Cuentos de antes de la luz

Donde nace la lluvia

En el principio de los tiempos, el mundo era un lugar tranquilo y silencioso.
Sus habitantes nacían, crecían, amaban y morían, pero no como lo hacemos tu o yo.
Cuando nacían, sus padres los entregaban al resto de la comunidad y olvidaban para siempre quiénes eran sus hijos. Los niños, a su vez, nunca conocían a sus padres.
Crecían rodeados de sus semejantes, protegidos de los peligros, pero nadie enseñaba realmente a los demás cómo debían vivir. Cada uno hacía lo que podía.
Amaban a sus compañeros como se aman los animales, al cielo y al mar, y aún así no sabían el significado del amor que se tiene a una madre, a un amigo, a un hermano o a la persona con la que se desea pasar la vida. Las parejas tampoco existían.
Morían sin sentir el hambre, la sed ni el dolor. Morían sin conocer el calor, el amor o la alegría.

Cada día cultivaban, jugaban y conversaban. Y, aun así, todos sentían un vacío dentro: un hueco que no debería estar ahí y que no sabían cómo afrontar. La soledad.
Aunque nunca estaban realmente solos, tampoco estaban realmente acompañados.

Llegó el día en que una mujer se negó a entregar a su hijo. De alguna manera no quería separarse de él. Sentía que aquel pequeño ser, tan débil y desprotegido, la necesitaba para no sentir el mismo hueco que todos cargaban. Ella lo sabía, pero el resto no lo comprendió. La mujer fue expulsada de la civilización y condenada a sobrevivir con su hijo sin el apoyo de sus hermanos y hermanas.

El tiempo pasó y la mujer vio crecer a su pequeño. Juntos reían y jugaban. Conoció por primera vez el amor verdadero, el vínculo más puro que jamás había sentido. El vacío que todos consideraban inevitable se fue llenando poco a poco con el amor por aquel niño que crecía a su lado.
También hubo momentos de tristeza en los que echaba de menos a los suyos, pero ni ella ni los demás conocían el llanto, así que nunca lloró por su pérdida.

El niño creció hasta convertirse en un hombre joven. No entendía por qué eran diferentes, por qué no vivían con los demás, por qué estaban apartados de todo lo que parecía correcto.

—Mamá —dijo un día—, ¿por qué estamos apartados del resto?

—Porque ellos quisieron separarte de mí y yo no pude aceptarlo —respondió su madre.

Los días siguieron pasando y el muchacho no dejaba de mirar a quienes eran como él.

—Mamá, ¿por qué tenemos que quedarnos aquí mientras ellos caminan, viven y mueren juntos?

—Porque ellos se mueven uno al lado del otro, pero no conocen la dicha de amar y ser amados. ¿Es eso lo que realmente quieres?

El joven dudó un instante antes de contestar.

—No. Pero se acerca el día de tu muerte y lo harás sola.

—Eso no es cierto, hijo mío. Te tengo a ti a mi lado. Y mientras te tenga, lo demás no importa.

Un día, el muchacho se fijó en una joven de la comunidad más cercana. Era hermosa como un amanecer y al moverse parecía bailar. Su corazón daba saltos cada vez que la miraba y deseaba con todas sus fuerzas acercarse a ella.

—Mamá, ¿por qué tenemos que mantenernos alejados? ¿No puedo amar a la mujer que me ha robado el aliento?

—Hijo —suspiró su madre—, eso que sientes no lo sienten ellos, porque nunca fueron amados y tienen un hueco donde debería estar el amor. Aun así, creo que tú podrías mostrarle a esa joven lo que significa ser amada por alguien como tú.

Con esas palabras, la mujer dejó ir lo que más quería para que siguiera su propio camino.

Sin embargo, cuando el joven se acercó a los habitantes, estos no lo comprendieron. La muchacha no se atrevió a abrir aquel hueco. Los ancianos temblaron de miedo ante el hijo de la mujer que se había negado a entregarlo, y el temor los llevó a la decisión más terrible: le dieron muerte a lo desconocido.

El corazón de la madre, que había llenado el hueco de la soledad con el amor a su hijo, se rompió en mil pedazos. Esos pedazos salieron de su cuerpo en forma de lágrimas. Las lágrimas cayeron sobre la tierra y se convirtieron en algo nuevo que llamaron lluvia.

Los árboles y las flores, que antes no existían, crecieron por todas partes. La madre no dejó de llorar hasta que se formaron ríos, mares y océanos. Con el agua aparecieron nuevos seres: pequeños animales que, alimentados por el llanto de aquella madre, conocieron siempre el amor, pero también el dolor de perder aquello que más se ama.

Y la madre siguió llorando allá por donde caminaba, recordando al hijo que había amado con todo su corazón. De su dolor creció la vida. Y con la vida, el amor se multiplicó y se propagó entre todas las especies.

A sus lágrimas las nombraron lluvia. Y la lluvia fue venerada como lo más sagrado que aquellas pequeñas y frágiles criaturas llamadas humanos pudieron adorar.

Sus semejantes sintieron entonces el dolor, el apego y el amor que ni la muerte puede apagar. Aprendieron a amar. Aprendieron a llorar.

Así, todos se convirtieron en nubes y vagaron por el mundo llorando por un hijo que no había sido suyo, por todos los hijos que no pudieron querer como aquella madre amó al suyo. Para toda la eternidad.



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En el texto hay: cuento, mitos, fabulas

Editado: 28.08.2026

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