Dicen que hubo un tiempo en que los humanos ya conocían las palabras.
Sabían nombrar el fuego y la lluvia. Sabían llamar al sol por su nombre y distinguir las flores de las malas hierbas. Sabían pedir ayuda, agradecer un regalo y despedirse antes de partir.
Pero las palabras eran pequeñas.
Servían para explicar el mundo, pero no para explicar el corazón.
Por aquel entonces vivía una joven llamada Elen.
Elen amaba a su padre más que a ninguna otra persona en el mundo. Habían compartido cosechas, inviernos y amaneceres. Él le había enseñado a reconocer el canto de los pájaros y a encontrar agua donde los demás solo veían tierra seca.
Pero el tiempo, que siempre acaba reclamando lo que le pertenece, comenzó a llevárselo poco a poco.
Cada mañana despertaba más cansado. Cada tarde necesitaba descansar un poco más. Y cada noche parecía más lejano.
Elen lo acompañaba siempre.
Le tomaba la mano, le contaba cómo iban creciendo los cultivos, le hablaba del viento y de los animales, le decía cuánto lo quería.
Sin embargo, cada vez que pronunciaba aquellas palabras sentía un vacío. No bastaban. No decían todo lo que guardaba dentro.
Una tarde fue a buscar a la Curandera.
La encontró junto al río, observando el agua.
—Necesito tu ayuda.
—¿Está enfermo tu padre?
—Sí.
La Curandera guardó silencio unos instantes.
—Entonces ya lo estoy ayudando.
Elen bajó la mirada.
—No vengo por eso.
La anciana la observó con paciencia.
—¿Qué te preocupa entonces?
—No sé cómo decirle lo mucho que lo amo.
Por primera vez, la Curandera sonrió.
—Nadie lo sabe.
—Yo debería poder.
La Curandera suspiró y habló con cuidado y voz aterciopelada; llena de una paciencia infinita y el cuidado de quien sabe que está ante algo tremendamente delicado.
—Las palabras tienen límites, hija.
—Entonces necesito más palabras.
—No existen.
Elen sintió cómo el miedo le cerraba la garganta.
—¿Y qué hago?
La Curandera señaló el río.
—Escucha.
La joven frunció el ceño.
—Solo oigo agua.
—Escucha mejor.
Permanecieron allí largo rato.
El agua golpeaba las piedras, las ramas se mecían sobre sus cabezas, el viento silbaba entre los juncos. Y, por primera vez, Elen comprendió que cada sonido parecía responder al anterior, como si el mundo entero estuviera manteniendo una conversación que ella jamás había oído.
—¿Lo entiendes ahora? —preguntó la Curandera.
—No.
—El mundo lleva hablando desde antes que nosotros. Solo que no utiliza palabras.
Aquella noche, Elen regresó junto a su padre y se sentó a su lado como había hecho tantas veces.
Quiso hablar. Quiso decirle cuánto miedo tenía. Quiso darle las gracias por todos los años compartidos. Quiso explicarle que el mundo le parecería más pequeño cuando él ya no estuviera. Pero ninguna palabra pareció suficiente.
Entonces recordó el río, el viento, los árboles; y dejó de intentar hablar.
De su garganta nació un sonido suave, una nota larga y temblorosa. Después otra y otra más.
No era una palabra. No tenía significado. No explicaba nada y aun así lo decía todo.
La voz de Elen subía y bajaba como las olas del mar, como el viento entre las hojas, como la lluvia que cae sobre los tejados.
Cantó durante horas junto a la cama de su padre. Cantó todo aquello que no sabía explicar.
Cuando terminó, el anciano sonreía.
—Ahora sí lo entiendo —susurró.
Y cerró los ojos por última vez.
Dicen que la Curandera escuchó aquella melodía desde muy lejos y que el viento la llevó por montañas y valles.
Otros humanos la escucharon.
Después intentaron crear las suyas propias.
Algunos cantaban cuando amaban, otros cuando estaban tristes y otros cuando la alegría era tan grande que las palabras no podían contenerla.
Así nació la primera canción.
Porque hay sentimientos demasiado grandes para ser hablados.
Y cuando las palabras llegan a su final, comienza la música.
Editado: 28.08.2026