Cuentos de antes de la luz

El origen del fuego

Dicen que hubo un tiempo en que los humanos caminaban sin fuego, sin luz, sin emoción compartida. En aquel tiempo, el mundo no ofrecía calor ni consuelo. La vida se limitaba a nacer, crecer, reproducirse y morir.

Se cuenta que el fuego no nació para arder, sino para acompañar. Que las primeras Ánimas aparecieron cuando dos humanos se atrevieron a sentir. Ante el amor que se profesaban, la Guardiana despertó y puso su atención en nosotros. Fue entonces cuando descendió y nos entregó las Ánimas.

Con cuidado, ofreció dos de esas pequeñas llamas recién nacidas a la pareja. Y junto a ellas, les reveló que las Ánimas cuidarían y velarían por ellos: arropándolos cuando se sintieran tristes o vacíos, bailando cuando la felicidad calentara sus cuerpos y ardiendo juntas cuando compartieran el mismo sentimiento.

Pero también advirtió que las Ánimas no podían ser ignoradas, silenciadas ni negadas. Nacieron para ser vistas y compartidas, y no estaba en su naturaleza vivir en soledad sin el calor de su humano.

Se dice que, cuando un humano ha alimentado lo suficiente a su Ánima, esta asciende al cielo nocturno al extinguirse su último aliento, y brilla por toda la eternidad.

Pero no todos los humanos supieron convivir con sus Ánimas.

Farel era un hombre solitario. No siempre fue así. Él también amó. También brilló. Cuidó de su Ánima y su Ánima cuidó de él. Reían, lloraban y bailaban juntos. Alimentaba a su llama cada día con su atención y su cariño hacia ella.

Sin embargo, un día como otro cualquiera, el gran amor de Farel lo abandonó.

—Lo siento mucho, Farel.

Se había enamorado de otro hombre, y al marcharse se había llevado el corazón del pobre Farel con ella.

Roto por dentro, aquel hombre que había brillado y había vivido con todo lo que tenía sin miedo a sentir, se encerró en sí mismo.

Durante años negó sus propias emociones. Ya no miraba a su Ánima. La ignoraba. La pequeña llama intentaba llamar su atención brillando cada vez más. Creciendo. Calentando.

Llegó a un punto en el que el calor del fuego era tan poderoso que los demás le pidieron que se marchara. Era demasiado intenso y daba miedo. Así que una vez más, Farel fue apartado.

—No los necesito. Estoy mejor solo.

El Ánima del hombre herido no tardó en perder el control. El aire quemaba. El silencio se llenaba con los chasquidos del fuego furioso. La vegetación de alrededor del hogar de Farel dejó de crecer y la tierra se tornó negra. El ambiente era tan oscuro que nadie se atrevía a acercarse. El hombre se quemaba. Sentía el dolor, pero aun así lo ignoraba.

—No importa cuánto duelas —le decía de vez en cuando al fuego sin voltearse a mirar—. No te necesito.

Pasaron los días. Pasaron los años. Farel dejó de hablar con otros, dejó de hablar consigo mismo. Su Ánima, que antes danzaba junto a él, ahora se agitaba como una tormenta contenida. No brillaba: ardía. No acompañaba: quemaba.

El fuego que debía ser consuelo se había convertido en castigo. Pero no por maldad… por abandono.

La tierra alrededor de su cabaña se volvió estéril. Las ramas se quebraban sin viento. El aire era denso, como si el mundo contuviera la respiración cada vez que Farel salía. Nadie se atrevía a acercarse por miedo. Miedo a ese fuego que no se podía mirar sin sentir el dolor ajeno. Ese fuego que lo quemaba todo a su paso haciendo daño a quienes intentaban acercarse.

Y entonces, en medio de esa oscuridad, ocurrió algo que nadie esperaba.

Una noche sin luna, cuando el silencio era tan profundo que ni el fuego crujía, la Guardiana volvió a aparecer.

No descendió del cielo. No se anunció. Simplemente estuvo allí.

Farel la vio desde la ventana, pero no se movió. No dijo nada. La figura permanecía quieta, envuelta en una luz que no ardía. No traía llamas nuevas. Solo presencia.

Durante un largo rato, Farel la observó sin atreverse a mirar de frente. Su Ánima, inquieta, se detuvo. El fuego se calmó. El aire se volvió tibio.

—Tu fuego no es el problema, Farel. Es lo que haces con él.

Farel no respondió. El silencio pesaba.

—Ella se fue. Pero tu Ánima no. Aún espera que la mires.

—No quiero volver a sentir.

La Guardiana se acercó un paso. No tocó. No insistió.

—Sentir no es volver a sufrir. Es volver a estar vivo.

Farel cerró los ojos. Por primera vez en años, su Ánima dejó de agitarse.
La Guardiana se desvaneció sin más palabras. Pero algo había quedado. Una grieta. Una posibilidad. Una puerta que seguía cerrada, pero no sellada.

Al amanecer, cuando el cielo aún no decidía si teñirse de azul o quedarse gris, un niño apareció en el claro. No traía fuego, ni miedo. Solo una Ánima pequeña, brillante, que flotaba cerca de él como si conociera el camino.

Farel lo vio desde la distancia. Permaneció inmóvil observando sin esconderse. El niño caminó tranquilo, sin titubeos, hasta llegar frente a la cabaña. Se detuvo. Observó el suelo quemado, los árboles secos, el aire espeso. Luego miró a Farel.

No preguntó. No juzgó. Solo se sentó en el suelo, a unos pasos de él, y dejó que su Ánima danzara en silencio.

Durante un largo rato, no ocurrió nada. Pero algo en el silencio había cambiado.

La Ánima de Farel, que había estado agitada durante años, se detuvo. Por curiosidad. Por reconocimiento. El niño no hablaba, pero su presencia susurraba lo que Farel había olvidado: que el fuego también puede ser ternura. Que no todo lo que arde destruye. Farel bajó la mirada. Por primera vez en mucho tiempo, miró su Ánima. Estaba allí. No se había ido. No lo había abandonado. Solo ansiaba ser vista.

Y entonces, sin palabras, Farel extendió la mano.

El Ánima del niño se acercó con cuidado de no asustar al hombre, compartiendo con él su calor. La llama de Farel no se volvió brillante y serena de golpe. Pero dejó de quemar.

Desde ese día, se dice que incluso el fuego más herido puede volver a acompañar. Que basta una mirada, una presencia, una mano extendida sin juicio, para que el calor vuelva a ser consuelo. Que no hay llama que no pueda volver a danzar, si alguien se atreve a mirar.



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En el texto hay: cuento, mitos, fabulas

Editado: 26.08.2026

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