Cuentos Clásicos Contemporáneos. Erase una vez el mañana.

La Sirenita

En el corazón de Barcelona, entre callejones decorados con grafitis y bares que abrían hasta el amanecer, vivía Marina. Tenía veinte años y trabajaba como camarera en un chiringuito cerca de la playa de la Barceloneta. Pero lo que la gente no sabía era que Marina no era como los demás. Nacida en un pequeño pueblo costero del norte, había crecido escuchando a su abuela contarle que las mujeres de su familia descendían de sirenas. Marina se reía de niña, claro. Pero desde siempre había sentido una atracción imposible de explicar por el mar.
Pasaba horas nadando lejos de la costa, buceando entre rocas, hablando con las olas como si fueran viejas amigas. A veces, creía oír voces allá abajo, en la oscuridad profunda del océano. Voces que la llamaban por su nombre.
Una noche de verano, mientras recogía vasos con restos de mojito y limpiaba mesas pegajosas bajo la música de reguetón, lo vio. Él. Alto, con una melena desordenada y ojos del color del mar en tormenta. Era un músico callejero. Cantaba con una guitarra vieja, sentado sobre un amplificador en el paseo marítimo. Sus canciones hablaban de pérdida, de esperanza, de amores imposibles.
Marina sintió que el pecho se le llenaba de agua.
Esa misma noche, dejó una copa frente a él con una nota escrita en servilleta:
“Tocas como si tuvieras sal en las venas.”
Al día siguiente, la esperaba en la misma esquina.
Su nombre era Elías. Tenía veintisiete años y un pasado lleno de trenes perdidos. Compartían cafés, paseos por la arena, canciones medio desafinadas bajo la luna. Cada día Marina sentía que flotaba más lejos de la orilla, que su corazón quería vivir en tierra firme, aunque su alma aún perteneciera al mar.
Pero todo amor tiene su precio.
A medida que se enamoraba, el mar comenzaba a retirarse de ella. Cada vez que se metía en el agua, ya no sentía la llamada. Sus pulmones dolían al bucear. Su cuerpo, antes ágil como delfín, ahora se sentía torpe. La abuela se lo había advertido, en una carta que encontró años después de su muerte: "Si una sirena se enamora de un humano, pierde su canto, pierde el mar."
Un día, Elías le dijo que se iba. Había conseguido una gira por Europa. Marina quiso gritar, detenerlo, decirle que lo amaba con la fuerza de todas las mareas. Pero su voz… ya no salía igual. Estaba rota.
Él se marchó. Marina lo despidió con una sonrisa valiente, sabiendo que quedarse sería negarse a sí misma. Caminó hasta la playa, se quitó los zapatos, y se adentró en el agua.
No para morir, sino para renacer.
Allí, bajo la superficie, esperándola, estaban las voces. No le pedían nada. Solo le ofrecían lo que era suyo desde el principio. Su canto. Su hogar.
Desde entonces, algunos dicen que, si caminas por la playa al amanecer y el viento sopla del sur, puedes oír a una muchacha cantar entre las olas. Una canción triste y hermosa, como si alguien que una vez amó con todo el corazón decidiera regresar… pero sin olvidar.
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En el texto hay: adaptacion

Editado: 02.02.2026

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