En el corazón de San Francisco, Alex Thorne es el CEO de Apex, la empresa tecnológica más influyente del planeta. Alex no es solo un empresario; es un icono de estilo que vive obsesionado con ser el primero en "la próxima gran revolución". Su miedo más profundo es parecer obsoleto.
Un día, aparecen en su oficina dos "gurús" del desarrollo de software, conocidos solo por sus alias en la red oscura. Prometen a Alex el "Código Espejo": un algoritmo de Inteligencia Artificial tan avanzado que es capaz de predecir el éxito de cualquier negocio. Pero tiene una particularidad: el código es invisible para aquellos que son incompetentes en su cargo o irremediablemente estúpidos.
Alex, aterrorizado por la posibilidad de no ver nada, acepta el contrato por una suma de criptomonedas estratosférica.
Los desarrolladores instalan una estación de trabajo vacía en la sede de Apex. Pasan las semanas "tecleando" en pantallas negras que no muestran nada. Cuando los vicepresidentes de la empresa van a supervisar el progreso, no ven más que una consola vacía. Sin embargo, por miedo a ser despedidos o tildados de mediocres, regresan a Alex con informes entusiastas: "¡Es una arquitectura sublime! ¡La interfaz es poesía pura!".
Llega el día del lanzamiento global. Alex debe presentar el algoritmo en el evento tecnológico más grande del año, el Summit Next. Frente a miles de cámaras y millones de espectadores en streaming, Alex sube al escenario. Él tampoco ve nada en la tablet que sostiene, pero sonríe a la audiencia.
—"Damas y caballeros, contemplen el futuro del pensamiento humano" —anuncia, señalando una pantalla gigante que, para él, está totalmente en blanco.
El público, condicionado por el prestigio de Alex y el miedo a parecer ignorantes tecnológicos, estalla en aplausos. Los analistas en Twitter escriben hilos interminables sobre la "estética minimalista y el vacío conceptual" del nuevo código.
De repente, en la sección de comentarios del streaming en vivo, un usuario de doce años bajo el nombre @Niko_Cero escribe un mensaje que se vuelve viral en segundos:
"Pero si la pantalla está vacía. Es solo una presentación de PowerPoint en negro".
El comentario se propaga como la pólvora. El público en el auditorio empieza a murmurar, mirando sus teléfonos y luego la pantalla. La duda se convierte en risas contenidas. Alex, sudando bajo los focos, se da cuenta de la verdad: ha gastado millones en nada, engañado por su propio ego.
Pero Alex Thorne no se rinde. Erguido y con la cabeza alta, sigue haciendo scroll en su tablet inexistente. Sabe que en el mundo moderno, si finges con suficiente fuerza, la mentira se convierte en tu nueva marca personal. El traje es invisible, pero la vergüenza es real.