Wendy Darling tiene veintinueve años y tres cafeteras vacías sobre su escritorio. Es una analista de riesgos en una firma de seguros en Londres, y su vida es una sucesión de hojas de cálculo, facturas de alquiler y alarmas que suenan demasiado pronto. Wendy siente que el "mundo real" es una trampa de cemento que le está robando los colores.
Una noche, mientras trabaja hasta tarde, aparece una ventana emergente en su monitor que esquiva todos sus bloqueadores de publicidad. No es un virus común. Es una invitación a una red privada llamada "Neverland.exe". Antes de que pueda cerrarla, la cámara de su portátil se activa y ve a un chico de su misma edad, con una sonrisa salvaje y una sudadera verde neón.
—¿Cansada de crecer, Wendy? —pregunta el chico. Se hace llamar Peter.
Peter es un hacker legendario que ha creado un servidor oculto en la nube, una simulación de realidad virtual tan perfecta que el cerebro no puede distinguirla del mundo físico. Peter le explica que ha reclutado a los mejores "Niños Perdidos": artistas, músicos y programadores que han abandonado sus trabajos y sus deudas para vivir eternamente en la simulación, donde el tiempo está congelado y las responsabilidades no existen.
Tentada por el agotamiento, Wendy se coloca las gafas de VR y conecta la interfaz neuronal.
De repente, Londres desaparece. Wendy se encuentra en una isla flotante de datos, un paraíso de playas de neón, selvas de polígonos perfectos y cielos que siempre están en un eterno atardecer. Allí, nadie envejece, nadie tiene que pagar impuestos y cada día es un juego diseñado por la mente de Peter. Él es el "administrador" de este paraíso, un dios digital que vuela a través del código.
Sin embargo, no todo es paz en el servidor. El sistema está siendo atacado por James Hook, el antiguo socio de Peter. Hook es un hombre gris y severo que representa a la corporación que posee los servidores físicos donde se aloja Neverland. Hook está obsesionado con el "Tic-Tac", un cronómetro gigante que aparece en el cielo de la simulación. Es la cuenta atrás para el borrado del servidor.
—El tiempo no se puede detener, Peter —le grita Hook desde su "barco", un software de auditoría masivo—. Crecer es la única forma de existir realmente. Tu isla es solo una tumba de cristal.
Wendy pasa días —o quizás meses, es difícil saberlo en la simulación— divirtiéndose con Peter. Pero empieza a notar algo inquietante. Los "Niños Perdidos" están perdiendo sus recuerdos. Han olvidado sus apellidos, sus familias y sus propósitos. Al no tener desafíos ni tiempo que perder, sus mentes se están volviendo planas, vacías. Son niños atrapados en cuerpos de adultos, jugando a los mismos juegos una y otra vez.
Una noche, Peter le pide a Wendy que se quede para siempre, que borre su conexión con el mundo exterior para que su conciencia sea puramente digital.
—Aquí nunca estarás cansada, Wendy. Nunca estarás triste. Nunca morirás.
Wendy mira el horizonte de píxeles y luego recuerda el olor de la lluvia real en Londres, el sabor de un café amargo y, sobre todo, la satisfacción de terminar un trabajo difícil. Se da cuenta de que la belleza de la vida no reside en la eternidad, sino en su brevedad.
—Peter —dice ella suavemente—, el problema no es crecer. El problema es olvidar cómo soñar mientras lo haces. Pero para soñar, primero hay que estar despierto.
Wendy decide ayudar a Hook a introducir el código de finalización. No por maldad, sino por misericordia. En una batalla épica entre el código de "vuelo" de Peter y los algoritmos de "realidad" de Hook, Wendy activa el interruptor.
La simulación comienza a disolverse. Peter la mira con terror, viendo cómo su paraíso se desvanece. —¡Vas a volver a ser nadie! —le grita. —Voy a volver a ser yo —responde ella.
Wendy despierta en su habitación de Londres. Le duelen los ojos y tiene frío, pero siente una vitalidad que no recordaba. Se levanta, abre la ventana y deja que el aire gélido de la mañana la golpee.
Años después, Wendy es una escritora de éxito. A veces, cuando mira la pantalla de su ordenador, ve un destello verde en una esquina, un pequeño rastro de un chico que se negó a salir del juego. Ella sonríe, ajusta su reloj y sigue escribiendo. Porque ahora sabe que el verdadero truco no es no crecer, sino llevar siempre contigo la llave de la isla, sin quedarte encerrada en ella.