No era la primera vez que una carta aparecía colgada en aquel árbol. Desde que Akiko tenía memoria, cada noviembre una carta escrita con una perfecta caligrafía aparecía colgada en una de las delgadas ramas del arce. Las ramas eran delgadas y, aferradas a ellas, las hojas coloradas brillaban bajo la luz del sol. La carta estaba sujeta a una de las ramas más bajas, atada con una cuerda roja que había atado cuidadosamente para que el viento no se la llevara.
La primera vez que había encontrado aquella carta, Akiko había cumplido ocho años. En ese momento, su padre se encontraba fuera de su hogar en una guerra que llevaba varios meses. Su madre estaba demasiado triste, intentando mantener la pequeña granja a flote solo con su ayuda, mientras las semanas pasaban y no había noticias del frente de batalla. En esa pequeña carta, Akiko se encontró con un mensaje contundente: Tu padre regresará antes de la primera nevada. Todavía recordaba lo emocionada que se había sentido. Corrió al interior de su casa y comenzó a gritarle a su madre con entusiasmo. Aquella agotada mujer, sin terminar de entender qué estaba pasando, le pidió que se tranquilizara y le explicara la razón de tanta euforia. Fue entonces cuando Akiko extendió la nota y se la entregó a su madre. Pero a diferencia de ella, que podía leer claramente aquel mensaje, su madre frunció el ceño.
—Aquí no hay nada escrito, Akiko.
Su madre había bufado, le había devuelto el papel y se había marchado a la granja para continuar con su labor. La sonrisa de Akiko se había borrado; ella podía leer el papel con claridad. En ese momento, había creído que su madre simplemente estaba cansada y desesperanzada. Esa misma noche, durante la cena, Akiko había vuelto a intentar hablar con ella, pero esa vez su madre se había hartado y terminó arrojando la nota al fuego.
Las semanas siguientes habían sido tranquilas y hasta llegó a pensar que alguien le había hecho una broma de mal gusto. Sin embargo, unos días antes de la primera nevada, su padre regresó sano y salvo.
Desde ese momento, cada otoño, Akiko recibía extrañas notas amarradas al arce que había estado en la casa de su familia desde hacía cuatro décadas. Las notas siempre eran precisas y le enviaban información sobre cosas que a ella la preocupaban. Cuando tenía once años, su perro Shiba se había perdido en el bosque luego de escaparse para perseguir una liebre. Habían pasado varias semanas hasta que la nota apareció colgada en el árbol. Shiba aparecerá. Al día siguiente, Akiko se había levantado con los ladridos de su querido compañero. Ella se había saltado de su cama y se había echado a correr hacia el patio, manchando su kimono con el barro húmedo de la mañana. Se había aferrado a Shiba y no lo había dejado solo hasta su fallecimiento años después.
Pero no todas eran buenas noticias. A sus diecisiete años, Akiko había sido comprometida con un joven muchacho de su pueblo. Ella no estaba enamorada, al menos no al principio. Pero Koharu tenía algo encantador que ella no terminaba de deducir. Akiko había pasado varios meses intentando deducirlo; quizás era su amable sonrisa o su tímida mirada. Tal vez era la manera en que labraba el campo, segura y firme, o el cuidado con el que sembraba cada semilla. Antes de que ella se pudiera dar cuenta, Akiko había aceptado el compromiso y había comenzado a sentir simpatía por Koharu, cuyos esfuerzos por conquistarla habían dado frutos. Pero una mañana, Akiko recibió una carta devastadora. Ese matrimonio jamás se concretará. Esa misma tarde, Akiko recibió una espantosa noticia. Su prometido había tenido un accidente mientras labraba el campo; los bueyes que lo ayudaban a tirar del arado se habían espantado al divisar un zorro y lo habían embestido al intentar escapar. Koharu había fallecido en el instante y Akiko había vestido de luto incluso antes de concretar su matrimonio con él.
Los años pasaron y Akiko recibió una carta cada otoño. Aquel extraño mensajero predijo que conseguiría un nuevo pretendiente y, luego de su boda, le indicó el nacimiento de cada uno de sus hijos. Era como si los mismos dioses estuvieran comunicándose con ella a través de ese viejo acre, colocando una nota junto a las coloradas hojas del árbol. Pero ese año, la nota que recibió Akiko fue escalofriante.
Morirás cuando la última hoja de este árbol caiga. Akiko contempló a su alrededor, esperando encontrar al dueño de aquella carta. Todos esos años había pensado que los mismos dioses eran los encargados de aquellas señales, ya que cada una de las notas se volvían realidad tarde o temprano. Sin embargo, ahora que aquella carta predecía su muerte, Akiko quiso convencerse de que quizás todo aquello era una simple broma cargada de coincidencias. Comenzó a dar vueltas, esperando encontrar a alguien de su familia espiándola entre los arbustos, queriendo ver cómo reaccionaba. Pensó en su madre, la única que había estado allí cuando recibió la primera carta. Pero ella había perdido la vida años antes, consecuencia de una peste que enfermó a media aldea.
Akiko hizo un bollo con la nota y contempló el macizo árbol. Ese ejemplar llevaba décadas en el patio trasero de la casa de su familia y jamás lo había visto sin hojas. Llegó a pensar que quizás era una señal de que ella sería inmortal. Quizás los dioses le habían dado una señal, algo que le indicaba que ella sería la indicada.
Esa noche Akiko se fue a dormir con el corazón acelerado, sin poder quitar aquellas palabras de su mente. Hacía años que no se sentía tan ansiosa. Giró y giró en su cama sin poder conciliar el sueño y cuando finalmente lo consiguió, soñó con un descontrolado incendio que destrozaba su casa y reducía su querido árbol a meras cenizas.
Cuando despertó, su cuerpo estaba totalmente transpirado y su cabello se pegaba contra su pegajosa frente. Se apresuró a vestirse y comenzó a correr por los pasillos de su casa hasta casi tropezar con la falta de su kimono. Bajó los pequeños peldaños de madera y se acercó al gran acre. Esperaba encontrarse al mismo árbol que, año a año, sostenía sus pequeñas y brillantes hojas. Sin embargo, para horror de Akiko, la primera hoja ya se había desprendido de la rama y se encontraba apoyada cuidadosamente sobre la tierra. Ella cayó de rodillas, y con sus temblorosas manos aferró aquella delgada hoja mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.