Cuentos Clásicos Contemporáneos. Erase una vez el mañana.

Caperucita Roja

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Caperucita ya no era una niña. Se llamaba Carla, tenía 26 años, trabajaba en una editorial indie en el centro de la ciudad y vivía en un microapartamento con vistas a una pared. Lo de “Roja” venía porque siempre llevaba una sudadera roja con capucha, más por costumbre que por estilo. Una reliquia de cuando hacía activismo en la universidad.
Un día, su madre —divorciada, hipervigilante y adicta a los grupos de Facebook de “madres que se informan”— la llamó alarmada.
—Tienes que ir a ver a la abuela. Le dio un brote de ansiedad después de leer los titulares del día. Cree que la van a desalojar o que va a estallar una guerra o que hay un asesino suelto en el barrio. Le llevas pan, queso vegano y una batería externa, ¿vale?
Caperucita aceptó. Tomó el metro hasta las afueras. Caminó por un parque grande y sin cámaras —el último de la ciudad sin vigilancia ni QR de acceso—, ignorando las advertencias maternas: "No hables con extraños, no mires atrás, y por dios, activa el GPS compartido."
En el parque, se encontró con él: un hombre tranquilo, de barba descuidada y aire intelectual. Llevaba un libro de papel y un termo de té. Le preguntó adónde iba, y ella, sin darle muchas vueltas, le contestó. Él asintió y siguió su camino.
Cuando llegó al piso de su abuela, algo le dio mala espina. Tocó el timbre. Nadie contestó. La puerta estaba entreabierta.
Entró.
Allí, en el salón, el hombre del parque estaba sentado en el sofá, tomando té con la abuela. Ella reía como hacía tiempo no lo hacía.
—¿Quién es este? —preguntó Carla.
—Un amigo. Me lo encontré en el mercado. Me ayudó con las bolsas. Luego hablamos de literatura, y mira tú, resulta que fue editor en los años 90.
Caperucita no sabía si gritar, llamar a la policía o sentarse a escuchar.
Al final, se quedó. Tomaron el queso vegano, el pan sin gluten y charlaron durante horas.
Más tarde, cuando volvió a casa, su madre le escribió en mayúsculas:
¿ESTÁS BIEN? LLEVAS UNA HORA SIN MOVERTE EN EL GPS.
Carla apagó el móvil. Miró al cielo contaminado. Y pensó: Quizás el verdadero lobo era el miedo con Wi-Fi.



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En el texto hay: adaptacion

Editado: 02.02.2026

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