Alicia es una desarrolladora de interfaces de usuario en una megacorporación llamada Lógica S.A. Vive en una ciudad donde todo está optimizado: las rutas de transporte, las calorías de la cena y hasta las horas de sueño. Sin embargo, Alicia siente que la realidad es "demasiado plana". En su tiempo libre, busca anomalías, pequeños fallos en el código del sistema que sugieran que hay algo más tras la fachada de orden perfecto.
Una tarde, mientras revisa un servidor antiguo que iba a ser desmantelado, aparece una notificación en su retina: un icono de un Conejo Blanco con un cronómetro que corre hacia atrás.
—Llego tarde, llego tarde —dice una voz sintetizada en sus auriculares.
Alicia, en un impulso de curiosidad, pulsa el icono. En ese instante, el suelo de su oficina parece pixelarse y desaparecer. No cae por un túnel físico, sino por un vórtice de datos. Durante lo que parecen horas, Alicia ve pasar fragmentos de su vida: correos electrónicos no leídos, fotos borradas y líneas de código que parecen susurrarle secretos.
Aterriza en una sala de espera infinita con miles de puertas. Sobre una mesa de cristal, encuentra un pequeño frasco con una etiqueta: "RUN_ME.exe". Al lado, una galleta con letras de neón que dice: "UPGRADE".
Al ejecutar el archivo, su avatar digital se reduce al tamaño de un bit, permitiéndole pasar por una pequeña ranura de ventilación que da a un mundo imposible: El Subsuelo. Es una versión distorsionada de la ciudad, donde los rascacielos flotan boca abajo y los ríos son flujos de fibra óptica de colores imposibles.
Caminando por un bosque de antenas que parecen hongos gigantes, Alicia encuentra al Caterpillar, un hombre envuelto en una densa nube de vapor de cigarrillo electrónico que cambia de color según su humor. No es un insecto, sino un filósofo de la red, un guardián de la identidad.
—¿Quién eres tú? —pregunta él, su voz vibrando en la frecuencia de un bajo profundo.
—Yo... ahora mismo no lo sé, señor. He cambiado tantas veces de tamaño y de servidor que apenas me reconozco —responde Alicia.
—Aquí nadie es quien dice ser —sentencia el Caterpillar—. La pregunta no es quién eres, sino qué versión de ti estás dispuesta a ejecutar hoy.
Él le entrega un fragmento de una tarjeta de memoria. "Un lado te hará crecer en sabiduría, el otro te hará olvidar las reglas". Alicia toma ambos.
Llega a un jardín donde el tiempo parece haberse roto. Allí están el Sombrerero y la Liebre de Marzo, dos programadores que sufrieron un "burnout" digital y se quedaron atrapados en un bucle de 24 horas. Están sentados a una mesa llena de pantallas, bebiendo cafeína sintética.
—¡No hay espacio! ¡No hay ancho de banda! —gritan al verla, aunque la mesa está casi vacía.—Hay espacio de sobra —dice Alicia, sentándose.
El Sombrerero la mira con ojos inyectados en sangre.
—¿Por qué un cuervo se parece a un escritorio? —le pregunta. Alicia intenta buscar una respuesta lógica, pero el Sombrerero se ríe.
—No hay respuesta. Es un acertijo sin código. Aquí el tiempo se ha enfadado con nosotros porque intentamos matarlo con nuestra productividad, y ahora se ha detenido a la hora del café para siempre.
Alicia comprende que ellos representan el destino de aquellos que se obsesionan con la eficiencia extrema. Escapa de la mesa cuando el Gato de Cheshire, que aquí es una IA de cifrado que desaparece dejando solo una sonrisa de código binario, le indica el camino hacia el Palacio de Corazones.
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El Palacio es una red social colosal donde la Reina Roja, la moderadora suprema del sistema, gobierna mediante el miedo y la cancelación. La Reina no corta cabezas físicas; corta accesos. "¡Que le borren la cuenta!", grita ante cualquier discrepancia.
La Reina está jugando un partido de "croquet" con drones y pelotas que cambian de dirección según los algoritmos de tendencia. Alicia es llevada a juicio por un crimen absurdo: haber entrado en el sistema sin una invitación firmada por el pasado y el futuro simultáneamente.
—¡Sentencia primero, veredicto después! —ruge la Reina.
—¡Eso no tiene sentido! —protesta Alicia—. No se puede juzgar a alguien por un código que aún no se ha escrito.
En ese momento, Alicia se da cuenta de la gran verdad: la Reina, el Sombrerero, el Conejo... todos son solo constructos de su propia mente y de la presión social que la rodea. El Subsuelo es el vertedero de todas las cosas que la lógica de su oficina no puede explicar.
—No sois más que un puñado de píxeles —dice Alicia con firmeza.
El palacio empieza a temblar. Las cartas de la baraja (los guardias de seguridad) se transforman en simples líneas de error de sistema. La Reina Roja se desvanece en un grito de estática.
Alicia abre los ojos en su oficina. El servidor antiguo está en silencio. Sus compañeros siguen trabajando en sus cubículos grises, moviéndose como autómatas. Ella mira su reloj de pulsera; solo han pasado cinco segundos.
Sin embargo, cuando Alicia abre su terminal de trabajo, ya no ve solo filas de números. Ve la poesía en el código. Ve la posibilidad del caos dentro del orden. En la esquina de su pantalla, una pequeña sonrisa de gato parpadea un segundo y desaparece.
Alicia ya no es una pieza más de Lógica S.A. Ahora es una arquitecta de maravillas, alguien que sabe que, para ver la verdad, a veces hay que caer por el agujero del conejo y cuestionar cada una de las reglas que nos dicen quiénes debemos ser.