Cuentos de Otoño: Historias que caen como hojas

El Espantapájaros

Mateo había regresado al campo hacía pocos días después de varios meses en la gran ciudad. Su abuela había fallecido recientemente y su abuelo había quedado solo luego de más de cincuenta años de compartir su casa con su esposa. Cuando Mateo recibió la llamada de su madre, tomó la decisión de dejar sus estudios y regresar para estar con él.

Su abuelo, Héctor, había vivido toda su vida en un pequeño pueblo de la provincia de La Pampa. Las calles estaban rodeadas de pequeñas casas. El colegio comunal se encontraba a veinte kilómetros y los niños eran llevados y traídos por un grupo de padres voluntarios que recogían a los pequeños con sus mochilas y los transportaban en camionetas. Apenas había dos almacenes operados por las mismas familias desde hacía setenta años, donde se vendían todo tipo de productos básicos para el hogar. Si los pueblerinos necesitaban visitar un hospital, debían realizar varios kilómetros en coche; en el pueblo solo vivía un médico jubilado que apenas tenía las herramientas necesarias para atender emergencias simples.

Mateo recordaba gran parte de su infancia allí, cuando sus padres lo llevaban a visitar a sus abuelos y él pasaba largas tardes ayudando en el campo. Él adoraba los animales y su abuela le había enseñado cómo recoger huevos de gallina, cómo ordeñar una vaca o esquilar a las ovejas. Pero a pesar de tener recuerdos memorables en aquellas tierras, Mateo siempre había tenido miedo del espantoso espantapájaros que había en el huerto de maíz. Un hombre hecho de paja y telas viejas que descansaba en un desgastado palo de madera mientras el viento agitaba sus prendas y el sol abrazaba su frágil cuerpo. De día, el espantapájaros custodiaba las plantaciones de los depredadores. De noche, su figura se volvía aterradora bajo la luz lunar; con sus ojos rasgados y sus harapos meneándose con la brisa. Mateo recordaba sentirse observado, como si alguien dentro de aquel disfraz estuviera contemplando cada movimiento. Había algo en ese espantapájaros que no le gustaba, causándole incluso pesadillas cuando era pequeño.

Esa fresca tarde de otoño, Mateo estaba sentado en el salón de la casa de su abuelo. Él estaba muy contento de tenerlo allí; no dejaba de hacerle preguntas sobre la ciudad, sobre la carrera universitaria, sobre cada detalle que Mateo decía. Pero podía ver en su rostro la tristeza reflejada en su mirada y el cansancio en el contorno de sus ojos.

Cuando la noche cayó sobre aquellas tierras, Mateo preparó una cena caliente y agasajó a su abuelo con la intención de levantarle el ánimo. Al sentarse alrededor de la mesa, su abuelo comenzó a contarle historias de cuando él era niño o cuando su padre era un adolescente travieso. Las carcajadas inundaron el salón y, por unos minutos, él se sintió como un niño pequeño de nuevo. Pero cuando el postre llegó, su abuelo dijo algo que le erizó la piel.

—Tu padre siempre odió este lugar. —Suspiró Héctor con tristeza. —Siempre le aterraron las plantaciones de maíz.

Mateo dejó la cuchara sobre el plato y lo contempló con el rostro serio. Sentía un ligero hormigueo en la espalda.

—¿Te dijo alguna vez la razón? —preguntó sin poder disimular el interés.

Su abuelo lo contempló por encima del marco de sus anteojos. Parecía sorprendido, como si no se esperara aquella pregunta.

—Una vez, cuando era un niño, dijo que le daba miedo el espantapájaros que custodia las plantaciones de las aves.

Mateo respiró profunda e instintivamente se volteó hacia la ventana que daba a los enormes campos amarillos. La oscuridad era absoluta, pero Mateo sabía perfectamente dónde se encontraba el espantapájaros y podía sentir aquella vacía mirada entre la niebla. Él intentó hacerle alguna otra pregunta, pero su abuelo se limitó a decir que eran cosas de niños y comenzó a juntar los platos.

Esa noche Mateo no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, podía ver el rostro de aquel espantapájaros, como si a pesar de tener ojos ahuecados pudiera seguirlo con la mirada. Pero había algo en esas tierras, en esos kilómetros y kilómetros de extensión de plantaciones. Algo que Mateo no podía explicar. Y a pesar de tener la garganta seca, no se atrevió a ir a la cocina.

Cuando amaneció, Mateo decidió ayudar a su abuelo a alimentar a las gallinas. Pero durante todo el día, no pudo quitar la mirada de los inmensos pastizales de trigo. La cabeza del espantapájaros sobresalía entre el mar dorado de espigas. Su abuelo, quien notó que estaba un poco distraído, se acercó a él con una regadera repleta de agua y dijo:

—No tengas miedo, Mateo, el espantapájaros es bueno.

Él dejó caer el balde repleto de semillas y las gallinas se amontonaron alrededor de él, desesperadas por comer. Su abuelo se arrimó aún más y, en un murmullo, agregó:

—Está protegiendo estas tierras.

—¿Protegiendo? ¿De qué?

Pero su abuelo se volteó en dirección a las macetas y comenzó a regarlas con dulzura mientras silbaba una melodía que Mateo no conocía. Un extraño escalofrío le erizó la espalda.

Mateo decidió no realizar más preguntas. Toda aquella situación lo perturbaba. Su abuelo apenas le hablaba; a su padre también lo había aterrorizado ese espantapájaros, lo que volvía toda aquella situación aún más extraña. Pero a pesar de que había momentos donde quería regresar a la ciudad y abandonar aquellas tierras, decidió quedarse por su abuelo. Era simple, solamente tenía que evitar los grandes pastizales e ignorar la incómoda mirada del espantapájaros.

Esa noche, mientras Mateo dormía en el pequeño y frío cuarto, comenzó a escuchar a un perro ladrar. Sabía que su abuelo y otros vecinos tenían perros para custodiar las tierras de extraños o animales salvajes que querían atacar el ganado. Pero esta vez se oía diferente; aquellos aullidos desgarraban el ambiente en el silencio de la noche. Mateo se intentó hacer un ovillo debajo de sus mantas. Pero aquellos alaridos eran insoportables. Esperó varios minutos, mientras le rogaba a Dios que los bramidos cesaran, hasta que no lo toleró más y se puso de pie.




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