IV
El velatorio inició después de que en el templo todo se organizó, y cánticos de oración se oían con pasión, aunque fuese más por miedo que por supuesta devoción. Río Bravo, esa noche, se dividió en dos. Estaba el grupo de los valientes que acompañaban al muerto, aunque afuera se oyese el crujido de sus dientes, y el conglomerado de chismosos, los cuales desde lejos miraban curiosos.
—¡Pendejos! ¿Qué hacéis aquí afuera en vez de rezarle al muerto? —espetó el alcalde al llegar, enfatizando estar muy molesto con los que solo fueron a chismear.
Y al fondo del fosco rancho, la tensión iba en aumento. El techo de bambúes secos casi caía sobre el muerto. Ahí dentro, los murciélagos bailaban en el viento como si celebraran el evento. Y los estantes con huesos, pieles de animales y santos de yeso asustaban aún más a los que se encontraban allí dentro.
De pronto, la luz amarillenta empezó a atenuar y las velas hacían como si se quisiesen apagar.
—Ayyyy, don Macumba. Aaaaay...
La mujer que fingía llorar a los muertos incomodaba con su llanto a su yerno Humberto, el cual la observaba totalmente indispuesto. Por su llanto, él se quería marchar, pero para no irse solo, prefería mandarla a callar.
—Ya calla, Benigna. Deja de fingir llorar, por tus lágrimas a ese muerto nadie te va a pagar.
Todo eso sucedía frente al gato negro de don Macumba, que, echado sobre el ataúd, miraba a todos con glamorosa actitud.
—¡Oh no! —empezaron a murmurar, en cuanto la luz titiló tres veces hasta terminarse de apagar. Casi todo quedó a oscuras porque también el cielo había decidido esconder la luz de la luna y el brillo de las estrellas. En ese lugar, no quedó sino la poca luz que brindaban las velas.
—¡Dios mío, ya no aguanto! —exclamó Matilde, la repartidora de chocolate. Y seguido un soponcio la hizo caer sobre las piernas de Leoncio, quien, sin perder tiempo, aprovechó el momento para dedicarle un par de sensuales versos.
¡Truenos se oyeron de nuevo! Todos ansiaban el amanecer para, de ese muerto, poderse deshacer.
Sin embargo, la penumbra también sirvió para que unos cuantos se empezaran a abrazar. Hasta doña Eulalia, a escondidas, la mano de don Benicio se atrevió a tomar, igual que lo hizo Berto para proteger al prefecto.
Pero, poco a poco, se hizo imposible ignorar cosas que obviamente eran del más allá. Hasta el menos creyente, por los rincones, sombras veía pasar. E incluso, el llanto de un niño a lo lejos pudieron todos claramente escuchar.
—¡Santo Cristo! Por estos ranchos, nadie ha parido —dijo una joven a su marido.
Y sin aviso, una centella iluminó el lugar ¡haciendo a todos gritar!—: ¡Aaaaaaaaaah! —Empezaron a orar más fuerte para disimular, pero de ipso facto fueron interrumpidos por otra centella cuyo ruido helados los hizo quedar.
—¡¿Qué es eso?! —exclamó alguien desde el altar, provocando que los demás voltearan a mirar.
En la puerta del rancho se apareció una oscura pantera cuyo cadavérico aspecto develaba que no era de este mundo. Bueno, al menos eso pensó todo el mundo. Y enseguida, la sombría fiera se dirigió hacia el ataúd, directo hacia el gato que aún mantenía su exquisita actitud.
—«¿Qué pasa?» —se preguntaban.
—«¡Cruaaac, cruaaac!» —Una bandada de cuervos el pueblo empezó a abandonar—. «¡Cruaaac, cruaaac, cruaaac!» —El ensordecedor graznido pánico comenzó a provocar.
La tensión empeoraba, muchos por dónde escapar planeaban. ¡Dientes se oían crujir! Y la pantera calculaba cómo hacer para al ataúd subir. —«¡¡¡Grrrr!!!»— El gato a su amo protegería, así que también sus garras sacaría.
—¡¡¡Protégenos, Señor!!! —alguien a Dios exclamó piedad. ¿Y cómo no, si el gato se levantó con brusquedad?
Además, la macabra sombra de ese gato sincronía con su cuerpo no tenía. En la pared se le veía caminar dirigiéndose hacia el altar. Y en cuanto llegó, con un lento maullido: la luz de las velas apagó.
—¡¡¡Aaaaaaaaaah!!! —¡Los gritos no tardaron en volverse a escuchar! Eran tan fuertes que creo que llegaban al más allá.
La pantera saltó sobre el gato, pero este último logró esquivarlo; cayó sobre Carla y después sobre Paco.
—«¡¡¡Grrrr!!!» —«¡¡¡Miauuu!!!» —rugían los felinos—. «¡¡¡Miauuu!!!» —Aquel rancho temblaba y la gente lloraba.
Era bárbara aquella batalla de felinos atacándose, y no menos el cúmulo de cobardes tras puertas y ventanas aglomerándose.
—¡Corran todos, carajo! —gritaban, con los ojos desorbitados—. ¡Ese hombre era el diablo! —afirmaban, mientras sus gritos exageraban.
—«¡¡¡Miau!!!» —«¡¡¡Grrrr!!!»—«¡¡¡Miaaaauuu!!!»
No se distinguía casi nada a menos que un rayo lo develara.
Se tropezaban, gateaban. La ropa se desgarraban y las bestias, por su parte, todo a su paso derrumbaban. Con desespero, las ventanas rompieron, y por ellas finalmente muchos huyeron; niños, jóvenes, viejos y viejas, como locos corrieron por aquellas antiguas calles de piedra.
Ni un solo valiente en el velatorio quedó presente. No se supo más del muerto ni de los felinos que hicieron correr a aquella gente. Entonces, al final de esa historia que quien la cuenta, ni nadie más vio, cada quien su propio pedazo inventó.
Fin.
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Editado: 22.04.2026