Cuéntame Mientras Comes

Capítulo 5

Sentir pasión por lo que haces es el motor que transforma la rutina en propósito, convirtiendo obstáculos en desafíos superables y el esfuerzo en satisfacción.

◇◇◇

En el camino hacia la playa me había imaginado un par de escenarios de como sería la entrevista.

Pero ni la más insólita de mis fantasías podía compararse a esta realidad.

En el bote venían tres personas, dos de pie y uno sentado al lado del motor manejando la embarcación.

Los tres venían riendo entre ellos y discutiendo algo con los del otro bote.

Juan desapareció de mi campo de visión.

Empezaron a oírse risas y quejas fraternales.

—Espera que lleguemos al muelle para elegir —gritó uno de los pescadores del segundo bote. Por su voz alguien joven.

Una de las personas que venían en el primer bote hizo caso omiso a sus palabra y se agachó frente a la caja con la pesca provocando la risa de los hombres.

—¡Hombre! no seas dramático, pescamos lo suficiente para que tu mujer te preparé una buena comida —Reconocí la voz de Leonardo como el hombre que seguía de pie en el bote principal.

Hubo unos cuantos silbidos burlones y manotazos entre compañeros ante la cara roja del joven marinero.

El chico era el único que venía sin la tela negra que protegía su cara del sol.

La mayoría vestía mangas largas de color negro tratando de dejar la menor cantidad de piel expuesta.

—¡Hey Aziel! —llamó uno de los marineros del tercer bote. —¡Pásale uno de los grandes a la princesa! ¡hoy quiere que su mujer lo trate lindo!

Todos rieron.

El hombre que estaba en cuclillas seleccionando la pesca se levantó con algo que todavía se movía en la mano.

Leonardo vio el tamaño del animal en cuestión y mirando al joven pescador preguntó —¿Sabes quechar verdad?

—¡Por supuesto! —se puso en posición para quechar.

—¿De verdad quieres que te lo lancen muchacho? —preguntó el hombre que manejaba el bote mientras aminoraba la marcha —¿Por qué no te esperas a llegar?

—¡Lánzamelo! ¡Yo lo quecho!. —Aseguró el joven confiado.

—Si no lo atrapas, tu mujer te hará dormir con los gatos en la calle —bromeó el hombre sentado. Se escucharon risas roncas.

El hombre en el primer bote tomó impulso y lanzó a el animal.

Todos miramos expectantes.

Ocho tentáculos se desplegaron en el aire.

Hubo un momento de silencio casi teatral.

Mi carcajada rompió el silencio.

El pobre marinero tenía un pulpo rodeando prácticamente toda su cara y hombro. Una gran mancha de tinta había cambiado el color moreno de su cara por uno negro, por suerte no le cayó en los ojos.

Los pescadores no podían ni respirar entre carcajadas.

Un momento después todavía riendo uno de los hombres se acercó a intentar ayudarle a despegar a la criatura.

La persona que lanzó el pulpo se quito la capucha revelando un rostro de piel clara que desentonaba totalmente del entorno pesquero y el sol abrasador.

Su cabello oscuro, se encontraba revuelto debido al sudor y el roce de la capucha, su aspecto desordenado le daba aire rebelde y auténtico.

Una gran sonrisa adornó su cara cuándo sus ojos juguetones escaneaban la escena.

Intenté ver desde esa distancia el color de sus ojos. Al caer en cuenta sentí mis orejas calentarse y aparté la mirada.

No era el momento para distraerme con una sonrisa linda.

Volví la vista a la escena del pulpo.

El pobre marinero seguía peleando para despegar las ventosas.

—¿Crees que logre quitarse la tinta hoy? —Preguntó Leonardo agachándose para ayudar al pescador de la linda sonrisa.

—Nop —aseguró el dichoso lanzador hablando por primera vez —le va a durar unos cuantos días.

—Hoy Jorge come pulpo, pero igual duerme afuera —aseguró entre risas el hombre que ayudaba al pobre Jorge a tratar de despegar al pulpo de su piel. —hasta un pulpo muerto encuentra la manera de joderte Jorge.

Antes de que la tinta se secara por completo le pasaron agua para intentar minimizar el desastre. Después de unas cuantas lavadas su piel todavía conservaba la mayoría del color negruzco.

Los botes llegaron al muelle y fueron amarrados junto a un pequeño toldo, los marineros poco a poco empezaron a ordenar las cosas y recoger.

A mi lado aparecieron varias personas transportando jabas para descargar los pulpos, la persona que lideraba el grupo era Juan.

Los pescadores seleccionaron la carga ofreciéndole los que tenían mejor tamaño a los dos hombres. Con ayuda de unas básculas de pesca y un cuaderno empezaron a contabilizar la carga.

Leonardo levantó la vista y me miró, con un movimiento natural se quitó la capucha y me ofreció una sonrisa. —Pero mira que tenemos aquí

Los pescadores miraron en mi dirección, sentí como se me calentaban las puntas de las orejas.

Escuché uno que otro piropo de los más jóvenes.

Leonardo los regañó como un hermano regaña a un chiquillo, tratando de no ser un tomate andante caminé en dirección a los pescadores. —Buenas tardes. —Saludé ofreciéndoles una sonrisa.

—Cuando vi tu nombre en la lista de candidatos pasé por alto al resto. —su sonrisa fue sincera. —Lamento las fachas, fuimos hasta Playa Moreno buscando los mejores ejemplares.

Me señaló las jabas que estaban siendo llenadas bajo la atenta mirada del misterioso lanzador de pulpos.

—Si bien el restaurante tiene un menú bastante variado, la mayoría de las salidas son platos de mar. —me invitó a acercarme a donde estaban los productos —hoy nos vamos a llevar 18 kilos de pulpo con nosotros.

—¿Normalmente ustedes mismos pescan sus productos?

Mi vista busco al chico de los pulpos, lo vi ayudar a agregar hielo en las jabas, las que ya estaban listas eran llevadas a la cava.

Leonardo negó divertido —No es algo común, pero tampoco es la primera vez que lo hacemos. —Tocó uno de los pulpos de forma distraída —No somos el típico restaurante de tres tiempos.



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En el texto hay: romace y comedia, amor en la cocina

Editado: 20.03.2026

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