No era la primera vez que Mikaela caminaba por aquella pasarela de madera. El fresco olor a humedad impregnaba sus sentidos. Su cabello se mecía con la suave brisa que sacudía las copas de los árboles. Las hojas se desprendían de las ramas y danzaban por los aires hasta ser atrapadas por el húmedo barro del suelo. El camino estaba cubierto de moho que carcomía el borde de las tablas de madera y, cada vez que Mikaela daba un paso, las oía crujir con suavidad. Pero ella no tenía miedo de caer; había caminado por aquel sendero cientos de veces. El bosque la abrazaba con sus cálidos colores. Una rama baja rozaba el abrigo de lana que cubría su cuerpo y desenganchaba un hilo. Divisó una pequeña ardilla que la contemplaba desde la seguridad de un árbol y ella le sonrió como si el animal pudiera interpretar ese gesto.
—Sabría que volverías pronto.
Al principio, su enérgica voz la tomaba por sorpresa. Sin embargo, Mikaela se había acostumbrado tanto a su presencia que hasta podía presentir cuando Ron aparecía. Esta vez, el muchacho de anaranjados cabellos se encontraba sentado en la rama de uno de los árboles que bordeaban el camino. Mikaela se detuvo a su lado y contempló las sucias botas de cuero negro; Ron había estado deambulando por el bosque, posiblemente, esperando que ella regresara. Le regaló una cálida sonrisa. Él dio un último mordisco a su manzana y la dejó caer sobre una pila de hojas rojas, naranjas y marrones. Luego bajó de un salto y cayó ágilmente sobre la pasarela de madera, justo delante de Mikaela.
—Tardaste demasiado esta vez, Mika —dijo mientras se pasaba la manga de su abrigo por la boca para quitarse dulces restos de jugo de la comisura de los labios.
Mikaela les sonrió; adoraba la manera en la que Ron abreviaba su nombre La hacía sentir especial.
—Sabes que no tengo control de esto. —Señaló el camino.
—Lo sé. —Ron arrugó la nariz y dejó escapar un suspiro. —Ojalá hubiese una manera de que te quedaras aquí. —Estiró su brazo y acarició uno de los oscuros bucles que caían sobre los hombros de Mikaela.
—Pues me temo que no. —Susurró ella mientras le quitaba la mano y continuaba su camino. —Las cosas no funcionan así, Ron.
Él aceleró el paso para alcanzarla y tomó su mano con timidez. Ella lo aferró con fuerza; adoraba sentir su calor al entrelazar los dedos. Caminaron en silencio por varios minutos, disfrutando la presencia del uno con el otro. Sintiendo la fría brisa colándose por las mangas de sus abrigos y la humedad calándoles los huesos. El susurro de los árboles cada vez que una corriente de aire arrancaba algunas hojas, generando una lluvia de colores que caía sobre la madera. Cada vez que Mikaela pisaba alguna de esas hojas, crujían bajo sus pies.
El soñado paseo por el bosque acababa en un pequeño y arqueado puente de piedra; y, detrás de él, un pueblo de ensueños: una muralla de piedra que protegía las diminutas casas de techo de madera y paja, y que enaltecía un castillo de piedras oscuras y ventanales de cristal.
Ron se detuvo a medio camino del puente y se arrimó hasta la gruesa barandilla de roca mohosa para observar el acaudalado río. Mikaela se acercó a él en silencio. Apoyó sus brazos en la húmeda piedra y contempló su reflejo en el agua cristalina. Ron tenía el ceño fruncido y la mirada perdida en la corriente.
—¿En qué piensas? —preguntó con la garganta seca.
—Si tan solo hubiese una manera de que quedes…
—Ron. —Mikaela dio un paso atrás y jugueteó con el pliegue de su abrigo.—Ya te he dicho que no es posible. Las cosas son… complicadas.
Él se volteó en su dirección con la mirada cansada.
—Tenemos que aprovechar estos breves momentos. —Esta vez fue Mikaela quien se acercó a él y acarició su mejilla con ternura.
—¿Y cómo sé que volverás? —preguntó él con la voz temblorosa.
—Siempre regresaré, lo prometo.
El silencio se apoderó de ellos; solamente podían escuchar el gruñir del agua bajo el puente. Ron apretó los labios con fuerza y dejó escapar un sonoro suspiro.
—Mis padres han organizado una fiesta de máscaras esta noche. —dijo señalando al pueblo. —¿Por qué no vienes conmigo? Apuesto a que será divertido.
—¿Una fiesta de máscaras? —sonrió Mikaela divertida. —¡Qué sofisticado!
—Lo hacen cada otoño. Es una buena manera de hacer sociales sin perjuicios.
Mikaela aceptó sin rodeos. No solo porque la idea sonaba divertida, sino porque no quería alejarse de Ron. No mientras tuviera tiempo de estar allí. Ron la volvió a tomar de la mano y caminaron en dirección al pueblo. El camino de tierra los guio a través de un césped verde y brillante donde pequeños hongos y setas afloraban entre la maleza. Un grupo de ovejas pastoreaba el área de la entrada, custodiadas por un joven granjero y su leal perro negro. Ambos atravesaron la enorme puerta de madera que separaba la oscuridad del bosque de aquel vivido pueblo. Las mujeres caminaban con sus largas faldas mientras cargaban con pequeñas cestas de paja repletas de pan, frutas y verduras. Otras mantenían a sus pequeños hijos aferrados de la mano mientras intentaban mantener una simple conversación con sus vecinas. Los hombres vestían con ropa simple y holgada, y llevaban tupidas barbas bien cuidadas. Algunos sostenían grandes bolsos de comida que trasladaban sobre sus hombros; otros habían montado pequeños puestos de madera donde ofrecían sus productos: comida, marroquinería, piezas de hierro u obras en madera.
No era la primera vez que Mikaela visitaba ese pueblo. De hecho, había caminado por las pequeñas callejuelas varias veces y conocía a alguno de los pobladores. Pero Ron conocía a todos; sorprendentemente, cada vez que caminaba por el pueblo, la gente se aglomeraba a su alrededor para pedirle favores, agradecerle por una buena acción e, incluso, algunos solamente les bastaba con tocar sus manos. Ron, tan amable como siempre, lograba deslizarse entre la multitud con gracia y de manera que nadie lograba darse cuenta de que, en realidad, estaba intentando escapar.