Dante sentía que su mundo se apagaba a la misma velocidad que las luces de los estadios que solía montar. Durante treinta años, Dante había sido el jefe de logística y conductor de la gira de las bandas de rock más grandes del país. Era un hombre robusto, de voz ronca y espalda encorvada por cargar amplificadores, a quien todos apodaban "El Burro" por su resistencia inagotable. Pero la industria había cambiado. La productora para la que trabajaba acababa de implementar camiones de carga autónomos, dirigidos por satélite y sin necesidad de conductores humanos que se cansaran o quisieran hablar de música.
—Ya no encajas en el presupuesto, Dante —le dijo un joven ejecutivo que apenas llegaba a los veinticinco—. Es hora de que te retires a un lugar tranquilo.
Pero Dante no quería tranquilidad; quería ruido. Metió su vieja armónica en el bolsillo, arrancó su furgoneta destartalada y decidió dirigirse a Bremen, una ciudad costera famosa por su festival de música independiente, donde se decía que cualquiera, sin importar su edad, podía encontrar un escenario.
Al salir de la autopista, en una gasolinera olvidada, vio a un hombre sentado junto a una moto averiada. Era Bruno, un ex-sargento de la policía portuaria, un hombre de hombros anchos y mirada triste que había pasado su vida patrullando con su unidad canina. Bruno había sido jubilado a la fuerza tras una lesión de rodilla que lo hacía caminar con un leve arrastre, y su departamento no le permitía quedarse con su perro de servicio.
—Me dijeron que ya no servía para perseguir a nadie —gruñó Bruno—. Ahora solo soy un estorbo con una pensión miserable.
—Yo voy a Bremen a ser músico —dijo Dante con una sonrisa—. Tú tienes un sentido del ritmo increíble cuando golpeas ese casco de moto. Vente conmigo. Serás nuestro percusionista.
Bruno, sin nada que perder, subió a la furgoneta. Unos kilómetros más adelante, en un barrio periférico lleno de grafitis, encontraron a Luna. Ella estaba sentada sobre una pila de cajas de cartón frente a un club de jazz que acababa de cerrar sus puertas para convertirse en un gimnasio de lujo. Luna era una pianista y DJ de la vieja escuela, capaz de hacer hablar a un sintetizador, pero las nuevas discotecas preferían algoritmos que mezclaran música sin alma. Su mirada era afilada como la de un gato nocturno.
—El dueño dice que mi música es demasiado "compleja" para el público actual —escupió Luna—. Quieren algo que no les haga pensar.
—En Bremen no hace falta que piensen, solo que sientan —respondió Dante—. Sube, necesitamos tus teclados.
Finalmente, al amanecer, cruzaron un pueblo agrícola donde un joven llamado Rico gritaba a pleno pulmón desde un tejado, rodeado de guardias de seguridad que intentaban bajarlo. Rico era un cantante de ópera y punk con una voz tan aguda y potente que era capaz de romper cristales. Su familia quería que trabajara en la granja industrial del pueblo, pero él solo quería gritarle sus verdades al mundo.
—¡Me quieren silenciar! —gritaba Rico—. ¡Dicen que molesto a las máquinas!
—¡Baja de ahí! —le gritó Dante—. ¡En Bremen el ruido es sagrado!
Rico saltó a la furgoneta y los cuatro "desterrados" emprendieron el último tramo del viaje. Pero la noche se les echó encima antes de llegar a la ciudad. Se perdieron en una zona de almacenes industriales y divisaron una luz en un elegante edificio de oficinas tecnológicas situado en medio de la nada.
Hambrientos y cansados, se acercaron a la ventana. No era una oficina normal; era el centro de operaciones de una banda de ciberdelincuentes que acababan de robar los fondos de jubilación de miles de trabajadores de la región. Los ladrones celebraban su botín entre ordenadores de alta gama y cajas de champán caro.
—Esos tipos tienen nuestra cena y el futuro de mucha gente en esas pantallas —susurró Bruno, reconociendo el patrón de los criminales que solía perseguir.
—No podemos entrar a la fuerza —dijo Luna—, son jóvenes y están armados con tecnología. —Usaremos lo único que nos queda —dijo Dante—. Usaremos nuestra música.
Siguiendo un plan improvisado, se colocaron uno encima de otro frente a la gran cristalera, aprovechando la sombra proyectada por un foco exterior. Dante se puso en la base, Bruno se subió a sus hombros, Luna sobre los de Bruno y Rico coronó la torre humana.
A la señal de Dante, soltaron su "sinfonía". Dante sopló la armónica con una distorsión desgarradora; Bruno golpeó su casco de moto como un tambor de guerra; Luna activó un sintetizador portátil con un ruido blanco ensordecedor; y Rico soltó un alarido punk que alcanzó frecuencias inhumanas.
El efecto fue aterrador. Para los ladrones, la sombra gigante en la ventana, acompañada de aquel estruendo cacofónico que hacía vibrar las paredes, parecía un monstruo digital o un demonio mecánico que venía a por ellos. Presos del pánico y creyendo que el edificio iba a colapsar o que la policía usaba un arma sónica nueva, salieron corriendo hacia el bosque, dejando atrás los ordenadores encendidos y el dinero.
Los cuatro amigos entraron, llamaron a las autoridades para devolver los fondos y, mientras esperaban, se dieron el banquete de sus vidas.
Cuando la policía llegó y vio a un camionero jubilado, un ex-policía cojo, una DJ olvidada y un cantante rebelde tomando café tranquilamente, no podían creerlo. La noticia se volvió viral. Los llamaron "Los Músicos de la Justicia".
No llegaron a Bremen como simples mendigos buscando una oportunidad. Llegaron como estrellas. El festival los contrató como el acto principal de la noche de apertura. Aquella noche, bajo las luces de neón y frente a una multitud que rugía su nombre, Dante, Bruno, Luna y Rico comprendieron que nadie es demasiado viejo ni demasiado "defectuoso" si tiene una canción que cantar y amigos con quienes compartir el escenario.