La manera en que decides cómo te
afectan las cosas es el único control que tienes sobre ellas.
Quetzal Noah
◇◇◇
Escuché el crujido sutil y seco de la puerta cerrándose a mis espaldas.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, inhalé y exhalé varias veces.
Las primeras respiraciones fueron entrecortadas, el nudo en el pecho seguía presente.
Me recargué en la puerta pasándome una las manos por el cabello.
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2.
3.
Sintiéndome mejor, me armé de valor y sonriendo entré en la sala.
Encontré a los dos pequeños sentados en el mueble, cada uno con una galleta.
Al oír mis pasos ambos voltearon.
Sobre la pequeña mesa de centro se encontraba el plato de galletas y unas cuantas toallitas húmedas manchadas con pintura de colores.
Las manitos de Gael estaban limpias mientras sostenía la merienda.
Le sonreí a Dilan en agradecimiento.
Era un niño lindo.
-¿La abuela ya se fue? -preguntó él inclinado un poco la cabeza con duda.
Me acerqué a la mesa para recoger las galletas restantes y las toallitas usadas.
-Sip. Tenía que hacer algo importante y se fue -probablemente ese algo importante fuese despotricar en mi contra, pero ni modo.
Gael arrugó su naricita -La abuelita debe haber comido sopa de serpientes.
Levanté la ceja esperando que terminara de plantear su idea.
Su hermano lo miró asombrado -¡¿De serpientes?!
Gael asintió enérgicamente mientras retiraba una chispita de chocolate y se la llevaba a la boca -La maestra dice que uno dice cosas feas cuando come muchas serpientes.
-¿De verdad? -preguntó el pequeño Dilan con los ojos abiertos.
Gael extendió sus manitos señalando que algo era grande, migajitas de galletas cayeron en el mueble ante el movimiento -¡Si! la maestra lo leyó del libro grandote.
Ok. Eso explicaba de donde lo había sacado.
-¡Vi un video que decía que las serpientes tienen saquitos de veneno en la boca -Dilan se llevó una manito al mentón pensando -¿Será que si te las comes también te salen saquitos de veneno?
Su hermanito lo miró consternado -Uf. Que feo ha de ser tener saquitos en la boca. -se sacudió como si lo pensara -deben de saber feo. Tiíta yo no voy a comer serpientes nunca.
Su hermano asintió de acuerdo con su iniciativa -Yo tampoco.
Reí un poquito -Ok. Par de geniecillos. Nada de serpientes para comer. -recogí las migajas caídas, ya las galletas habían desaparecido -es hora de quitarse el uniforme y ponerse algo cómodo. No le digan a papá que comieron galletas antes del almuerzo.
Ambos soltaron risitas cómplices.
Pequeños diablillos, eso sería lo primero que le dirían. Ya los conocía.
Los tres nos dirigimos a la habitación al final del pasillo. En un principio era un pequeño estudio, actualmente era la habitación oficial de los pequeños en la casa.
Dibujos de superhéroes decoraban las paredes. Colores de cera, hojas y marcadores se encontraban ordenados en una esquina, una cesta con juguetes al lado de la litera con sabanas coloridas.
Un rato después los niños estaban sentados en la mesa mientras comían gustosos un plato de pasta a la boloñesa.
Una adormilada pelirroja salió de su habitación con cabello un tanto alborotado, la cara recién lavada y una curiosa pijama de Phineas y Ferb.
Con pesadez se acercó a los pequeños y le dio un beso en la cabeza a cada uno -Dios me los bendiga mis pequeños.
Ellos aceptaron el cariño gustosos -Bendición tía Angeles.
Ella les revolvió el cabello -¿Qué tal les fue pequeños?
Los dejé hablando y me dirigí a la cocina para servirle un plato de comida a Angeles.
El olor de la pasta era delicioso.
Serví una buena cantidad, mi querida amiga había llegado en la madrugada después del trabajo. Seguramente ni había desayunado.
Mi teléfono vibró.
Un número desconocido brillaba en la pantalla.
Sin pensarlo mucho contesté.
Un rato después salí de la cocina con dos platos en las manos y una sonrisa de oreja a oreja.
-Cuéntame -me pidió la pelirroja cuando llegué a la mesa.
Papá siempre dice que la felicidad y el amor son cómo las mandarinas, no puedes esconderlo. Eso se huele y el olor te delata.
Puse un plato y un cubierto frente a ella -Come primero.
Ella tomó la jarra con jugo que se encontraba en la mesa y me ayudó a servir el líquido naranja.
-Cuéntame mientras comes.
-Bueno... -Me miró intrigada -Vamos a tener que cambiar un poco lo planes de hoy. Vamos a la playa de Pampatar.
Olvidando cualquier mal momento del día empecé a relatarle la curiosa llamada.