Ningún orden es tan rígido que no pueda ser desafiado por lo inesperado. A menudo, el encuentro más profundo ocurre justo donde el plan se rompe y la vida decide improvisar.
◇◇◇◇
Las puertas se cerraron tras de nosotros con un sonido suave.
Dentro se extendía una amplia cocina con superficies de acero inoxidable, el aire olía a limpio con un sutil aroma a limón.
En el lugar solo se encontraban dos hombres, uno estaba colocando vasos en un lavavajillas de capota, y el otro se encontraba frente a torre de cubiertos en una de las estaciones, los lustraba para darles brillo.
Ambos pararon sus quehaceres y miraron en nuestra dirección, los dos eran altos, de piel clara, el que se encontraba frente a la cubertería lucía una barba bien cuidada y lentes.
El otro poseía un cabello rubio bastante corto, me hacía recordar al sub-chef de ratatouille; Horst.
Sonreí ante esto.
—Germán, Gustavo. —saludó Leonardo —Ella es la chica de la que les estuve hablando — Extendió una mano en mi dirección —Valentina, ellos son Gustavo Nuñes— Señaló al chico de los lentes —Y Germán Gutiérrez.
El rubio me lanzó una mirada curiosa mientras se secaba las manos con un paño que se encontraba en su hombro.
Le lance una sonrisa educada. —Es un placer conocerlos a ambos.
Leonardo sonrió, me impresionaba lo carismático que era mi jefe — Ellos son uno de los pulmones— Señaló a Germán — y la mano izquierda del Arrullo. — El rubio le tiro el paño ante la risa de Leonardo.
El chico de los lentes se acercó —No escuches al jefe, todavía no ha terminado de crecer, él es el cerebro del Arrullo pero sigue siendo un niño de vez en cuando.
Extendió una mano en mi dirección. La estreche — Estoy encantado de conocerte, soy Gustavo, soy mesero. — Señaló al rubio que estaba detrás de él —Aquel antipático que vez allá, es Germán, es ayudante de cocina.
Leonardo miró alrededor, aparte de ellos dos no había más nadie en la impecable cocina — ¿Y el resto?
— El capitán de meseros se llevó a Juan, Felipe y Beatriz —respondió Gustavo volviendo a su trabajo de lustrar los cubiertos — no se que pasó con los manteles y se los llevo corriendo. Sabes como se pone Michel con los inconvenientes.
Termino con un cubierto mientras seguía explicando. — Aziel nos dejó con esto y fue a buscar unos vinos para marinar el pollo. Micaela fue a ponerse el uniforme y Mateo... ni me preguntes donde esta, creo que se fue con Aziel a la bodega.
Leonardo soltó un suspiro pero antes de que pudiera responder, el sonido de su teléfono rompió la tranquilidad de la cocina.
Era solo la melodía, pero tuve que morder mi labio para no reír, conocía esa música.
Era Enemy de imagine dragons.
Leonardo miró la pantalla rápidamente —Me voy a tener que ausentar un segundo, Isabela me esta llamando. Y si me llama a esta hora es porque el libro de reservaciones está por explotar. Vuelvo en dos minutos.
Leonardo salió casi trotando hacia la oficina, dejándome en medio de la impecable cocina con el sonido rítmico de Gustavo lustrando la plata y el zumbido del lavavajillas de Germán.
—¿Isabela? —pregunté curiosa, quería conocer a las personas que me faltaban del personal.
— Es la pupila directa de Leonardo, la recepcionista del local. —Explicó Germán curando mi curiosidad, metió otra tanda de vasos en el lavaplatos.
Me acerqué Gustavo y señale los paños frente a la pila de cubiertos —¿Puedo ayudar?
Gustavo me regalo una radiante sonrisa —Por supuesto. Detrás de ese antipático hay un fregadero. Puedes lavarte las manos allí. —Señaló a su compañero.
Intente no reír ante la cara de pocos amigos que le lanzó Germán.
Siguiendo las indicaciones lave mis manos y volví al lado de Gustavo para ayudarle.
Los miré a ambos mientras tomaba un tenedor. Se notaba que, a pesar de las bromas, había un respeto profundo, como la que tienen los amigos de toda la vida.
—Parece que tienen un equipo muy bien armado —comenté —. Leonardo me dijo que son 13 en total. Hasta ahora he escuchado los nombres de 12, ¿quién falta?
—Adrián —Dijeron casi al mismo tiempo.
Ambos voltearon a verse al hablar al mismo tiempo como quien dice ¿es en serio?
Levante la cejas.—¿Adrián es un camarero?
—No, no. Adrián es el Bartender —respondió Gustavo, señalando a las puertas corredizas — Atamel forte debe de estar en el almacén de la barra viendo que le falta. Si Aziel cierra la bodega de licores y le falta algo, lo van a poner a limpiar hasta la campana de la cocina.
Reí —¿Atamel Forte?
—Tu no sabes que hace pero cae bien, sirve para todo y se vende hasta sin receta. — aclaró Germán al sacar la última tanda de vasos.
No pude evitar reír ante su dinámica.
Cuando Germán iba a poner los platos sobre la encimera casi se tropieza con unos vacíos de cerveza. Germán inmediatamente señaló las cajas plásticas como las posibles causantes de un gran mal — ¿Y esto?
Gustavo se asomó a ver que señalaba, al ver los vacíos se encogió de hombros —Ni idea, probablemente esté por llegar un proveedor. ¿Juan te dijo algo?
—No — se echó el pañuelo al hombro —pero sea quien sea que lo pusiera aquí, ahora lo va a tener que buscar en el almacén. Aquí estorban.
Con pasos rápidos llegó hasta donde estaban una serie de llaves y tomó una con un listón rojo.
Esos fueron los 3 segundo previos a la locura.
Cuando intento levantar las cajas, Germán soltó todo de golpe agarrando su dedo con dolor.— ¿que coño?
Algo grande cayó junto a las cajas, las llaves rodaron debajo de la mesada.
Un borrón azul se movió en la misma dirección que las llaves.
Soltando los cubiertos Gustavo y yo nos movimos en dirección a el pobre Germán que sujetaba su dedo.
—¿Qué pasó? —Preguntó Gustavo mientras revisaba el dedo de su compañero. Una gran zona rojiza resaltaba sobre su dedo anular.