Los Tres Cerditos S.A
Había una vez, en una ciudad donde los alquileres subían más rápido que el sueldo mínimo, tres cerditos hermanos que decidieron independizarse. Porque ya se sabe: a los treinta, si sigues en casa de mamá, te miran raro hasta en el supermercado.
Cerdito 1 era influencer de desarrollo personal. Publicaba frases como “Tu futuro depende de lo que hagas hoy a las 5 de la mañana” mientras vivía en una habitación alquilada por Wallapop, sin contrato y con Wi-Fi robado del vecino. Su “casa” era una metáfora más que un espacio físico. Pero él decía que todo era cuestión de “vibrar alto”.
Cerdito 2 era emprendedor. Había montado una startup de hummus orgánico con sabores exóticos en un coworking de moda, donde el alquiler costaba lo mismo que un riñón en el mercado negro. Tenía inversores imaginarios, un logo diseñado por IA y una web que funcionaba a veces. Él se sentía poderoso. Llevaba zapatillas caras.
Cerdito 3, en cambio, era funcionario. Sí, ese ser mitológico con nómina estable y tardes libres. Llevaba años pagando una hipoteca modesta por un piso de los años 80 que no salía en Instagram, pero tenía calefacción y vecinos reales. Para muchos, era aburrido. Para él, era resistencia silenciosa.
Pero un día, llegó El Lobo.
No era un lobo clásico. No aullaba. Llevaba traje de Zara, sonrisa de coach financiero y trabajaba para un fondo buitre con nombre nórdico tipo “Välkön Capital”. Su especialidad era detectar fragilidad inmobiliaria con el olfato de un sabueso fiscal.
Fue primero a por Cerdito 1, que vivía de trueques y fe. El Lobo subió el alquiler de todo el edificio un 200%. Cuando el cerdito protestó, le contestaron con una notificación de desalojo en formato NFT. Cerdito 1 lloró en un video viral que tituló “Mi camino hacia la resiliencia”. Luego se fue a dormir a una caravana en un polígono.
Después fue a por Cerdito 2. Le ofreció invertir en su startup a cambio del 99,9% de la empresa. El cerdito aceptó encantado, sin leer nada. Al día siguiente, el hummus tenía nuevo dueño, él estaba despedido, y el coworking se había convertido en una “boutique de experiencias inmersivas”. Intentó demandar, pero descubrió que su abogado era un bot.
Finalmente, el Lobo se plantó frente a la puerta blindada de Cerdito 3.
—Te ofrezco el triple de su valor —le dijo.
—No vendo.
—Entonces te acuso de ocupar espacio urbano sin monetizar.
—Soy propietario legal.
—Eso es ofensivo.
Intentó todo: abogados, fake news, encuestas amañadas. Incluso creó un movimiento en redes: “Funcionarismo es fascismo”. Pero nada. Cerdito 3 no cedió. Había leído la letra pequeña de todo. Y, sobre todo, no tenía necesidad de aparentar.
Los dos cerditos arruinados acabaron refugiados en casa de su hermano. Él les puso condiciones: “Aquí se friega y se lee el BOE”.
Entre memes y cenas modestas, los tres comprendieron que la libertad no estaba en emprender sin red, ni en colgar frases en stories. Estaba en entender las reglas del juego, no idolatrar al sistema y, sobre todo, no vender tu casa por seguidores.
El Lobo, frustrado, se fue a buscar nuevas presas: jóvenes con másteres caros, ideas brillantes y contratos temporales.
Porque si algo sabe el Lobo es que siempre habrá cerditos que quieran ser Elon Musk... desde un Airbnb compartido.