Cuentos de Otoño: Historias que caen como hojas

Pequeña Abby

Abby siempre le había tenido pavor a los gatos de su vecino Tannen. Aquellos felinos de grandes ojos brillantes y largos bigotes solían acecharla cada vez que ella caminaba por la vereda de grava para dirigirse a la cabaña que compartía con sus padres. Su familia y ella vivían en un pequeño pueblo del norte donde la tecnología todavía no había llegado. El pueblo estaba rodeado por un frondoso bosque que era conocido por albergar a una milenaria bruja que hacía desaparecer niños cada otoño. Cuando comenzaban a caer las primeras hojas, los adultos solían esconder a los niños dentro de sus casas y no se les permitía salir hasta la primera nevada. Abby no era la excepción; había escuchado rumores sobre niños y niñas que se adentraban en el bosque en busca de animales o plantas y nunca más regresaban. Sus padres le habían contado historias sobre criaturas de ojos brillantes, rápidas y sigilosas que captaban a esos niños y los llevaban a las garras de la bruja. Era por eso que a Abby le aterraban los gatos; se los imaginaba atrayendo a los pequeños con sus encantadores ronroneos y suave pelaje, solo para entregarlos a su fatal destino. Su hermano Tomm había sido parte de esa desgracia unos años antes de que Abby naciera; era por eso que sus padres eran tan estrictos con las normas sobre el bosque. Pero a pesar de esas horribles historias, había algo que Abby adoraba del otoño y eran sus colores. Durante esos largos meses en los cuales ella permanecía encerrada en su habitación, solía contemplar el bosque desde su ventana y coloreaba unas viejas hojas que su padre le llevaba cuando regresaba de sus viajes a la ciudad. Allí, ella plasmaba esos brillantes colores que tanto le gustaban: rojo, naranja, amarillo y marrón. Y aun sabiendo lo peligroso que sería salir al bosque en pleno otoño, anhelaba poder sentir las livianas hojas cayendo sobre ella, el olor a humedad o incluso salir en búsqueda de aquellos deliciosos hongos que crecían en esa época.

Una noche, desde su habitación, mientras admiraba aquel bosque sumido en una delgada lluvia, se dio cuenta de que había un extraño brillo que salía de la profundidad del bosque. Curiosa, se acercó aún más a su ventana. Era una luz cálida, amarilla, que bordeaba los árboles y arbustos dándoles un aspecto más amigable. De repente, sintió una suave melodía. Una canción que jamás había escuchado, pero que le resultaba extrañamente familiar. Abby esperó unos momentos; quería que aquella música se detuviera. Pero había algo en ella que le llenaba el alma, algo que la hacía sentir tranquila, demasiado tranquila.

Sin pensarlo dos veces, se colocó un delgado abrigo de lana y las oscuras botas que su padre le había traído de su último viaje. Se acercó a la puerta de su habitación y colocó la mano sobre el pestillo de bronce. La melodía continuaba resonando en su cabeza, una y otra vez, como un eterno bucle. Cuando Abby quitó el pestillo, una suave brisa golpeó su rostro. El pasillo estaba oscuro y solitario. Podía escuchar los ronquidos de su padre a pocos metros. Comenzó a caminar en dirección a la entrada, intentando que la madera bajo sus pies no crujiera. No quería que sus padres supieran lo que estaba a punto de hacer. Abby solo quería averiguar qué era aquella luz, de dónde venía esa extraña canción. Se prometió a sí misma que solo sería un momento. Saldría de su casa y caminaría unos pocos metros dentro del bosque; si no encontraba nada pronto, regresaría a su habitación y se acostaría a dormir.

Avanzó por el comedor de su hogar, esquivando muebles y avanzando en silencio cual experta. Abby sabía perfectamente cómo su madre ordenaba la casa luego de cenar, y podría caminar entre los muebles hasta con los ojos vendados. Cuando llegó a la entrada, aferró el picaporte con fuerza. Había pasado tantos años encerrada en su casa cada otoño, que podía sentir un leve nerviosismo por dar aquel paso. Pero la música en su mente apaciguó aquellos pensamientos e incitó a Abby a abandonar su hogar.

Fuera, el clima era agradable y desolador al mismo tiempo. Las delgadas gotas de agua golpearon su rostro y empaparon sus ropas. Pero las botas eran cálidas y resistentes, y la animaron a continuar caminando. Mientras Abby avanzaba en dirección al bosque, desvió la mirada hacia la cabaña de Tannen. No había ni un solo gato a la vista, lo que significaba un buen augurio. Posiblemente, los animales habían escapado en busca de refugio al sentir las primeras gotas de agua caer de los cielos. Abby comenzó a creer que quizás esa noche era diferente al resto. Como si los dioses le estuvieran concediendo una oportunidad que no podía desperdiciar.

Camino entre la maleza con paso firme, siguiendo aquella melodía que sonaba en su cabeza. El césped luchaba por absorber el agua que caía de los cielos sin éxito y las botas de Abby se hundían en el fresco lodo, manchando el extremo inferior de su falda con salpicaduras. Pero la brillante luz era cada vez más intensa, más cálida. Los pies de Abby avanzaban sin detenerse. Sus ojos no podía quitárselos del bosque. Era como si algo o alguien la hubiese amarrado y hubiese comenzado a tirar de ella, como si fuese una marioneta. Las gotas de lluvia caían sobre su rostro y empapaban su cabello. Las finas ramas de los arbustos rasgaron su pijama y, cuanto más se adentraba, más se veían gruesas hojas de colores cayendo en una extra danza que parecía sacada de un libro de cuentos infantiles.

Pero Abby continuó su camino, convencida de que esa noche era diferente, de que esa noche estaba protegida, de que los dioses le estaban dando una oportunidad para conocer aquel mágico bosque en otoño de una vez por todas. Los arbustos y los árboles formaron una barrera detrás de él. El simple camino de tierra húmeda que la había llevado hasta allí se esfumó. El laberinto natural en el que ella se había adentrado estaba cambiando de forma sin que ella se diera cuenta.

Abby se detuvo delante de una mujer. La clara luz que ella había visto desde su casa provenía de su cuerpo. Aquella extraña tenía el rostro suave y perfecto, como si su piel fuese de porcelana. Sus ojos eran grandes y cálidos. Su sonrisa, en una mueca, estaba perfectamente delineada con un brillante color rojo. Pero sus prendas eran oscuras como la misma noche. Abby se detuvo. La contempló con el ceño fruncido. De repente, aquella luz que la había mantenido tan segura y confiada se apagó. El bosque se sumió en una escalofriante penumbra. Las manos de Abby comenzaron a temblar cuando el rostro de aquella mujer se torció en una horrible mueca. La bruja estiró sus manos. Sus garras se aferraron a las ropas de Abby y comenzaron a jalar con fuerza. La agradable melodía desapareció. Abby comenzó a luchar, tirando su cuerpo hacia atrás e intentando soltarse de las manos de su atacante. Pero su cuerpo no respondía. Era como si aquella extraña estuviera absorbiendo su vitalidad, como si le estuviera quitando cada gramo de su energía y su juventud. Su vista se comenzó a nublar. Sus piernas apenas podían mantenerla de pie. Sus intentos por soltarse de aquella mujer eran cada vez más inútiles.




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