Cuarentena Letal

Noche 7. Sombras en el pasillo

Leyla. 21:30 horas

 

Leyla entró en su cuarto, cerrando la puerta tras de sí, había lágrimas en sus ojos y su respiración era entrecortada, en la cena Jason había actuado como si Alison fuera su novia, como si ellos hubieran terminado mucho tiempo atrás, como si lo suyo fuera irrelevante, algo de lo que podía olvidarse en cuestión de horas y no una relación de varios años.

 

¿Cómo podía sentirse tan sola en medio de sus supuestos amigos?

 

Permaneció varios minutos a solas, cuando llegó Johanna, con una taza de té en la mano y una expresión de tristeza. No dijo nada, sólo dejó la taza en la mesita de noche y salió. Leyla necesitaría agradecerle más tarde, Jo parecía entender a la perfección su necesidad de estar un tiempo sola, lejos de todos con sus conversaciones y chistes. Necesitaba silencio, un poco de paz…

 

El Rojo 21:30

 

Los chicos estaban en la sala, después de que Leyla huyó de la cena él y Peter se retiraron, ninguno sabía sobre Alison, pero, aunque ella fuera el amor verdadero de Jason, su comportamiento no estaba bien.

 

-Eres un idiota. -Dijo El Rojo, apenas atravesó Jason el umbral, una desagradable expresión de satisfacción en su rostro. - ¿No te importa hacer sufrir a Leyla?

 

-Si me importara seguiría con ella, ¿No lo crees?

 

Peter bufó a su lado, agitando su cabeza. Ambos habían visto a Jason y Arturo ser perfectos idiotas con sus novias, amigas e incluso con ellos, eran buenos en deportes, vitales para el equipo de futbol, nunca eran regañados, no recibían suspensiones. El Rojo se levantó, vio a Johanna bajar las escaleras, ahí debía estar Leyla. Ellas dos se volvieron muy cercanas tras la muerte de Helen, no eran inseparables, sólo pasaban las mañanas juntas en la huerta, nadie sabía de qué hablaban y ninguna parecía dispuesta a contarle.

 

El Rojo era un chico muy curioso y tímido, cuando entró al equipo de futbol se sintió tan feliz que aceptó de buena gana las bromas pesadas de Arturo y comentarios hirientes de Jason. Le agradaba Leyla, no era intencionalmente mala como su novio, además tenía una linda sonrisa que le recordaba a su hermana pequeña, Laura.

 

Subió las escaleras y se detuvo en el pasillo, en el cuarto de Arturo se escuchaban voces, una especie de discusión entre amantes digna de cualquier telenovela, no prestó atención y se dirigió al cuarto de Leyla. Golpeó suavemente la puerta con sus nudillos antes de empujar la puerta. La joven porrista estaba sentada en el suelo, una taza vacía a su lado y con el rostro oculto entre ambas manos.

 

-Leyla, ¿Estás bien?

 

-No, yo… quiero estar sola.

 

-De acuerdo, sólo quería decirte que Jason es un idiota y si quieres le puedo romper la nariz de tu parte. -Ofreció, esperando hacerla sonreír.

 

Sus palabras tuvieron el efecto esperado, ella sonrió, aunque sus ojos seguían viéndose tristes como un día nublado. El Rojo fingió golpear a un Jason invisible al lado de su cabeza antes de retirarse. Notó que las voces en el pasillo se habían detenido…

Profesor Salvador. 22:00

 

Salvador había tenido un buen día, desde que se volvió la niñera de varios adolescentes pasó los días intentando mantenerlos vivos (¡no sabían ni hervir un huevo!), limpios (al parecer creían que la ropa se lavaba sola y ni se digan los trastes) y relativamente bien portados (los chicos podrían destruir la casa si los dejaban solos). Tras la cena tenía unos minutos de tranquilidad, un pequeño oasis en su atareado día de responsabilidades. Johanna estaba en la huerta, entendía que quisiera estar sola un rato, a decir verdad, él también necesitaba unos momentos a solas con su mente.

 

Ver a la joven Helen morir, incapaz de hacer nada para ayudarla, le provocaba terribles pesadillas. Intentaba ocultarlas de todos, incluso de Johanna. Apenas cerraba los ojos veía a la pálida joven tirada en el suelo de madera, su sangre llenándolo todo, esparciéndose por el piso hasta llegar a sus zapatos. Despertaba bañado en sudor y tembloroso, sintiéndose tan débil como cuando tenía doce años y era el más delgado de sus hermanos.

 

“Es difícil olvidar la sangre” Solía decir su padre, un policía más preocupado por su trabajo que por su familia.

 

En su momento no lo entendió, pero ahora…

 

Se detuvo antes de seguir esos pensamientos que no llevarían a nada productivo. Se sentó en las escaleras, en la parte más alta, tal y como hacía cuando estaba en la escuela y necesitaba desestresarse. Escuchó pasos apresurados del pasillo, pero no se asomó, no quería ocuparse de más, ya hacía todo lo humanamente posible para asegurarse de que esos chicos regresarían con sus familias, después de todo él era el único adulto responsable (si, sabía que eran mayores de edad, aunque nunca se comportaran como tal).

 

- ¿Qué demonios haces? No creo que te atrevas, eres muy cobarde -Escuchó decir una voz en el pasillo, le identificó como Arturo. Su tono no era amable, estaba lleno de burla. - Vete al diablo…

 

Oyó un golpe, seguido de pasos y nada más.

 

- ¡Arturo! ¿Qué demonios, viejo?¡Alguien ayúdeme! -Gritó otra voz.

 

Salvador bajó las escaleras corriendo sólo para encontrarse con otro charco de sangre y los ojos inexpresivos de Arturo enfocados en el techo…

 

Arturo 21:30 Media hora antes del asesinato.

 

Arturo miró a Rosa, ella llevaba puesta una blusa rosa suelta y pantalones negros de pants. Se había dedicado a evitarlo los últimos días y ahora lo buscaba en su cuarto después del anochecer. ¿Quería regresar con él? Siempre era lo mismo con Rosa, se enojaba por cualquier tontería (léase, infidelidad), se alejaba por un par de meses y después regresaba a él. No tenía problema con ese sistema, creía que las reconciliaciones son lo mejor de una relación, aunque no creía en la monogamia (esto último no lo sabía ninguna de sus novias). Se sentía un genio por tener tanta suerte, hacía lo que quería con quien quería, era feliz.




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