El Principito.
Mi avión no se estrelló en el desierto del Sahara. Fue peor. Me estrellé en una oficina de arquitectura en el centro de Madrid, con un café frío en la mano y un Excel que no terminaba nunca. Tenía 34 años, una hipoteca, y la habilidad absurda de diseñar casas perfectas para personas que jamás amaría.
Hasta que lo vi.
Era mediodía. Afuera llovía. Entró descalzo, con una sudadera amarilla, el pelo revuelto y una mochila con parches de planetas. No debía tener más de diecisiete. Se sentó en una silla sin pedir permiso y me miró como si me conociera de otra vida.
—¿Puedes dibujarme un zorro? —preguntó.
Pensé que era una broma. Pero su mirada era tan seria, tan limpia, que sentí vergüenza de mi escepticismo.
—¿Un zorro?
—Sí. Pero que no esté domesticado. Quiero uno libre. Salvaje. Que no pertenezca a nadie.
Se hacía llamar Saturno. Decía que era un viajero interplanetario. No en naves, sino en pensamientos. Cada lugar donde había vivido era un planeta. Su casa de infancia, su habitación en un centro de acogida, el banco del parque donde dormía a veces… todo era parte de su sistema solar.
—¿Y por qué viniste a la Tierra?
—Para entender por qué los adultos olvidan las cosas importantes.
—¿Cómo qué?
—Como la forma en que el viento huele diferente después de la lluvia. O cómo los abrazos curan más que los likes.
No sabía si era un poeta, un loco o un profeta. Pero lo escuchaba. Cada día. A veces venía con una flor en la mano, otras con un dibujo mal hecho. Un día me mostró un mensaje que había escrito con rotulador en la pared de un baño público:
“Lo esencial no se comparte por stories.”
Saturno hablaba de una chica que había dejado atrás. Nunca decía su nombre. Solo se refería a ella como *la rosa*. Tenía carácter, espinas afiladas y un perfume que se colaba en la memoria. Se habían separado porque ella no entendía por qué él necesitaba marcharse. Y él no sabía cómo explicárselo sin que sonara a huida.
—¿La amabas?
—No sé si eso es amor. Pero cuidaba de ella. Y dolía.
Un día, dejamos la ciudad. Nos subimos a un tren cualquiera. Acampamos en una colina. Él cerró los ojos y dijo:
—Aquí es donde quiero encontrar al zorro.
Nunca lo vimos. Pero Saturno dejó comida y un poema junto a una piedra.
Esa noche me dijo:
—¿Sabes cuál es el problema de los adultos? Quieren etiquetarlo todo. Llaman “fracaso” a lo que solo es cambio. Y llaman “infancia” a lo que en realidad es sabiduría sin filtros.
Capítulo 5: El regreso
Una mañana, ya no estaba.
Solo encontré su sudadera amarilla doblada sobre el banco de la estación, y una nota dentro:
“Si alguna vez miras al cielo y ves una estrella que parece estar escuchando, habla. Puede que sea yo.
> Nunca dejes de dibujar zorros.
> —Saturno”
Volví a la oficina. Pero ya nada era igual. Vendí mi parte del estudio. Me mudé a una casa más pequeña, con un jardín lleno de malas hierbas que me recuerdan que la belleza está en lo indómito.
Ahora enseño dibujo a niños. Cada tanto, uno me pregunta cosas imposibles.
Y yo sonrío.
Porque todavía lo oigo.