En lo más profundo de la antigua Arboleda del Alba, donde los primeros rayos de sol tocan el rocío, vivía Elara, un hada tierna, tímida, y propensa a la prudencias que a la celebración. Sus alas, a diferencia de las alas vibrantes de sus compañeras, eran delicadas y transparentes, casi invisibles a plena luz, como estructuras de hielo fabricadas en lienzos con polvareda de astros aventureros. Era diferente, y a menudo invisible, por eso prefería la compañía de las sombras solitarias que a la compania.
Una mañana, el bosque zumbò, y la Gran Arboleda estaba perdiendo su luz. Un malestar silencioso marchitò las flores, oscureciendo el follaje. Las hadas mayores habían retirado a consultar a los ancianos y Elara, sintiendo el peso de la tristeza del bosque, refugió su aislamiento en un pequeño claro, un lugar que llamaba su rincón secreto. Sentándose en un montículo de musgo suave y húmedo, rodeada por la muralla verde de los helechos, sus dedos, gráciles y nerviosos, descansaban sobre sus muslos mientras observaba el suelo. Una corona de margaritas silvestres, tejida distraídamente, descansaba sobre su cabello dorado y ondulado. Era tan frágil como el cristal que trenzaban sus alas. De repente, una mariposa de un blanco plateado, de un tipo que nunca había visto, irrumpió de la espesura y detuvo su bailoteo sobre una hoja de helecho cercana. Sus alas no eran solo blancas, sino que tenían la textura que recordaba al papel de lija fino cubierto de escarcha. Y a contituaciòn, de una grieta profunda en la corteza de un árbol antiguo, salió una segunda mariposa, la cùal, era diferente. Sus alas de azul índigo penetrante, rico y aterciopelado, como el cielo justo antes del amanecer, lo más sorprendente no fue su color, sino la luz que emanaba, el resplandor , ámbar y cálido, brillaba en su cuerpo, pulsando con un ritmo tranquilo. Las dos criaturas volaron juntas por un momento, un contraste impresionante de blanco escarchado y azul profundo resplandeciente, antes de posarse cerca. Elara contuvo el aliento, con los ojos fijos en ellas. La mariposa azul índigo pareció invitar a la blanca a un baile de luces, mientras que sus alas chocaban lentamente, y la fosforescencia cálida extendió por el claro y la luz ámbar tocó las hojas de las plantas, destinándolas casi en doradas. El musgo bajo, que a Elara le pareció cobrar vida con un verde más vibrante al contemplar el atractivo baile, sintió una punzada en el pecho, no de tristeza, sino de un asombro insondable. Comprendió que el bosque no estaba muriendo de oscuridad, estaba en un momento de transición, un cambio de estación espiritual que requería una nueva forma de luz, un albor que solo la unión de dos fuerzas opuestas podía crear: la fragilidad plateada y la profundidad resplandeciente. Su propia fragilidad, sus alas transparentes, ya no le parecían un defecto, quizás también formaban una parte esencial del nuevo equilibrio.
Con un movimiento cuidadoso, extendió la mano hacia las mariposas, no para atraparlas, sì para formar parte de su círculo. Mientras el sol de la mañana filtraba con fuerza a través del dosel de hojas, creando patrones de luminaria y lobreguez sobre el vestido color lavanda de Elara, ella sonrió. Por primera vez, se sintió vista, no por los demás, sino por sí misma, fue un despertar al aceptarse como era, una guardiana esencial del silencio del alba transmutandose. Y el bosque, a su alrededor, pareció suspirar de alivio, dando por sentado que otro ser mágico aceptaba su brillo como el destino lo había decretado, manteniéndose ajeno, pero tranquilo en la comunión de inocentes jugando en la simplicidad de la felicidad.