Cuentan los Cobardes

III

III

La celebración debía continuar.

No era día para dedicarse a indagar sobre cómo llegó el caballo de don Benicio a las manos de aquel jovencito. Aun así, en pocos minutos se corrió la voz de que lo había encontrado perdido a las orillas del río, y como no estaba marcado, lo pintó para camuflarlo.

De un momento a otro, el calor se hizo denso, el ambiente tenso y el tiempo lento.

—Entremos, Consuelo. Ha llegado el momento, a mí también me ha hablado el viento.

—Pa' dentro pues, viejo. Lo que se avecina lo iniciará el miedo y lo culminará un feroz duelo —contestó Consuelo.

Los ancianos debían resguardarse sin avisar a nadie aquel secreto sobre el cual el viento les habló, y enseguida el alegre cielo abraveció. Las nubes se tornaron grises, feroces relámpagos retumbaban, y una escalofriante brisa apagaba las sonrisas.

—¡Ay!... ¡Ay...! —empezó a oírse un lamento que terminó de enfriar el momento—. ¡Ay!... ¡Ay, qué dolor...! ¡Este llanto era profundo y aterrador!
Finalmente, empezó a lloviznar y ello dificultó la visión, dando pie a que se murmurara sobre otra supuesta aparición.

—¡La Llorona! ¡Es la Llorona! —exclamaba alguien. Y mientras el eco confundía su dirección, aquel lamento se hacía aún más aterrador.

—¡Corran todos!... ¡Corran todos!... ¡Miren a la Llorona flotando hacia nosotros!

—¡Si levantáis su velo, no habrá otra fiesta en este pueblo! —dijo otro a lo lejos.

Muchísimos se fueron. ¡Hasta los avaros gitanos sus toldos recogieron!

—¡Váyase, doña Rocío! ¿No está viendo a la Llorona que viene desde el río? —gritaba un hombre de bastante edad, mientras corría sin mirar atrás.

—¡Cuál Llorona! —le interrumpió la doña—. ¡Es Lihaelo, la curandera de este pueblo!

La Llorona de vestido y velo negro, al terminar de acercarse, se arrodilló ante el padre Guillermo. Este había quedado solo en medio de la vasta plaza, fingiendo no sentir miedo.

—¿Qué... qué os pasa, Lihaelo? Vuestro llanto ha hecho correr a un gentío muerto de miedo.
—¡Oh, padrecito..., en el alma traigo un hueco! ¡Ese hombre ha muerto! ¡Ha muerto!

—¡Pero explicaos bien! ¿Quién ha muerto, mujer?
Lihaelo entonces no contestó. En lugar de ello, miró a los lados, acentuando el silencio que alimentó el exasperante suspenso. Hasta que, con un tono de voz digno de quien habla desde lo más oscuro de su ser, dijo aquella mujer:

—¡El brujo más temido de este pueblo ha muerto! ¡Don Macumba..., ha muerto!

Y el estruendo del cielo entonces pareció hacerle coro. ¡Truenos y relámpagos se intensificaron! Y, repentinamente, murciélagos volaron entre los pocos que se quedaron.

—¡Santo! ¡Pero qué habéis dicho, mujer! No exageréis... ¡En misa lo acabáis de ver!

—Lo que habéis oído, padrecito, y esta llovizna repentina ha de ser un anuncio del infierno, porque ese hombre ha muerto. ¡Don Macumba, ha muerto!

—«¡¡¡Pacammnm!!!» —la amenaza de una centella se hizo notar.

Sin embargo, las chismosas corrieron hacia donde estaba Lihaelo. O mejor dicho, hacia los pies del padre Guillermo.

—¡Ajá!, ¿pero por qué lloras, Lihaelo? No creo que eso dé para que tu ánimo esté por el suelo —interrumpió una de las entrometidas rezanderas, insinuando que llorar por don Macumba no valía la pena.

El chisme parecía tan bueno que no hubo chismoso que continuara escapando, y poco a poco se fueron todos acercando.

—Pues, porque le he visto muerto, Ilsen. ¡Y piensen! Si en vida todos evitábamos al ahora muerto, ¿quién entonces se atreverá a llevarlo a su entierro?

Lihaelo tenía razón. ¿Quién le haría un sepelio? ¿Quién se encargaría de su ataúd? ¡Es más!, ¿quién lo recogería de las puertas de aquel rancho de bambú?

Don Macumba falleció en la puerta de donde vivía. No tenía familia que lo reclamara ni muchos que afecto le brindaran. Pero, aun siendo este el caso, ¡no era justo dejarlo así!

—Bueno, mujer. Supongo que ¡todos! —soltó doña Eulalia, mientras con garbo evitaba pisar el ruedo de su elegante falda—. ¡Así nos caguemos de miedo, todos en este pueblo organizaremos ese sepelio! No lo dejaremos allí como perro. ¡Si han de juzgarlo, que lo hagan en el cielo!

Luego de que esta mujer habló, una voz de autoridad exclamó:

—¡Quiero que todos os vengáis conmigo a la iglesia! —exclamó el padre Guillermo, levantando una mano para enfatizar sus palabras—. Este aguacero empeorará y un resfriado es lo que vamos a pescar.

Los aún presentes entonces hicieron caso al exhorto del padre Guillermo para así escampar, y una vez allí, el sepelio organizar.




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