Un día, durante una tormenta tremenda, alguien toca el portero automático de su casa. Es pasada la medianoche. En la pantalla aparece una chica empapada, con una mochila a la espalda y las Converse hechas sopa.
—Perdón... ¿me dejas cargar el móvil? Mi Blablacar me ha dejado tirada.
Nico duda. Pero hay algo en su cara que le inspira confianza. Se llama Paula. Viene de hacer un taller de teatro en Oviedo y está de camino a Bilbao. Es espontánea, irónica y no se corta en decirle que su casa parece un museo caro.
Esa noche, como no hay tren ni taxi, Nico le ofrece quedarse. Su madre, al enterarse por videollamada, bromea:
—Ponle el test de los colchones, a ver si es una princesa de verdad.
Nico se ríe... y entonces lo hace. Le ofrece dormir en el sofá cama del salón, sin decirle que ha escondido algo incómodo entre los cojines: un viejo guisante de juguete de su infancia, duro como una piedra. Solo por diversión.
A la mañana siguiente, Paula tiene ojeras.
—¿Dormiste bien? —pregunta él, fingiendo inocencia.
—Más o menos. Creo que tu sofá está poseído. Algo me clavaba la espalda como una condenada espina.
Nico se queda de piedra. Pero no por lo del guisante. Es por cómo lo dice: sin quejarse, sin drama, con una risa cómplice.
Pasaron los días. Paula siguió su camino, pero Nico no pudo dejar de pensar en ella. Le escribió, la invitó a volver. Ella lo hizo, pero dejó claro algo:
—No soy una princesa. Soy actriz de teatro independiente. Mi colchón tiene muelles rotos y no tengo tiempo para postureos.
—Perfecto —le respondió él—. Yo tampoco quiero a nadie que se quede por el colchón.
Desde entonces, el sofá verde sigue en el salón, como símbolo de aquella noche absurda. Y el guisante, enmarcado en una caja de cristal, junto a una nota que dice: La sensibilidad no está en la sangre azul, sino en la espalda y en el corazón.
