Cuentos Clásicos Contemporáneos. Erase una vez el mañana.

El Brillo del Algoritmo

AVvXsEhjyoZCAPAl007_tVU5blV7RZx-sCp-iwd_8-tiS4ncBVho08t1hORQgqKeiJybKGCPXenGagvGFa81mg5p_mOUfZE88Z9gH_MmNNd8G4HSBA0SrbPS74F6yTr_wF3cJDS1c2I5dxdC2gkyuBRQoCY-OK13qY2wT4Q9Dt7t6bwW6trp83dqYMtHLrEN9CQ5Martina no era una ratita de campo, sino una joven residente en un micro-apartamento de diseño en el centro de Madrid. Se dedicaba al lifestyle blogging y a la gestión de comunidades digitales, pero sentía que su vida carecía del destello necesario para alcanzar el estatus de "celebridad global". Su mundo se dividía entre filtros de Instagram, cafés de ocho euros y la búsqueda constante de la estética perfecta.

Una mañana, mientras limpiaba el polvo de su teclado mecánico con un pincel de seda, Martina encontró algo entre las teclas: no fue una moneda de oro, sino una clave privada de una billetera de criptomonedas que había olvidado años atrás, cuando los activos digitales no valían nada. Al ingresar el código, soltó un grito que hizo eco en las paredes minimalistas: el valor se había multiplicado por mil. Martina era, de repente, una mujer rica.

Lo primero que hizo no fue invertir en fondos de pensiones ni donar a la caridad. Martina quería un símbolo. Bajó a la "Milla de Oro" y compró el Lazo Carmesí: una gargantilla inteligente de edición limitada, hecha de grafeno y micro-leds que brillaban al ritmo de sus latidos y proyectaban un aura de color rubí sobre su piel.

Esa tarde, Martina se sentó en el balcón acristalado de su ático, luciendo su lazo y transmitiendo en directo para sus miles de seguidores. "La vida es una cuestión de elección y elegancia", escribió en el pie de foto.

No tardó en aparecer el primer pretendiente digital. Hugo, un famoso entrenador personal conocido como "El Mastín", le envió un mensaje privado con un vídeo de sus músculos en tensión. —Martina, eres el activo más valioso del mercado. Casémonos. Tendremos una vida de batidos de proteínas y sesiones de cardio a las cinco de la mañana. —¿Y por las noches, Hugo? ¿Qué harás cuando el mundo se apague? —preguntó ella a través de la pantalla. Hugo activó su micrófono y soltó un grito gutural de motivación: —¡¡GUAU, GUAU, VAMOS, NO HAY EXCUSAS, PUSH IT!! —¡Oh, no! —dijo Martina bloqueando el perfil—. Ese ruido rompería la armonía de mi sueño reparador. Es demasiado agresivo para mis sensores.

Poco después, apareció Donato, un magnate de la industria cárnica y el entretenimiento nocturno. Se presentó bajo su balcón en un coche deportivo de color rosa chillón, haciendo rugir el motor.

—Martina, nena, conmigo no te faltará de nada. Fiestas, cenas de lujo y champán todas las noches. ¿Qué me dices?

—¿Y por las noches, Donato? ¿Qué música escucharemos? Donato presionó el claxon y empezó a gritar con voz ronca y estridente:

—¡OINK, OINK, QUE SIGA LA FIESTA, ARRIBA ESE ÁNIMO! Martina cerró el ventanal.

—Qué horror. Ese ruido me recuerda al caos de un mercado un sábado por la mañana. No tienes clase.

El tercer pretendiente fue Claudio, un coach de oratoria y emprendimiento que siempre vestía trajes italianos tres tallas más pequeños. Se acercó con un megáfono de diseño.

—Martina, nuestra unión sería la sinergia definitiva. Te enseñaré a ser un líder, a despertar antes que el sol.

—¿Y por las noches, Claudio?

Claudio se aclaró la garganta y soltó un agudo:

—¡KIKIRIKÍ! ¡DESPIERTA, EMPRENDE, GANA!

—Por favor —suspiró Martina—, eso me daría una migraña crónica antes del primer aniversario.

Martina empezaba a desanimarse, pensando que el mundo estaba lleno de ruido y falta de sutileza. Fue entonces cuando apareció Félix.

Félix no gritaba. No conducía coches ruidosos ni presumía de bíceps. Era un artista conceptual de mirada profunda y voz aterciopelada. Vestía de negro, con una elegancia minimalista que hacía que el Lazo Carmesí de Martina brillara con más intensidad. Félix se acercó a la base del balcón y, en lugar de mirar su teléfono, miró directamente a los ojos de Martina.

—Martina —dijo él, y su voz sonó como el roce de la seda sobre el cristal—. He visto tu brillo desde el otro lado de la red. No busco una socia, ni una seguidora. Busco el silencio que solo dos personas que se entienden pueden compartir.

Martina sintió un escalofrío de placer estético.

—Dime, Félix, ¿qué harás por las noches? Félix se acercó un paso más, bajó el volumen de su voz hasta que fue un susurro magnético y ronroneó:

—Miau... dormiré a tu lado, escuchando el pulso de tu lazo, cuidando que nada perturbe tu paz. Miau...

Martina quedó prendada. "Este es el hombre del siglo XXI", pensó. "Sutil, sofisticado y silencioso".

Lo invitó a subir al ático para celebrar el compromiso con una cena de degustación orgánica. Félix entró en el apartamento con la agilidad de un depredador que conoce bien el terreno. Martina estaba de espaldas, sirviendo dos copas de vino caro, cuando notó que el brillo rojo de su lazo empezaba a parpadear frenéticamente. El dispositivo estaba detectando una frecuencia de peligro, un aumento en la presión arterial de alguien en la habitación.

Se giró y vio que los ojos de Félix ya no eran dulces, sino dos rendijas amarillas llenas de hambre. Él no estaba interesado en su conversación, ni en su estatus, ni en su belleza. Félix era un "cazador de fortunas" literal, un hombre que se alimentaba de la vanidad de personas como ella para luego dejarlas vacías, llevándose sus claves, su dinero y su identidad.

—¿Qué pasa, Félix? —preguntó ella retrocediendo hacia la consola central de la casa.

—Pasa que eres deliciosa, Martina —dijo él, perdiendo toda la suavidad—. Tan brillante, tan perfecta... y tan sola en tu torre de cristal.



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En el texto hay: adaptacion

Editado: 14.01.2026

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