Félix había vivido toda su vida en Berlín, pero siempre se había sentido atrapado, como si estuviera condenado a vivir allí por siempre. Él siempre había querido viajar a París, Londres, Roma, Nueva York, expandir sus fronteras. Pero la vida es caprichosa y no siempre nos da lo que queremos.
El nuevo milenio había cambiado su vida para siempre. Había sido ese Año Nuevo cuando, por fin, había tomado la decisión de estudiar una carrera en cine. Desde pequeño, Félix se había interesado en contar historias. Historias que dejaran una marca en los corazones de los espectadores, historias que hicieran pensar y replantearse la manera de ver el mundo.
Pero así como Félix solía expresarse a través del papel y las cámaras, no le iba tan bien en lo verbal. Le costaba mucho hacerse amigos. Era extremadamente tímido y cada vez que se encontraba delante de una persona que no conocía, le temblaban las manos y comenzaba a tartamudear. Era por eso que, los fines de semana, en lugar de salir de fiesta con el grupo de amigos de la universidad, Félix tomaba un libro y se dirigía al parque más cercano. Se sentaba siempre en el mismo banco y pasaba horas leyendo bajo el sol.
Poco a poco, los días se fueron volviendo más cortos. El parque tomó tonos dorados, anaranjados y marrones. Los caminos de tierra se llenaron de hojas secas que crujían bajo sus pies. El ambiente era algo melancólico; ya no había tanto movimiento en los parques; la gente solía refugiarse en cafeterías y bares. Las pocas personas que se animaban a deambular por allí en las tardes vestían abrigos largos y pesados para cubrirse del frío.
Félix había encontrado el mejor banco de todo el parque, o al menos, de eso se había convencido. Se ubicaba delante de una laguna interna, tranquila y repleta de patos que usaban las calmas aguas para relajarse. Cada tarde, luego de una interminable clase, Félix se dirigía al parque con un libro debajo de su brazo y se sentaba en aquel banco. Solía pasar horas sentado, leyendo y espiando a los animales o transeúntes por encima del libro. Estaba convencido de que en aquel mágico lugar encontraría la inspiración para crear la mejor película del siglo. Lo único que necesitaba era tiempo, para que su mente pudiera encontrar la trama correcta. Pero los meses pasaban y la mente de Félix no podía ponerse de acuerdo. A veces tenía una idea brillante, pero al día siguiente estaba convencido de que sería un completo fracaso; que no era lo suficientemente buena para llevarla a la pantalla grande. Por lo que en las últimas semanas, Félix se había dedicado a leer.
Una tarde, mientras estaba enfrascado en su lectura, un anciano se acercó con paso lento. Sus arrugadas manos sostenían un grueso bastón que lo ayudaba a balancearse hacia adelante. Félix alzó la mirada disimuladamente y vio al hombre tomar asiento torpemente a su lado. No era la primera vez que alguien se situaba junto a él, por lo que Félix le restó importancia y volvió a concentrarse en su libro. Pero de repente, la historia que estaba leyendo tomó un rumbo que no esperó.
Cuando nací un quince de octubre, jamás creí que mi vida estaría marcada por la desgracia y la soledad.
Félix se detuvo y volvió a leer aquella oración. No tenía nada que ver con la historia de fantasía que estaba leyendo. Regresó las páginas en busca del cambio; quizás había estado tan concentrado en su alrededor que no había prestado la suficiente atención. Pero las palabras que encontró a medida que releía eran completamente opuestas a las que llevaba días leyendo. Frunció el ceño y volvió a retomar la lectura.
Mi padre solía trabajar largas jornadas en una fábrica de acero y mi madre solía lavar a mano la ropa de otras mujeres cuyas labores industriales les impedían dedicarse a las tareas del hogar. Ambos generaban el suficiente dinero como para traer comida a la casa y alimentar a sus cuatro hijos. Nosotros, tres varones y una niña, pronto tuvimos diferentes responsabilidades que culminaron con nuestra infancia de manera temprana. Yo, el mayor de la familia, solía trabajar como aprendiz de un renombrado carpintero que había en los suburbios. Mi padre siempre decía que era el futuro de la familia, que estaba colocando todos sus sueños en mí para darle a la familia una mejor vida. Pero a pesar de sentir aquella horrible presión sobre mis hombros, desde niño supe que era el más afortunado de mis hermanos. Hans, el segundo hijo, fue condenado a trabajar en la misma fábrica que mi padre. Solía ausentarse por largas horas y regresaba cansado, sucio y hambriento. Mi hermana, Margot, tuvo que asumir todas las tareas de la casa. Se encargaba de limpiar, cocinar y asegurarse de que nuestro hogar estuviera en condiciones antes de nuestro regreso. Y además, tuvo la responsabilidad de cuidar del menor de la familia: Karl.
Nuestra vida no era la mejor; a veces estábamos obligados a comer lo mismo por semanas. Mi madre solía guardar la mejor porción para mi padre, por lo que nosotros solíamos recibir los restos en orden de edad. Pero, al menos, podíamos dedicar las tardes a jugar con nuestros vecinos. Y a pesar de las carencias que teníamos, éramos felices. Creímos que el mundo se mantendría así, tranquilo y estable. ¡Qué equivocados estábamos!
Félix se revolvió en su lugar y dio vuelta a la página con velocidad. Acercó el libro aún más a su rostro.
Fue en junio cuando todo comenzó a desmoronarse. El asesinato de un heredero que condenó a millones de familias. Cuando el conflicto explotó, yo tenía apenas catorce años y sabía que una guerra de ese tamaño no podría traer nada positivo. Vi marchar a mi padre y, desde el momento que lo vi alejarse, supe que no volvería. Mi madre también lo sabía, pero convenció a mis hermanos de mantener la esperanza. Y mientras mi padre era condenado al mismo infierno, mi madre, mis hermanos y yo trabajamos más que nunca para poder mantener en pie a la familia. Los periódicos de la época mostraban una realidad alterada. Mostraban a los soldados como héroes de la nación; ¡claro que lo eran! Pero la guerra no era una aventura emocionante. Muchos de mis amigos cayeron en aquellos cuentos, se enlistaron como reserva antes de tiempo. Pero yo sabía que aquellas estúpidas historias que inventaban para atraer a los jóvenes eran mentiras. Lo sabía porque mi padre me había escrito una carta. Una que me pidió que no se la enseñara a nadie, ni siquiera a mi madre o mis hermanos. Una carta que narraba las atrocidades a las que estaban expuestos aquellos pobres hombres que habían sido privados de su libertad y arrojados al mismo infierno. Y allí fue tan honesto y vulnerable que llegué a pensar que quien había escrito esa carta no era mi padre. A mis catorce años, me di cuenta de lo frágil que podía ser un adulto al tener miedo.