a veces podía transmitir. Por mucho que algunos días mi cerebro me la jugara, prefería tener mis batallas conmigo mismo. Sólo tenía un amigo, y no me gustaba molestarlo para hablarle de mis penas, aunque él insistía en que no era ninguna molestia. Bastante tenía toda la gente con sus propios problemas como para yo atormentarlos con los míos. Se llamaba Sinaí, y fue la única persona que me acompañó aquel día… aquel triste, gris y lluvioso día.

Tomé las llaves de la casa y me dispuse a salir, pero al ver el reloj… eran las siete treinta. Tomaría el tren de las ocho de la mañana. Me senté en la silla de mi escritorio y esperé. Vi mi celular, tomé un libro, bebí un poco de café y escuché música para dejar correr el tiempo.

A las nueve, en el último vagón.

Salí con el corazón latiéndome con fuerza, y a la vez con una esperanza que hacía casi un año que no sentía. ¿Y sí…?

No.

Tenía veintiséis años. La única pareja que llegué a tener fue a mis quince y fue una chica de la secundaria, ni siquiera contaba como una novia oficial. Ambos estábamos chicos, éramos tontos, y demasiado tóxicos. Desde entonces mi contacto con las mujeres era reducido; sólo convivía con algunas cuando era muy necesario. Por eso fue tan raro que me sonriera…




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