Hubo un tiempo, antes de que el mundo tuviera memoria, en el que el cielo no conocía descanso y la tierra vivía en una batalla perpetua.
Las Cuatro Hermanas Eternas nacieron al mismo tiempo, pero con corazones tan diferentes como el día y la noche.
En aquellas fechas, no existía el orden.
La mayor, con el cabello plateado y la mirada fría como el hielo, reclamaba todo el espacio con su aliento helado, cubriendo los campos de un silencio mortal.
La segunda hermana, de piel de bronce y risa de fuego, quemaba la nieve con su caricia abrasadora, secando los ríos y agrietando la tierra.
La tercera, de vestidos dorados y melancolía dulce, hacía caer las hojas marchitas, cubriendo el mundo con un velo de sueño.
Y la ùltima, la pequeña joven, de ojos verdes y canto de pájaro, nunca acato la orden de la quietud; bailaba entre el hielo y el fuego, haciendo brotar capullos de flores donde quiera que pusiera el pie, solo para verlos congelarse o quemarse momentos después.
El mundo era un caos. Los hombres no podían sembrar, pues lo que plantaban en la mañana, helaba en la tarde. Los animales no sabían cuándo hibernar, ni cuándo despertar. La naturaleza estaba exhausta.
Finalmente, el anciano del tiempo que observaba desde su trono, decidió intervenir y llamó a las cuatro hermanas a su presencia.
-"Vuestras batallas está destruyendo lo que deberíais proteger", les dijo con una voz que sonaba como el rodar de las piedras. "Sois diferentes, sí, pero ninguna puede vivir sin la otra. El hielo prepara la tierra para la semilla; el calor hace crecer el fruto; el fruto debe madurar y caer; y el sueño invernal es necesario para la vida futura."
Las hermanas, aunque orgullosas, miraron hacia abajo y vieron el sufrimiento que habían causado. Entonces, el Tiempo extendió su mano y, del aire mismo, materializó un Gran Libro de Cuero y Oro. No tenía palabras, sus páginas estaban labradas en una refulgencia inmortal.
-"Les entrego el Libro del Pacto Estacional", anunció. "Aquí grabaré una tregua. Cada una de vosotras tendrá un tiempo de reinado, un tiempo perfecto, único, y durante ese tiempo, las demás deberéis esperar vuestro turno con gracia."
Las hermanas se miraron entre sí.
La mayor, Invierno, con su túnica de escarcha, extendió su mano pálida.
Verano, de cabellos de fuego, puso la suya encima.
Otoño, con su corona de hojas secas, sumó su mano.
Y Primavera, la más joven, cubrió las manos de sus hermanas con las suyas rebosantes de flores. Al unísono, posaron en el suelo del mundo, unificando los cuatro paisajes que hasta entonces solo conocían la guerra.
Primavera, junto a su prado de flores silvestres. Verano, junto a la orilla de un mar azul y cálido. Otoño, sobre un lecho de hojas caídas y doradas e Invierno, sobre una colina cubierta de nieve pura. Juntas, sostuvieron el Gran Libro, y en el momento en que sus manos tocaron las páginas al mismo tiempo, una luz radiante emanó del papel. El Tiempo, usando su dedo como una pluma de luz, comenzó a escribir el primer capítulo. Primero, grabó el reinado de la Primavera, el tiempo del despertar y la esperanza, donde todo volvería a nacer tras el frío.
Luego, escribió sobre el Verano, la plenitud y la luz, cuando el mundo celebraría la abundancia y la fuerza del calor.
Después, dictó el Otoño, la estación de la madurez, la gratitud, donde el mundo aprendería a soltar lo viejo con belleza y preparación para el descanso.
Finalmente, selló el pacto con el Invierno, el tiempo del silencio, la reflexión, donde la vida, escondería bajo tierra para recuperar fuerzas, protegida por el manto plateado de la nieve.
Cuando el Tiempo terminó, las hermanas levantaron la vista del libro. Ya no había odio ni competencia en sus ojos, comprendieron que juntas, y solo juntas, podían entretejer el tapiz de la vida.
Desde aquel día, el mundo conoce el orden.
Primero llega la Primavera con sus promesas, seguida por el Verano y su calor, luego el Otoño y sus cosechas, y finalmente el Invierno y su paz.
En ese lugar eterno, que es el tiempo, en el corazón mismo del mundo, las cuatro hermanas siguen sentadas juntas, sosteniendo el Gran Libro, asegurándose de que el ciclo sagrado nunca se rompa, unidas eternamente en una tregua de belleza y época.