En la ciudad de Hamelin, ahora un núcleo urbano lleno de rascacielos, anuncios luminosos y redes sociales, las cosas no iban nada bien. El ayuntamiento, corrupto hasta los cimientos, había recortado los presupuestos públicos durante años. Las calles estaban sucias, el transporte colapsado, y lo peor de todo: una plaga de ratas tecnológicas invadía la ciudad.
No eran ratas comunes. Eran pequeños drones de vigilancia autónomos, diseñados inicialmente para seguridad ciudadana, pero que ahora grababan todo, hackeaban redes domésticas, robaban datos y zumbaban por las calles como mosquitos de metal. La población estaba harta, pero nadie parecía capaz de detenerlas.
Un día apareció en la ciudad un joven misterioso, con el nombre artístico de Luthier, aunque nadie conocía su nombre real. Era un músico callejero, pero no cualquiera: tocaba un extraño sintetizador portátil que emitía sonidos imposibles, envolventes, que parecían comunicarse con la tecnología.
Luthier ofreció sus servicios al alcalde: él podía deshacerse de los drones si le pagaban una suma considerable. Desesperados, los funcionarios aceptaron.
Aquella noche, Luthier se subió al tejado del centro cultural y comenzó a tocar. Los sonidos que emergieron no eran música tradicional: eran loops electrónicos, frecuencias modulares, ritmos hipnóticos que hicieron que, uno a uno, los drones abandonaran sus rutas, descendieran de los cielos y lo siguieran. Luthier caminó por la ciudad con su música, cruzó el puente hacia las afueras industriales, y los llevó hasta un antiguo depósito de chatarra. Allí, con una última nota, los drones colapsaron y quedaron inertes.
La ciudad despertó libre al día siguiente.
Pero cuando Luthier fue a cobrar su recompensa, el ayuntamiento se echó atrás. Dijeron que "no había pruebas" de que él hubiera sido el causante de la solución. Que "no podían usar dinero público para pagar a un artista sin contrato". Le dieron una medalla de cartón y una palmadita en la espalda.
Él no dijo nada. Solo sonrió.
Esa misma noche, volvió a tocar. Pero esta vez, su música no llamó a los drones. Llamó a los niños. No físicamente, sino a través de sus pantallas, sus móviles, sus cascos de realidad virtual. Les envió una señal, una melodía que solo ellos podían oír, y los llevó a todos hacia un mundo digital oculto, un espacio virtual lleno de luz, creatividad, arte y libertad, donde podían construir una ciudad mejor. Literalmente se desconectaron del sistema.
Cuando los padres se dieron cuenta, sus hijos ya no estaban. Sus perfiles, sus señales, sus voces digitales habían desaparecido. La ciudad, antes plagada de ruido, quedó en silencio.
El gobierno entró en pánico, la economía se desplomó, las redes quedaron vacías. Y desde entonces, cada vez que un alcalde miente, alguien enciende una pantalla y cree oír una melodía lejana… como un recordatorio de que la música no olvida.
