Los Siete Cabritillos y el Algorritmo

Había una vez una madre cabra, ejecutiva de recursos humanos, que criaba sola a sus siete cabritillos en una urbanización cerrada de las afueras. Eran inteligentes, adorables y tenían todas las vacunas, incluso las que aún no existían. Ella hacía malabares entre el trabajo híbrido y las clases de yoga online, pero siempre repetía una frase:
—Si alguna vez se acercan a la puerta, que sea para recibir un paquete o comprobar quién ha tocado el timbre. Y nada de hablar con extraños. Menos aún si no tienen LinkedIn.
Los cabritillos vivían protegidos: cámaras, cerraduras inteligentes, filtros parentales, cortafuegos digitales. Todo estaba controlado. Menos una cosa: el algoritmo.
El Lobo, en esta historia, no era un animal. Era un perfil. Una entidad virtual que aparecía como influencer, gamer, coach, repartidor o streamer, según el caso. Un maestro del camuflaje digital. Lo conocían como @BigBadWolf, aunque en redes aparecía con una sonrisa blanca y fondo neutro.
Empezó infiltrándose en los grupos de WhatsApp escolares. Luego envió solicitudes de amistad. Usó filtros para parecerse al padre ausente, al profesor de robótica, al youtuber favorito. Aprendió los códigos. Hablaba en emojis, respondía con audios de 1.5x y prometía "dinero real jugando online".
Un día, cuando mamá cabra salió a hacer Pilates con realidad aumentada, el Lobo se conectó a la red de la casa.
Primero engañó al cabritillo mayor con una oferta para “invertir en NFTs ecológicos”. Luego sedujo a los gemelos con un reto viral de TikTok. A uno le envió un dron con una pizza gratis. A otro le ofreció seguidores. Uno a uno, los fue sacando de casa. No por la fuerza. Por el algoritmo.
Solo el más pequeño, desconfiado por naturaleza (y lector de foros), sospechó. Cuando el Lobo intentó abrir la smart lock, el cabritillo no cayó. Usó el botón de pánico. Activó el protocolo de emergencia. Llamó a mamá.
Ella volvió en modo furia, armada con su bolso de cuero reciclado y toda la fuerza de sus años de microgestión.
Encontró la casa vacía, pero gracias al GPS, las cookies, las cámaras y una aplicación de rastreo infantil, localizó al Lobo en un centro comercial, donde tenía a los seis cabritillos en una tienda de juguetes… disfrazados de influencers para un sorteo patrocinado.
El enfrentamiento fue breve pero viral. Mamá cabra lo expuso en todas las redes, lo etiquetó en publicaciones, lo denunció en plataformas, lo bloqueó y lo canceló en menos de 24 horas.
El Lobo desapareció. Aunque, como todo algoritmo, nunca muere realmente. Solo cambia de forma.
Desde entonces, los cabritillos aprendieron a vivir con dudas razonables. Dejaron de compartir datos personales, usaban VPN y desconfiaban de todo lo que dijera "gratis". Incluso empezaron a leer términos y condiciones (bueno, alguno al menos lo intentó).
Y mamá cabra, aunque seguía siendo un poco controladora, bajó el nivel. Porque entendió que no podía encerrarlos para siempre, pero sí enseñarles a desconfiar del botón de “aceptar todo”.