Cuentos de Otoño: Historias que caen como hojas

Hasta el Último de los Otoños

Cada vez que el otoño llegaba, el padre de Gabriel juntaba todas las hojas de su jardín y las apilaba cerca de la entrada de su casa. Esa era la época favorita de Gabriel porque, cuando la pila estaba lista, su padre lo dejaba saltar en ellas y jugar entre las cientos de hojas que él había recogido.

Ese otoño no fue diferente. Su padre terminó de juntar la pila de hojas mientras Gabriel contemplaba desde la ventana de su habitación, con la frente pegada al vidrio. Su aliento dejaba una estela que lo obligaba a cambiar de lugar cada pocos minutos. Pero Gabriel conocía perfectamente el ritual. Debía esperar que su padre terminara de limpiar el jardín y luego, cuando su padre hubiese apilado cada una de las hojas, lo llamaría y él bajaría corriendo por las escaleras. Su emoción no lo dejaba pensar con claridad.

Finalmente sucedió. Escuchó la gruesa voz de su padre y Gabriel despegó el rostro del vidrio y corrió escaleras abajo. Sin siquiera detenerse, saltó sobre la pila de hojas y se zambulló en ella. Gabriel adoraba las ásperas caricias sobre su piel, las cosquillas en su rostro y el refrescante aroma de la humedad de la tierra. Solía hundirse en la pila hasta sentir el suelo bajo sus pies e impulsarse hacia arriba mientras su padre reía. Pero esa vez fue diferente.

Gabriel comenzó a bucear entre las hojas. Los colores rojizos, dorados, anaranjados y amarronados se apoderaron de su alrededor. Sus cortos brazos comenzaron a sacudirse mientras buscaba la salida. Pero, por más que se moviera, no podía salir.

Fue entonces cuando se vio a sí mismo, caminando de la mano de su padre mientras se dirigían al cine para ver el estreno de una película que ambos habían estado esperando con ansias. Se vio junto a su madre, caminando en el supermercado mientras él se estiraba para tomar una caja de cereales que estaba en uno de los estantes más altos. Su cuerpo había cambiado; ya no era el pequeño de antes. Sus cabellos habían crecido y sus piernas se habían estirado. Se vio caminando al colegio, solo, porque ya era lo suficientemente grande como para no depender de sus padres. Su cuerpo había vuelto a cambiar. Ya no necesitaba una mochila con ruedas, sino que la cargaba en sus hombros como solía ver a chicos mayores. Se vio hablando con sus amigos, riéndose a carcajadas de un chiste que no llegaba a entender, y luego ruborizándose cuando pasaba al lado de una muchachita que iba a su mismo instituto.

Fue testigo de cómo finalizaba el instituto y celebraba junto a su familia y amigos, y de cómo abandonaba la casa para ir a la universidad. Escuchó a su madre llorar y vio cómo sus padres se alejaban con ese aire de orgullo y nostalgia. Y también se vio hacer nuevos amigos, llorar de frustración ante los exámenes y enamorarse de una compañera a la que conoció en una clase. Se vio convirtiéndose en un profesional mientras sus padres, familia, amigos y aquella chica lo vitoreaban desde las gradas. Presenció su primer trabajo, lo nervioso que estaba los primeros días y también cómo compró el anillo en una joyería cerca del departamento que rentaba. Escuchó los llantos de su novia cuando le propuso matrimonio y la emoción en su voz cuando comenzaron a planear la boda. La celebración fue tan grande que se sorprendió de ver tantas personas en un mismo lugar: amigos del instituto, de la universidad, compañeros del trabajo, su familia. El vestido blanco de aquella chica era tan hermoso que lo hizo llorar junto al altar.

Vio cómo descubrían que ella estaba embarazada y cómo se lo contaron a cada uno de sus familiares. Los festejos fueron abrumadores, con pilas de regalos y gente gritando y celebrando. Y también estuvo allí cuando la pequeña llegó a ese mundo, cuando su tranquila vida dio un vuelco y dejaron de ser dos para ser tres.

Presenció los primeros pasos de esa niña y cómo él armaba la misma pila de hojas que su padre solía hacer para que ella saltara y jugara. Le enseñó a hablar, le enseñó a jugar. La ayudó con las tareas de la escuela y pronto volvió a asistir a una graduación. Esta vez fue él quien tuvo que despedirse, con el corazón roto, pero sabiendo que su pequeña estaba cumpliendo su sueño.

Su cabello se fue tiñendo de gris. Su piel se fue arrugando.

Pronto, asistió a la boda de su pequeña. Ella lucía reluciente, con un vestido repleto de perlas que la convertían en una princesa. Y al tiempo, llegó un nuevo integrante a la familia. Se vio a sí mismo sostener a su nieto mientras lágrimas de felicidad caían por sus mejillas.

Su cuerpo se fue deteriorando, pero no perdió el tiempo. Esta vez, le enseñó a su nieto a caminar, a hablar, a jugar. Volvió a hacer la pila de hojas cada otoño y se dejó caer en ellas junto al pequeño, mientras oía sus gritos y carcajadas.

Y una tarde, luego de un día entero de jugar, se fue a dormir. Sus huesos le dolían y estaba cansado, pero tenía una sonrisa dibujada en los labios. Gabriel cerró los ojos.

Sintió que alguien lo tomaba del brazo y lo jalaba fuera de la pila de hojas. Alzó la mirada y contempló a su padre. Tenía una sonrisa en los labios. Gabriel se aferró a su cuello y apoyó la cabeza en su hombro.

Contempló la pila de hojas mientras su padre lo llevaba al interior de su casa y se prometió a sí mismo que cada otoño haría la pila de hojas, hasta el último de sus días.




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