No guardes rencor, guarda distancia.
Es más sano, más sabio y mucho más elegante.
◇◇◇◇◇
Suspiré aliviada cuando por fin llegué a las coloridas rejas que resguardaban el jardín de niños. La hora de salida podía describirse perfectamente con dos palabras "caos controlado".
Sortear la multitud hasta llegar a la reja me había tomado aproximadamente 15 minutos y unos cuantos empujones.
Saludé a la maestra y al señor de seguridad que se encontraban junto a la rejas.
La maestra era una señora un tanto malhumorada, pero, por lo que había visto tenia un buen toque con los niños.
Al verme asintió con la cabeza como saludo —¿La tía de Gael verdad?
Le sonreí, hasta las maestras de otros salones conocían a mi sobrino —Si
—Hermano nos notificó que usted lo recogería —me extendió un cuaderno de registro. —Por favor anote su nombre, apellido y firma. Es por seguridad.
Llamó a otra maestra. —Por favor avísale a Vivían que vinieron a recoger a Gael Silva.
Mientras esperaba al pequeño escribí mis datos en la libreta.
Por las coloridas puertas del preescolar vi salir a la maestra Viviana con el pequeño tomado de su mano, en su otra mano colgaba una mochila con dibujos de los Paw Patrol.
A mi sobrino le encantaba aquella comiquita.
El pequeño de rizados cabellos negros y mejillas sonrojadas venía parloteando, su cara y camisa roja se encontraban cubiertas de pinturas de colores.
Esperaba que fuese pintura lavable.
Desde mi posición no podía saber que le estaba diciendo a la maestra, pero por la sonrisa en su cara debía de ser alguna anécdota de su día.
Al verme, su carita se iluminó.
—¡Tía Val! —Extendió su manito libre saludarme con entusiasmo.
Le devolví el saludo sonriendo.
Cuando llegó junto a mi se tiró a mis brazos, lo recibí con gusto, todavía conservaba un ligero olor a bebé —Hola mi amor. ¿Qué tal tu día mi vida?
Despegó su carita de mi hombro —¡Me fue muy bien! —me mostró una de sus manitas manchadas —¡Mira! Soy una obla de arte.
—Si que lo eres —comenté divertida.
A sus 4 añitos Gael hablaba con bastante fluidez, pero de vez en cuando se comía los sonidos, o las cambiaba, por ejemplo la L con la R.
El no tenía ningún problema, simplemente tenia la media lengua propia de su edad.
La maestra soltó una risita.
La miré —¿Qué tal se portó este caballero?
—Se portó muy bien —me extendió la mochila en su mano —Tiene algunas tareas para casita.
Gael se soltó un quejido lastimero, me mordí el labio inferior para no reír.
—Despídete de la maestra —le pedí al niño en mis brazos.
—¡Hasta mañana maestra Vivi, hasta mañana señora Susi! —Expresó él con alegría recuperando su sonrisa.
Ambas maestras le devolvieron el saludo.
Sorteando la multitud, con el niño en brazos me alejé del preescolar.
Una vez ya sorteado el gentío, bajé al niño al suelo y tomé su mano mientras caminábamos por la acera.
—¿caminamos para buscar a tu hermano o prefieres ir en el carro?
Llevo su manito libre al mentón como si estuviese deliberando algo de vital importancia.
—Caminemos tía.
Sonreí —Vamos.
Las escuelas de los niños se encontraban en la Asunción, no muy lejos una de otra, las infraestructuras coloniales del municipio hacían que cada parte del paisaje fuese hermoso de mirar.
La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción con sus puertas abiertas le aportaba al entorno un aire solemne.
Al parecer mi sobrino había heredado mi gusto por disfrutar del paisaje, contemplaba su entorno con los ojos brillantes.
—¿Qué más hiciste hoy mi vida?
Eso bastó para darle cuerda, no paró de hablar en todo el camino en busca de su hermano.
Yo disfruté de cada palabra, amaba oír hablar a mis sobrinos.
Al acercarnos a las puertas de la escuela se repitió la escena, una multitud de representantes acumulados frente a las rejas.
Suspiré. Aquí vamos de nuevo.
—Ven para cargarte amor —le pedí a mi sobrino, eran muchas personas al rededor de las puertas, mientras más cerca estuviese del pequeño de 4 años mejor.
Sin refutar estiró sus bracitos.
Un ratos después éramos tres los que nos alejábamos de la escuela.
—¿Entonces te pusielon puros números? —Le preguntaba el pequeño Gael a su hermano.
Mi otro sobrino asintió con entusiasmo —¡Si! Cada vez que decía la respuesta bien me daban un caramelo.
Saco un pequeño caramelo de miel de su bolsillo para mostrárselo a su hermano.
Gael miró a Dilan encantado. —¡¿Enserio?! ¡Yo también sé contal! —Extendió uno a uno sus deditos mientras contaba —uno, dos, tles... —Me miró esperanzado —tía yo también quiero ir a la escuela glande con Dilan.
— El año que viene vas a la escuela grande —le informé
Miró a su hermano con duda —¿El año que viene es mucho tiempo?
Dilan le ofreció un caramelo mientras meditaba como explicárselo, al final optó por una respuesta simple —bastante.
Sonreí, Dilan tenía 6 años recién cumplidos, si bien sabía un poquito más grande que su hermano, seguía siendo pequeño.
Al tener caramelo en la mano rápidamente olvidó la conversación.
Llegamos a la plaza donde tenía estacionado el carro.
Les abrí la puerta trasera y después de asegurarlos, entre en el carro para dirigirnos a mi casa.
En el camino una alegre música de Camilo era acompañada con los energéticos cantos de mis sobrinos.
Nada podía quitarnos el buen humor.
O eso pensé hasta que llegue a la casa y me encontré a mi madre frente a mí puerta.
◇
Apreté el volante, respiré profundamente y me armé de una sonrisa para voltearme a ver a mis sobrinos.
—hey —ambos voltearon —Tenemos visitas.
Sus cabecitas se estimaron para ver a través del parabrisas.