Cuentos Clásicos Contemporáneos. Erase una vez el mañana.

Los Tres Cerditos

En una gran ciudad donde todo era rápido, ruidoso y voraz, vivían tres hermanos que acababan de independizarse: Nico, Mateo y Álvaro. Hacía poco que habían dejado la casa de su madre, una mujer luchadora que siempre les enseñó a construir su propio futuro… aunque cada uno interpretó ese consejo a su manera.
Nico, el menor, era impulsivo y optimista. Con el primer sueldo, alquiló un pequeño estudio compartido en un edificio viejo sin contrato ni seguro. El sitio era barato, y él decía que lo importante era “disfrutar mientras dure”.
Mateo, el del medio, algo más precavido, pidió un préstamo para reformar un local y montar un pequeño bar con unos amigos. “Hay que invertir, pero sin matarse”, decía. El lugar tenía encanto, aunque no demasiada seguridad legal.
Álvaro, el mayor, serio y meticuloso, trabajaba como arquitecto y llevaba años ahorrando. Compró un pequeño piso con hipoteca, se aseguró de cumplir con todos los trámites, instaló una puerta de seguridad y hasta cámaras. “Hay que pensar a largo plazo”, repetía, como si fuera un mantra.
Pero lo que ninguno sabía era que el Lobo ya había salido de caza.
El lobo no era una bestia peluda. Se llamaba Jorge Lobo, un promotor inmobiliario disfrazado de empresario amable, experto en explotar debilidades.
Primero fue a por Nico. Con una oferta tentadora, le propuso desalojar el edificio para convertirlo en apartamentos turísticos. Cuando Nico se negó, Lobo mandó cortar el agua, luego la luz. Una noche, unos matones entraron y lo amenazaron. Nico huyó con lo puesto, sin contrato que lo protegiera. El lobo sopló, y su "casa de paja" cayó.
Luego, fue a por Mateo. El bar funcionaba bien, pero no tenía todos los papeles. El lobo lo denunció con una sonrisa. Llegaron los inspectores. Multas, clausura, ruina. Mateo intentó resistir, pero no tenía ni abogado ni red. El lobo sopló, y su "casa de madera" también cayó.
Por último, Lobo intentó comprar el piso de Álvaro. Le ofreció el doble. Álvaro se negó. Lobo presionó: llamadas, ofertas, amenazas legales, incluso intentó falsear documentos. Pero Álvaro tenía todo en regla. Había blindado su hogar con años de trabajo, paciencia y previsión.
Lobo sopló y sopló, pero su viento no pudo derribar lo que estaba bien construido.
Al final, Nico y Mateo se refugiaron con Álvaro, arrepentidos pero más sabios. Comprendieron que el mundo era más salvaje de lo que imaginaban, y que no bastaba con buenas intenciones: había que construir con cabeza, con esfuerzo… y con visión de futuro.
Jorge Lobo siguió merodeando por la ciudad, olfateando contratos débiles, grietas legales y sueños mal cimentados.
Pero desde el piso de Álvaro, con sus muros sólidos y su puerta cerrada, los tres hermanos lo observaban... ya no con miedo, sino con estrategia.
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En el texto hay: adaptacion

Editado: 02.02.2026

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