Cada otoño, la familia de Suki participaba en un festival en la pintoresca aldea donde vivían. Aquella velada se celebraba cuando el sol comenzaba a caer y las aguas del río que atravesaban la superficie rocosa se teñían de dorado. Los pueblerinos se congregaban en las inmediaciones del río, se posaban sobre muelles y calles de tierra; algunos embarcaban en sus esbeltas góndolas de madera. Allí, la comunidad entera esperaba a que la oscuridad se apoderara de los últimos rincones del pueblo para encender cientos de farolillos y verlos elevarse hacia el cielo. Se decía que había que pedir un deseo, uno que se anhelara tanto que los dioses estarían dispuestos a cumplirlo. Pero a pesar de que cada año se alzaban decenas de faroles, los sueños cumplidos eran pocos. Su abuela solía decir que los dioses eran generosos, pero también exigentes; analizaban cada deseo y decidían si estaban dispuestos a cumplirlo. Aun así, desde hacía años, generaciones de pueblerinos se congregaban para elevar sus faroles a los pies del río. Días antes, ancianos y niños trabajaban en sus globos de papel. La tradición decía que aquellas luces debían ser hechas con las hojas secas que los árboles soltaban al comenzar el otoño. Por eso, semanas antes, familias enteras se congregaban en los bosques para juntar hojas naranjas, rojas, marrones y amarillas.
Suki había crecido con su abuela enseñándole cómo armar los faroles, con su abuelo contándole historias sobre los milagros que habían surgido en el pueblo. Y año tras año, Suki había acompañado a su familia en cada uno de esos eventos.
Pero esa vez era diferente. Unos años atrás, Suki había conocido a un muchacho, un joven apuesto y amable que había sabido conquistar no solo a ella, sino también a su familia. Ren era el candidato que cualquier chica quería como futuro esposo; se esforzaba para hacerla feliz, para encajar en su dinámica familiar. De hecho, fueron sus padres los que comenzaron a llamarlo hijo y tratarlo como si hubiese estado en sus vidas desde siempre. Ren comenzó a ser invitado a comidas y eventos. Era presentado como el futuro esposo, como el hombre que comenzaría con un nuevo linaje de su familia, como alguien del que todos deberían estar orgullosos.
Quizás fue por esa razón que Suki comenzó a sentirse excluida. Ren dejó de ser el futuro esposo para convertirse en el hijo de sus padres; ellos ya no pensaban en el bienestar de su hija, sino que luchaban por ganarse la simpatía de su futuro yerno a como de lugar. Primero fueron sus padres, quienes vieron en Ren la oportunidad de ganar prestigio y poder; luego sus abuelos, quienes vieron en él la manera de traer honor a su familia. Sus tíos y primos también vieron en Ren una chance de escalar socialmente. Y Suki quedó relegada a ser el nexo conductor entre ellos y su prometido. No importaba si ella conseguía un nuevo trabajo o si lograba alcanzar una meta con esfuerzo y valor. Ya no importaba su voz, ni sus opiniones. Y pronto, Suki se fue apagando lentamente. Pasó de ser una joven llena de vida a convertirse en una flor marchita. De esas que se ignoran en primavera y se arrancan en otoño.
Esa mañana Suki salió a caminar por el bosque con una pequeña canasta en brazos. Todavía recordaba el último otoño, cuando había salido junto a sus sobrinos a recoger hojas antes del festival. Ese año, había descubierto que su familia había visitado el bosque días antes, sin siquiera invitarla. Pero Suki no iba a perder la esperanza; después de todo, confiaba en el mito de los deseos y estaba dispuesta a hacer todo lo posible para que los dioses cumplieran el suyo: recuperar a su familia. Suki pasó horas buscando y seleccionando las hojas en mejores condiciones, algunas coloradas y con formas cortantes, otras amarillas y redondeadas. Su abuela le había enseñado a recogerlas cuidadosamente. Las hojas grises eran clave para la base del farol; eran la estabilidad del deseo. Las hojas redondas se utilizaban para las paredes, allí donde el fuego ilumina. Las alargadas, usualmente verdes y marrones, eran ideales para los bordes, necesarias para amarrar la estructura. Las hojas con bordes filosos servían para decorar la farola; su abuela solía decir que una buena distinción podía ayudar a los dioses a notarla más fácil y eso incrementaba las chances de que cumplieran su deseo.
Suki regresó a su casa con la canasta repleta de hojas. Al ingresar, escuchó a sus padres hablando con Ren en el salón principal. Posiblemente le estaban sirviendo té y galletas caseras con el objetivo de agasajarlo. En lugar de ir con ellos, Suki se dirigió a su pequeña habitación, la cual se encontraba en el extremo más alejado de la vivienda. Necesitaba terminar con su farol antes de que la noche abrazara esas tierras.
Pero Suki sabía que no debía apurarse. Sus abuelos siempre le decían que realizar los faroles apresuradamente podía causar que el farol nunca tomara vuelo o, peor, que se incendiara a los pocos minutos. Es por eso que Suki utilizaba la técnica ancestral que sus abuelos le habían enseñado: la clave era utilizar una aguja muy fina y un hilo tan delgado que casi parecía transparente. Debajo de su cama, Suki tenía una pequeña caja de madera esmaltada donde guardaba aquellos utensilios.
Suki se sentó junto a su cama y comenzó a coser las hojas con una delicadeza magistral. La aguja penetraba las gruesas hojas con suavidad y guiaba al hilo hasta el siguiente agujero. Lentamente, el farol comenzó a tomar forma. Mientras Suki escuchaba las voces de sus padres y prometido reír a carcajadas, ella se encogió en su habitación y continuó con su labor.
Cuando terminó su farol, se dio cuenta de que la casa estaba silenciosa. Se puso de pie y abandonó su habitación. Las luces habían sido apagadas y tanto sus padres como su prometido habían abandonado el hogar. Aliviada, ingresó en la cocina y buscó en los cajones una pequeña mecha de cera que su madre compraba exclusivamente para los faroles del festival. Utilizó un poco de aceite como combustible y se guardó una cerilla en su bolsillo para encenderla una vez se encontrara en el centro del pueblo.