Había una vez un joven llamado Marcos, que tras la muerte de su padre —un panadero autónomo con tres hipotecas y un Renault Twingo— heredó absolutamente nada... salvo un gato. No un gato normal, claro. Este hablaba, usaba gafas de pasta sin aumento y tenía un máster en storytelling.
—¿Tienes alguna habilidad útil? —preguntó Marcos.
—Soy experto en branding personal —respondió el gato mientras se ponía unas botas de segunda mano y se abría una cuenta de TikTok.
Sin un euro, sin piso, sin pareja, Marcos estaba al borde de volverse youtuber de quejas. Pero el Gato tenía un plan: convertir a su amo en “El Marqués de la Marca Personal”.
Empezó por llevarle ropa vintage, enseñarle a usar filtros, y escribirle frases profundas tipo: “Sé tú mismo, pero con engagement”. Luego visitó al Rey, un CEO de una empresa de agua embotellada que se vendía como “conciencia líquida”.
—Majestad —dijo el gato con reverencia calculada—, mi amo, el Marqués de la Marca Personal, le envía esta cesta de aguacates orgánicos.
—¿Es influencer? —preguntó el Rey.
—¡Mucho más! Tiene un podcast.
El Rey, impresionado, pidió una colaboración. En menos de una semana, Marcos ya estaba haciendo lives desde castillos en ruinas, vendiendo cursos de liderazgo mindful y posando para revistas que solo leen community managers.
Pero había un problema: un ogro. No uno de los del bosque. Este era un tiburón empresarial, dueño de una multinacional de coworkings y clínicas estéticas veganas. Era famoso por despedir con emojis.
—Dicen que puede transformarse en cualquier cosa —susurró el Gato mientras escribía un hilo en X sobre “la ilusión del emprendedor libre”.
El Gato, astuto, fue a ver al ogro disfrazado de asesor de startups. Le habló de sinergias, escalabilidad y metaverso. El ogro, encantado de escucharse a sí mismo, se transformó en unicornio tecnológico.
—¿Y en algo pequeño? ¿Como en un becario no remunerado? —preguntó el Gato con una sonrisa.
El ogro, ofendido, se convirtió en eso… y en ese momento, el Gato lo metió en un grupo de WhatsApp lleno de recruiters que pedían seis años de experiencia en prácticas. Nunca volvió a salir.
Con el ogro fuera del mercado, Marcos heredó sus propiedades, sus followers y hasta una mención en Forbes. Se casó con la hija del Rey, que en realidad era DJ freelance y tenía un canal de Twitch.
El Gato, por su parte, montó su propia consultora de storytelling para mascotas ambiciosas. Su lema: “No necesitas suerte. Solo saber dónde maullar”.
