Había una vez, en un país donde los alquileres eran ciencia ficción y la meritocracia un mito urbano, una familia pobre. Pero pobre de verdad: no "me-voy-sin-postre" pobre, sino "reciclo el Wi-Fi del bar de abajo para enviar el currículum" pobre. El padre trabajaba en Glovo, la madre era freelance de todo y de nada, y tenían siete hijos, todos desempleados, endeudados y dados de alta en InfoJobs desde los once años. El menor se llamaba Pulgarcito, no porque fuese pequeño, sino porque su autoestima cabía en una uña tras años de entrevistas laborales donde le pedían experiencia, tres idiomas y disponibilidad inmediata por 600 euros al mes y "ambiente dinámico".
Una noche, los padres no sabían qué hacer: ya no podían alimentar a los hijos ni con arroz del Día. Así que, con todo el dolor de su algoritmo paternal, decidieron dejarlos en medio de un centro comercial abandonado.
—Es por su bien —dijo la madre, abriendo Google Maps para encontrar la zona con menos cobertura.
Pulgarcito, que había leído todos los hilos de Reddit sobre supervivencia urbana, se guardó en el bolsillo una ristra de AirTags que había "tomado prestados" en El Corte Inglés. Así, iba dejándolos en los postes de luz y papeleras mientras caminaban. Pero cuando intentó rastrearlos… Apple le pidió verificar identidad con Face ID. Falló. Estaba despeinado. Se perdieron.
Los hermanos lo miraron. Él suspiró.
—Tranquilos. Sé de una app de albergues temporales gestionada por una ONG con financiación suiza.
Y así sobrevivieron… hasta que fueron recogidos por un empresario que parecía buena gente, pero que en realidad dirigía una empresa de "cohousing" donde los jóvenes trabajaban a cambio de alojamiento y comida (y "experiencias significativas"). Un culto, básicamente, pero con buenas reseñas en Google.
Pulgarcito sospechó algo al ver que todos los trabajadores usaban crocs, sonreían sin motivo y decían frases como "lo importante no es el dinero, sino la energía que das". Sospechó aún más cuando les ofrecieron smoothies de remolacha en vez de cena.
Esa noche, el muchacho esperó a que el gurú-CEO se durmiera y le robó el móvil. Encontró fotos de otros jóvenes extraviados, todos ahora influencers de criptomonedas o coaches de vida. El horror.
Al amanecer, Pulgarcito y sus hermanos huyeron usando patinetes eléctricos pirateados.
Cuando volvieron a casa, los padres estaban arrepentidos, y también sin trabajo porque la empresa de reparto había sido absorbida por una IA. Al final, Pulgarcito, gracias a su olfato para la precariedad, fundó una cooperativa de asesoría fiscal para jóvenes autónomos sin esperanza. Sus hermanos lo ayudaban, y la madre hacía memes motivacionales.
Y vivieron, no ricos, pero sin deudas ni gurús de sonrisa falsa.
MORALEJA:
No subestimes a quien calla, ni a quien parece pequeño.
Puede que sepa cómo escapar de la startup de tu vida.