Freik vivía en una de las tantas casitas que salpicaban las ramas de un árbol colosal. La leyenda decía que su milenaria aldea había sido creada por individuos que se habían cansado de vivir en las vastas ciudades y habían adoptado los bosques como sus hogares. Antes de que el caos arrasara con aquella comunidad, sus ancestros habían decidido aislarse. El árbol creció muy rápido y, en agradecimiento por el cuidado que hombres y mujeres le habían dado, creó una corteza alrededor de la aldea para proteger a sus pobladores. Se tomó la decisión de no abandonar el árbol jamás para preservar la tranquilidad de la comunidad y, pronto, ella creció y se adaptó a convivir entre ramas y hojas, comiendo lo que la naturaleza les daba y adoptando un estilo de vida austero y sustentable.
Pero a pesar de que llevaban años viviendo tranquilos, pronto comenzaron a haber rumores sobre el exterior. No estaba prohibido hablar del afuera, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta. Freik había escuchado esos relatos. Historias donde las personas vivían en bloques de piedra oscura y opaca; donde hombres y mujeres montaban arriba de animales de cuatro patas que eran utilizados como transporte o para acarrear objetos pesados; donde los ríos estaban atravesados por puentes de piedra y las casas se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Pero también había otro tipo de historias, unas donde plasmaba a aquellas personas como seres malditos que estaban dispuestos a matar para conseguir comida, oro y tierras. Freik había escuchado ambas versiones y, curiosamente, ambas le parecían fascinantes.
Freik había fantaseado más de una vez con salir y recorrer aquellas tierras, conocer los pueblos construidos sobre largas praderas. Se imaginaba a los hombres alimentando animales colosales como nunca había visto, criaturas de pelajes suaves y pezuñas que hacían temblar la tierra. A las mujeres cultivando verduras en hileras perfectas, bajo un sol que bañaba interminables extensiones de tierra fértil. Y a los niños corriendo de un lado a otro, persiguiéndose entre callejones y plazas repletas de vida. Todas cosas que él jamás podría hacer mientras estuviera en el árbol.
Había habido pocas personas que se habían atrevido a abandonar aquel majestuoso árbol en busca de nuevas aventuras, pero nadie había regresado. Freik estaba convencido de que lo que habían visto fuera los había cautivado tanto que habían decidido quedarse allí y comenzar una nueva vida. Y él, que anhelaba conocer aquel mundo, no podía dejar de imaginarse cómo sería vivir en tierra firme.
Cada noche, trepaba rama tras rama para ascender hacia la copa. Asomaba su rostro por encima de las hojas y contemplaba hacia el horizonte en busca de alguna señal. A veces, la luna iluminaba el bosque con una nitidez sorprendente. Pero cuando la oscuridad era absoluta, Freik podía ver el brillo que emanaban las luces del pueblo; y era entonces cuando sentía un estimulante cosquilleo en su espalda. Sin embargo, a pesar de su entusiasmo, todas las noches Freik terminaba regresando a su hogar en una de las antiguas ramas del árbol.
Aun así, Freik siguió regresando a la copa del árbol. Y fue una tarde de otoño, cuando pisó una de las delgadas ramas de la cima, que varias hojas oscuras cayeron y el horizonte se abrió ante sus ojos. Fue entonces cuando los vio. Un grupo de jóvenes que descansaba sobre una pequeña manta estirada apoyada en el suave césped. Dos chicos corrían de un lado a otro, persiguiendo una pelota hecha de cuero; mientras que dos muchachas murmuraban algo entre ellas. A su lado había una gran canasta repleta de frutas y otros alimentos que él no conocía.
Los observó hasta que el sol cayó en el horizonte y las estrellas inundaron los cielos. Fue entonces cuando los jóvenes juntaron sus pertenencias y regresaron al pueblo. Freik los vio alejarse mientras un nudo se formaba en su garganta. Estiró su brazo, como si pudiera tocarlos, y cerró la mano en un puño.
Esa noche, cuando Freik regresó a su casa, comenzó a planear su visita al pueblo. Tomó una de las grandes hojas anaranjadas que el árbol había desprendido y, con un palillo, comenzó a trazar su plan.
Al día siguiente, esperó a que cada uno de los pobladores comenzara con su rutina: los leñadores cruzaron a las ramas vecinas para obtener madera; los cultivadores comenzaron su búsqueda de frutos y los conservadores recorrieron el árbol para reparar grietas, limpiar el musgo dañino y velar por su salud. Freik aprovechó el grupo de hombres que bajó a las raíces para escabullirse y comenzar a correr en dirección al prado.
Sus piernas eran fuertes; había vivido toda su vida escalando árbol arriba, pero la sensación de correr en línea recta, esquivando raíces y piedras, inundó su pecho con una extraña palpitación. Había soñado tantas veces con tocar el césped y sentir la caricia de las flores en sus tobillos, que las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
Cuando Freik llegó a la pradera, se dejó caer sobre el césped. Su cuerpo rodó sobre la húmeda hierba mientras la tierra ensuciaba sus ropas. Su cuerpo se detuvo. Freik contempló el cielo con los brazos estirados, sintiendo el roce del césped en su piel. Cuando el sol penetró su ropa y acarició su cuerpo, su carne se erizó. Había soñado tantas veces con ese día que, por un momento, creyó que se estaba durmiendo otra vez.
Escuchó las voces, las risas y los gritos, y se incorporó. El grupo de jóvenes caminaba por la pradera con entusiasmo. Una de las muchachas sostenía la gran canasta en brazos. Colocaron la manta sobre el césped y se sentaron sobre ella con una postura relajada.
Freik se puso de pie, intentó controlar el temblequeo de sus piernas e ignoró las fuertes palpitaciones de su corazón. Tímidamente, se acercó a ellos en silencio. Sus manos escondidas detrás de su cuerpo. Era la primera vez que veía a aquellas personas desde cerca. Eran mucho más grandes de lo que parecía desde la copa del árbol, con extremidades más largas y cuerpos más robustos. Ninguno de los jóvenes pareció darse cuenta de su presencia, puesto que estaban enfrascados en su divertida conversación. Pero una de las chicas, quien estaba de frente a Freik, alzó la mirada y apretó los labios con fuerza. Su rostro cambió completamente, su piel palideció y sus manos se posaron en su corazón. Rápidamente, todos se giraron en dirección a Freik. Él alzó la mano y les regaló una amistosa sonrisa, intentando no forzar mucho su mueca.