Cuentos Clásicos Contemporáneos. Erase una vez el mañana.

La Bella Durmiente.

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Aurora no recordaba cuándo había empezado a dormir con los ojos abiertos.
Tenía treinta y dos años, un trabajo estable en una empresa tecnológica de Valencia, una hipoteca compartida con su gata, y una vida perfectamente programada en Google Calendar. Su despertador sonaba a las 6:45, tomaba café con leche de avena a las 7:00, y estaba en su escritorio antes de las 8:00. Era eficiente, discreta y educadamente invisible.
Un martes cualquiera, en una de esas reuniones eternas por Zoom, escuchó a alguien pronunciar su nombre.
—Aurora, ¿tú qué opinas?
Se quedó paralizada. ¿Qué opinaba? ¿Desde cuándo tenía permiso para opinar?
—Creo que… deberíamos replantear el enfoque —respondió sin saber de qué demonios hablaban.
Pero no la despidieron. Al contrario, la miraron con un respeto nuevo. Ese día algo crujió dentro de ella. Como si una capa de polvo empezara a despegarse. Como si llevara años sumida en un letargo sin notarlo.
La verdad es que sí estaba dormida. Dormida en rutinas, en miedos heredados, en expectativas ajenas. Dormida desde aquella relación tóxica que terminó mal, desde la ansiedad de los veintisiete, desde el funeral de su madre, desde todo lo que no se permitió sentir.
El "hechizo" no lo lanzó una bruja, sino una sociedad que romantiza la perfección femenina y castiga la vulnerabilidad. No había castillos ni espinas, sólo una sucesión de días grises donde Aurora había aprendido a no desear demasiado.
Y entonces apareció él.
No un príncipe. Ni un salvador.
Él era Julián, el nuevo técnico de IT. Divorciado, calvo, con ojeras de tres guerras laborales y un sentido del humor seco como el Martini que bebía solo en su balcón. Le arregló el portátil sin hacer comentarios condescendientes. Y luego le regaló una planta.
—Dicen que si sobrevive una semana contigo, es que estás viva.
Ella se rió. No porque fuera gracioso. Sino porque hacía siglos que nadie la había mirado como una persona y no como una pieza funcional.
No fue amor a primera vista. Fue algo más raro: atención genuina. Y poco a poco, Aurora empezó a despertar.
No por un beso, sino por conversaciones largas, caminatas sin rumbo, libros leídos en voz alta, discusiones sobre películas absurdas y, sí, sexo sin miedo.
El hechizo se rompió la primera vez que dijo no sin disculparse.
Y cada día, al elegir lo que realmente quería y no lo que debía, volvía a abrir los ojos un poco más.
Aurora no necesitaba un final feliz.
Solo necesitaba despertar.
Y esta vez, para no volver a dormirse.



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En el texto hay: adaptacion

Editado: 02.02.2026

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