Cuentos Clásicos Contemporáneos. Erase una vez el mañana.

El Protocolo de Esmeralda

Dora no vive en una granja de Kansas, sino en el Sector Gris: una zona industrial olvidada donde el cielo tiene el color perpetuo del hormigón y el aire huele a ozono y metal oxidado. Es técnica de mantenimiento de redes, una joven hábil con los circuitos y los comandos, pero con un sueño que la desborda: llegar a Ciudad Esmeralda, la metrópolis hipertecnológica donde, según los rumores, el Gran Arquitecto puede conceder cualquier deseo a través de su algoritmo maestro.

Una noche, mientras reparaba un nodo de energía, un fallo crítico en la red provoca una sobrecarga masiva. El estallido la lanza a través de un túnel de datos y realidad virtual, un vórtice de código y luz que la despierta en los límites de la ciudad. El suelo bajo sus pies brilla con una línea de fibra óptica amarilla que serpentea hacia el centro. Sin saber cómo ha llegado allí, Dora comienza a caminar.

En su travesía, Dora no encuentra seres mágicos, sino a tres parias del sistema:

  • Ray, el Espantapájaros: Un ex-analista de datos desconectado de la nube central. Cree que ha perdido la capacidad de pensar sin acceso a Wikipedia ni buscadores en tiempo real. Se siente vacío sin una conexión 5G constante, aunque sus deducciones siguen siendo brillantes. Dora lo convence de que su mente aún funciona, y Ray decide acompañarla.

  • Silas, el Hombre de Hojalata: Un antiguo cirujano que reemplazó tantos órganos con prótesis biónicas que terminó por extirpar su capacidad de sentir empatía. Ahora es un hombre de metal frío, atrapado en una rutina mecánica, buscando un software que le devuelva la calidez de un recuerdo. Dora lo escucha sin juicio, y Silas se une al grupo.

  • Leo, el León: Un ex-jefe de seguridad que, tras un ataque de pánico en una crisis corporativa, fue diagnosticado con ansiedad severa. Vive escondido en los callejones, convencido de que ha perdido su autoridad. Dora lo encuentra temblando, y con paciencia, lo convence de que su miedo no lo hace menos valiente.

Juntos, siguen la línea amarilla hacia el Edificio Oz, un rascacielos que emite una luz verde neón que baña toda la ciudad. En el camino, deben esquivar a la Bruja del Oeste: una implacable auditora corporativa que quiere confiscar el dispositivo de Dora, el cual contiene los códigos de acceso al Sector Gris.

Al llegar al ático del edificio, se encuentran con una pantalla colosal que muestra una cara digital imponente. Una Inteligencia Artificial truena con una voz que hace vibrar el suelo:

—¡Soy Oz, el Omnisciente! ¿Qué os hace pensar que merecéis mi atención?

Ray, Silas y Leo retroceden, pero Dora no se amilana. Detecta una inconsistencia en los píxeles de la pantalla y se cuela por una puerta de servicio lateral. Allí descubre la verdad: no hay IA, sino Oscar, un anciano ingeniero rodeado de monitores y consolas de sonido viejas.

—Solo soy un hombre con un buen equipo de efectos especiales —confiesa Oscar—. Ciudad Esmeralda es un decorado de hologramas para que la gente no vea que el mundo exterior se desmorona. No puedo daros lo que pedís porque ya lo tenéis.

Oscar le explica a Ray que, al estar desconectado, ha desarrollado una intuición que ninguna IA posee. A Silas le muestra que su añoranza por sentir es, en sí misma, profundamente humana. Y a Leo le demuestra que haber cruzado la ciudad protegiendo a Dora, a pesar de su miedo, es la definición técnica de la valentía.

—¿Y yo? —pregunta Dora—. ¿Cómo vuelvo al Sector Gris para arreglar mi hogar?

Oscar le entrega una llave de acceso universal. —No necesitas magia, Dora. Tienes los códigos. Siempre los tuviste en tu dispositivo. Solo necesitabas entender cómo usarlos fuera del sistema.

Dora no usa zapatos de rubí, sino sus viejas botas de trabajo reforzadas. Con un comando de voz, activa el protocolo de retorno. Al volver al Sector Gris, ya no es la chica que espera que alguien la salve. Con Ray como estratega, Silas como apoyo incondicional y Leo como guardia, Dora comienza a reconstruir su comunidad.

Descubren que Ciudad Esmeralda era un espejismo, pero la fuerza que encontraron en el camino era la única tecnología que realmente importaba: la voluntad de cambiar, la empatía, el coraje y la capacidad de imaginar un futuro mejor.



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En el texto hay: adaptacion

Editado: 02.02.2026

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