Erik no es de plomo, sino de una aleación de titanio y carbono. Es un "Especialista en Respuesta", un guardaespaldas de élite contratado por Seguridad Ícaro. En una misión en Oriente Medio, una explosión le arrebató la pierna izquierda por debajo de la rodilla. En lugar de retirarlo, la corporación lo usó como sujeto de pruebas para una prótesis experimental de alta tecnología. Sin embargo, el presupuesto se cortó antes de finalizar el recubrimiento estético; mientras que otros agentes lucen extremidades robóticas que parecen humanas, la pierna de Erik es un pistón expuesto, ruidoso y gris. Para los demás, Erik está "incompleto", un modelo defectuoso que solo mantienen por su impecable hoja de servicios.
Su nuevo destino es la "Mansión de Cristal", la residencia de un magnate de la biotecnología. Erik es asignado a la vigilancia nocturna del ala este. Es allí donde la ve por primera vez: Clara.
Clara no es una bailarina de papel, sino la hija del magnate y una prodigio de la danza contemporánea que, tras un accidente ecuestre, perdió la movilidad de sus piernas. Ahora, gracias a un exoesqueleto diseñado por su padre —una estructura de filigrana plateada casi invisible—, Clara puede bailar de nuevo. En sus ensayos nocturnos, ella se sostiene sobre la punta de un solo pie mientras el motor de su pierna derecha realiza cálculos de equilibrio milimétricos.
Desde las sombras del pasillo, Erik la observa. Él, con su pierna mecánica tosca, y ella, con su armadura de plata elegante, comparten un lenguaje que nadie más entiende: el de los cuerpos reconstruidos. Erik siente por ella una devoción silenciosa, una lealtad que va más allá de su contrato.
Pero en la Mansión de Cristal también vive Marcus, el jefe de seguridad física. Marcus es un hombre arrogante que desprecia a Erik por su "cojera" y envidia su disciplina. Una noche, Marcus confronta a Erik en la terraza.
—Un modelo defectuoso como tú no debería estar tan cerca de la joya de la familia —dice Marcus con una sonrisa cruel—. Das mala imagen.
Marcus empuja a Erik, aprovechando un fallo en el servomotor de su prótesis. Erik pierde el equilibrio y cae desde el balcón del tercer piso, aterrizando no en una alcantarilla, sino en la parte trasera de un camión de residuos tecnológicos que justo pasaba por el callejón.
Aquí comienza la odisea de Erik. El camión lo lleva a las afueras de la ciudad, a un vertedero de chatarra electrónica conocido como "El Purgatorio". Golpeado y con sus sistemas de comunicación dañados, Erik es perseguido por "ratas": drones carroñeros que buscan piezas de repuesto. Con un solo brazo funcional y su pierna mecánica echando chispas, Erik se arrastra a través de montañas de silicio y cables. No siente dolor, solo una obsesión: volver. Su protocolo de hierro no le permite abandonar su puesto, ni a la mujer que, como él, desafía a la gravedad cada noche.
Logra hackear un vehículo de reparto autónomo y, oculto entre cajas, regresa a la ciudad. Cuando llega a la mansión, la encuentra en caos. Marcus, en un intento de golpe corporativo, ha bloqueado los accesos y mantiene a Clara y a su padre como rehenes para obligarlos a firmar la transferencia de las patentes del exoesqueleto.
Erik entra por los conductos de ventilación. Se mueve con dificultad, el metal de su pierna golpea contra el conducto, pero su voluntad es más fuerte que el ruido. Llega al salón principal. Marcus lo ve y se ríe, apuntándole con su arma.
—¿Has vuelto para morir, chatarra?
Erik no responde. Se lanza hacia adelante. En ese momento, Clara, viendo a su guardián, activa el modo de sobreesfuerzo de su exoesqueleto. En un movimiento que parece una danza mortal, se lanza contra Marcus, desequilibrándolo. Erik aprovecha el segundo para derribarlo con la fuerza de su pierna de titanio, que estalla por la presión del golpe final.
La pelea termina. La policía irrumpe en la mansión. En medio del salón, Erik y Clara quedan frente a frente. La prótesis de Erik ha quedado destrozada por el impacto, y el exoesqueleto de Clara está echando humo, agotado por el esfuerzo extremo.
Semanas después, el padre de Clara decide no reparar las piezas por separado. Utiliza la aleación del brazo de Erik y los filamentos de plata del traje de Clara para crear un nuevo sistema integrado. No hay final trágico en una chimenea; en esta versión, el "soldadito" y la "bailarina" se quedan en el jardín de la mansión. Erik ya no es un guardaespaldas y Clara ya no baila sola. Se apoyan el uno en el otro, caminando con un ritmo propio que nadie más puede seguir, dos seres de metal y voluntad que descubrieron que, para estar completos, no necesitaban ser perfectos, sino ser leales.