Junio, 1900
En Río Bravo había llegado el día más esperado. Sus trescientos años, una tarde de junio de aquellos remotos años dorados "a lo grande" serían celebrados. Los riobravenses, nativos de esas tierras calientes, ansiaban festejar con bengalas, música y aguardiente.
—¡Vayan! ¡Vayan! —exclamaba doña Eulalia con fina entonación, indicándoles a los jóvenes monaguillos desde su florido balcón que corrieran a anunciar el inicio del fiestón—. ¡Apresúrense, muchachooos! ¡Suenen esas campanas con fuerza y entusiasmo!
Desde tempranas horas, la plaza se encontraba repleta. Curiosos, parranderos, las chismosas hijas del panadero y las damas de sociedad, por supuesto, llegaron primero. Muchos se congregaron cerca de las puertas del templo a la espera del inicio de la misa que oficiaría el padre Guillermo.
Los que vivían cerca del río aún decoraban las calles con bambalinas para agregar un toque más de alegría. Otros barrían los adoquines canturreándose felices. Doña Manuela, con orgullo, izaba la bandera de su patria, Venezuela. Pero además, según dictaba la tradición, las abuelas en casa preparaban dulces criollos: jalea de mango o conservas de coco.
Y tal cual rimaría el viejo Emiliano: —Con tonadas heredadas de los ancestros africanos, cuyas letras se improvisan en honor a los santos del Vaticano, al son del tambor culo 'e puya en las esquinas tamboreaban los ancianos—. Todos en ese pintoresco pueblo, blancos, mulatos, ricos, pobres y negros, caminaban como si bailasen en vez de andar. Por lo cual, era imposible que a ti también no te dieran ganas de festejar.
—«¡Tilín, tilín...!»
¡Sonaron las alegres campanas!
La misa estaba por comenzar. Los monaguillos abrieron las puertas del templo y todos se apresuraban para llegar al primer puesto. Pero cuando menos lo creyeron, una voz gritó con esmero:
—¡Escándalo, cuerda de ladrones! ¡Sí, ustedes! ¡Ustedes, brujas tabaqueras, vienen a misa sin sentir pena de vivir despellejando vidas ajenas! ¡También ustedes, dizque caballeros, que solo son una sarta de envidiosos deseando igualar la suma de mi dinero! ¡Ah! Y no están exentas muchas de las presentes jovencitas... ¡Fariseas que por las noches cruzan camino al río por mis haciendas!
Quien gritaba era don Benicio, un grotesco hacendado de abundante barba, ojos azules y gran sombrero. Él, con su carácter, solía amedrentar a todo el pueblo, aunque en el fondo, era tan noble como cualquiera de ellos.
—¡Oooh!... —exclamaron ofendidos todos a su alrededor. Incluso, a muchos lo revelado les dio calor.
—¡Sé que entre ustedes se halla el ruin ladrón!
—¡Cálmese, don Benicio! ¡Cálmese! —exigió doña Eulalia con solo dos gritos y seguido le golpeó el hombro con un abanico—. Parece usted un perico. Explique a qué se debe tal alboroto o deje de vociferar sandeces y secretos que no le competen.
—¡Ha hablado la "doña" con complejos de alcaldesa! ¿Acaso sabe usted que han robado una de mis más finas fieras?
—¡¡¡Oooh!!!... —volvieron todos a exclamar, generando un eco tan fuerte que las palomas hicieron revolotear.
Semejante atrocidad nunca había sucedido en Río Bravo. Allí todos se trataban como hermanos. Podías refrescar los dulces de mazamorra en la ventana o secar tu cacao en las aceras sin sentir temor de que algo se perdiera.
—¡Pero qué ha dicho, don Benicio! Ahora comprendo su molestia y, desde luego, no seré yo también una alcahueta.
—¿Lo ven? ¡Lo ven todos...! Mi reclamo no es solo una rabieta. ¡Exijo que aparezca ya mismo mi caballo, Cometa!
Inmediatamente la enardecida multitud, sin más pruebas que las palabras dichas por ese hombre de carácter ardiente, empezó a acusar al sobrino que crió don Clemente; el cual tiempo atrás estuvo preso en un pueblo llamado San Inocente, supuestamente por robarle a un muerto sus valiosos dientes.
Tal algarabía exigía un exhorto de parte del padre Guillermo, quien tratando de pasar entre la multitud e imponiendo su relajada actitud, entonces dijo:
—¡Calmaos! ¡Calmaos, hermanos míos! Es eso sin duda un acto innoble e impropio de vuestra conducta. ¡Pero tranquilizaos! ¡Seguro que ese caballo solo está extraviao!
Pero, como cosa rara, no bastaron estas palabras. Para el indignado pueblo se volvió propicio nuevamente protestar y los más exagerados, junto a otros hacendados, el murmullo una vez más alebrestaron.
—¡Algo así nunca había sucedido en este pueblo! —gritó a lo lejos el señor Alejo.
—¡Pues acaba de pasar y alguien deberá pagar por ello! ¡Ya verán, los atraparé y los tomaré del cuello! —aseveró don Benicio perdiendo aún más el juicio.
Y en un abrir y cerrar de ojos, apareció un hombre cuya voz estremeció a todos; el cual, disfrazado de ironía, un presagio les daría:
—¿Quién podría ser lo suficientemente ruin para robar a este hombre tan vil? —dijo con ironía, abriéndose paso. Y luego, con una mesura descomunal, añadió—: Solo un rastrero sería tan pendejo. ¡Pero tranquilos! El caballo de este avaro pronto aparecerá, ¡ya verán!... ¡Aaaah!... y por la manera en que lo hará, a todos gracia causará.
Al igual que su voz, este hombre solía pasmar por su apariencia escalofriante. Era tan alto que podías apostar que caminaba sobre zancos, y su piel tan oscura como una noche sin luna. Entonces, temerosos de él, no hubo quien no se apartara abriéndole paso para que al templo pasara.
—Ese hombre debe ser el mismísimo demonio —murmuró la hija de doña Eulalia cubriéndose el rostro—. ¡Es el único ciego que no se tropieza! Además, ese bastón con tallados de calaveras y el verde tan extraño de sus ojos perturban mi cabeza.
—Apuesto a que sí, hija. ¡Míralo! Es ciego, pero no se protege los ojos. ¡Y su ropa es exageradamente impoluta! Ese señor, aunque venga del río, con el blanco de su atuendo... ¡provoca escalofriíos!
Al hombre del que hablaban lo conocían como don Macumba. Vestía en toda ocasión completamente del mismo color, y el peso de los collares de brujería lo hacían caminar como si por poco se caería.
#1110 en Fantasía
#646 en Personajes sobrenaturales
#1540 en Otros
#265 en Relatos cortos
Editado: 20.04.2026