Cuentos Clásicos Contemporáneos. Erase una vez el mañana.

Hansel y Gretel en el Laberinto del Azúcar

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Hansel y Gretel vivían en un piso de protección oficial con su padre, un hombre amable y ausente, y su madrastra, una mujer que hablaba en afirmaciones positivas y decoraba la casa con vinilos que decían cosas como “Vibra alto” o “La culpa no existe”.

Desde que perdieron el trabajo estable —él por una reestructuración empresarial y ella por un burnout autoinducido en un retiro de coaching—, la nevera era un espacio más decorativo que funcional. A veces cenaban arroz con cúrcuma y a veces, aire con mindfulness.

Una noche, mientras Gretel cargaba su móvil al lado del router (porque el enchufe del cuarto no funcionaba), oyó a la madrastra decir:

Nos están drenando la energía. Hay que hacer algo. Los vamos a llevar a una experiencia detox. Una escapada a la naturaleza sin pantallas ni comida procesada. Para que se alineen con su propósito.

¿Perdona? —preguntó el padre.

Vamos a abandonarlos en el bosque. Pero bonito. Con intención.

Y así fue.

A la mañana siguiente, partieron en el coche eléctrico (que solo cargaba en ciertos puntos, gracias a una app que siempre fallaba). Llegaron a un parque natural, dejaron a los niños en una zona sin cobertura y se fueron.

Hansel, precavido, había dejado un rastro. No de migas, sino de stickers NFC pegados por los árboles. Gretel lo miró con una ceja arqueada.

¿Estás loco? El GPS no sirve si no tienes datos. Y tú no has pagado la factura del mes.

Tenía razón.

Pasaron horas caminando, compartiendo una barrita energética y discutiendo sobre si seguir recto o sentarse a llorar. Cuando ya pensaban que pasarían la noche bajo un árbol lleno de consejos motivacionales tallados por excursionistas pasivo-agresivos, la vieron.

Era una casa hecha completamente de chucherías orgánicas, diseñada con estética escandinava y toques vintage. Paneles solares, jardín vertical, azotea con trampolín. Una mezcla entre casita de diseño y plató de programa de reformas.

Los recibió una mujer amable, con voz de terapeuta. Tenía el cabello blanco, los dientes perfectos y una sonrisa que parecía calibrada por inteligencia artificial.

Vengan, pequeños. Descansen. Aquí todo es vegano, libre de gluten, y hecho con amor y sirope de dátil.

Les ofreció batidos con nombres raros y snacks de avena con ceniza volcánica. Les dio habitaciones separadas, colchones de espuma con memoria emocional, y una wifi que requería meditación para conectarse.

Hansel y Gretel, hambrientos y agotados, se entregaron a la casa.

Al tercer día, algo olía mal. Y no era el queso de anacardos.

Hansel notó que cada vez que intentaba salir, la puerta se desconfiguraba. Gretel, por su parte, recibía notificaciones del sistema de la casa con mensajes del tipo: “Tu energía femenina está en desequilibrio. Te sugerimos quedarte y respirar lavanda.”

Descubrieron que estaban siendo engordados emocionalmente. No con comida, sino con aprobación constante, atención artificial y dependencia sensorial. La mujer, que se hacía llamar “La Nutricionista del Alma”, tenía un sótano lleno de diarios ajenos, perfiles falsos y cámaras ocultas.

No quería comérselos.

Quería vender su autenticidad como contenido.

Gretel, más práctica, fingió interés por el sistema operativo de la casa y logró hackear el control central con una app que solía usar para cambiar sus notas del colegio. Mientras tanto, Hansel simulaba un colapso emocional para distraer a la terapeuta/influencer/bruja.

Cuando la mujer bajó al sótano para grabar el “momento vulnerable” de Hansel, Gretel cerró la puerta tras ella y la bloqueó con una meditación de tierra.

Namasté, bruja.

Activaron el modo “pánico” del hogar, que notificó a varios organismos, incluidos unos vecinos con fobia a las algas.

Salieron por la trampilla trasera, robando un bote de galletas de arroz como trofeo.

Volvieron a casa. El padre lloró. La madrastra había abierto un negocio de aromaterapia para perros y ya no vivía allí.

Hansel y Gretel no denunciaron a la bruja. Pero subieron todo a TikTok. Se hicieron virales. Luego escribieron un libro: “Cómo escapar de un retiro emocional: guía para la generación ansiosa.”

Y cada vez que ven una casita demasiado bonita, con paneles solares y promesas de paz interior, cruzan la calle. Por si acaso.



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En el texto hay: adaptacion

Editado: 02.02.2026

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