Cuentos de terror para estudiantes estresados {1}

2: Si quieres aventuras, lánzate a la lectura.

—Llamar a mi mamá fue una jugada muy sucia. Resoplé, cruzándome de brazos mientras caminábamos por el solitario campus, iluminado únicamente por un par de lámparas aquí y allá —Incluso para ti.—

—No es mi culpa ser su favorito.— Raphael tuvo el descaro de burlarse, con una sonrisa tan molesta que por un momento quise golpearlo. Me frené solo porque era más alto que yo y nunca se quedaba sin devolver el más mínimo golpe con creces, mientras yo, como autoproclamado pacifista, prefería evitar las confrontaciones, especialmente mientras él tenía los dedos llenos de anillos de plata.

—¿Tenías qué atarme los zapatos?— Le reproché, esperando que ahora fuera él quien se cayera de cara en el empedrado, a ver si seguía sonriendo con un diente menos.

Ya nos habíamos alejado bastante de los dormitorios por seguir aquel tramo que según Raphael nos llevaría directamente a la biblioteca, con árboles que se alzaban a cada lado del camino con ramas cuales garras extendidas y unas pocas lámparas que hacían poco y nada por iluminar dicho paisaje.

El silencio predominaba fuera de nuestras voces de una forma que me resultó más que extraña, como si hasta el zumbido de los insectos hubiera sido muteado de un momento a otro, aunque rápidamente descarté aquel inquietante sentimiento bajo la premisa de que solo estaba siendo paranoico, después de todo el campus era seguro.

Caminamos unos minutos más, hasta que la silueta de la biblioteca empezó a vislumbrarse a lo lejos, una estructura imponente y antigua que se alzaba como un monolito entre los árboles. Sus ventanas oscuras parecían ojos que nos observaban, y su entrada, una boca que aguardaba para engullirnos, con la estatua de un taino estratégicamente colocada como si fuera un guardia de seguridad junto a las puertas.

—Allí está.— Dijo Raphael, señalando con la barbilla. —Biblioteca Ramón Pané.—

Aquel nombre me sonaba vagamente familiar, pero por más que intenté recordar de donde lo había oído antes no podía hacerlo, como si lo tuviera en la punta de la lengua y de allí no pasara.

La construcción era un edificio antiguo, de ladrillos oscuros y enredaderas que trepaban por las paredes, dándole un aire a iglesia gótica. Las fotos no le hacían justicia, resultaba mucho más imponente de cerca.

—¿Ves? Te lo dije. Sigue abierta.— Se regodeó Raphael con una sonrisa triunfante mientras empujaba la puerta, que se abrió con un rechinido escalofriante.

—Cállate.— Susurré, siguiéndole dentro a paso silencioso, por alguna razón mi instinto me instaba a no hacer ruido, ya había estado en bibliotecas antes pero aquella era una sensación completamente diferente, hasta se me erizaban los pelos de los brazos.

El interior de la biblioteca era aún más imponente, con altos estantes llenos de libros que se extendían hasta el techo. Una luz suave provenía de varias lámparas distribuidas estratégicamente, creando un ambiente acogedor o inquietante dependiendo de cómo lo vieras.

Nos dirigimos al mostrador, donde una bibliotecaria de pelo corto nos recibió con una sonrisa cansada pero amable.

—¿Buscan algo en particular, chicos?— Preguntó, ajustando ligeramente su posición en la silla donde luego noté que sus pies no tocaban el suelo.

—Sí, estamos buscando algunos libros para nuestras clases. Yo necesito el de Historia Colonial I y mi amigo aquí necesita el Atlas de Anatomía.— Respondió Raphael con una confianza que no dejaba de sorprenderme mientras le exhibía una sonrisa de dientes casi perfectamente alineados.

Supongo que años de ortodoncia actualmente le sirvieron para algo.

La bibliotecaria asintió y comenzó a buscar en su computadora. —Déjenme ver... sí. Tenemos ambos libros disponibles. Lastimosamente estoy por cerrar así que no los puedo dejar quedarse, pero si me pasan sus tarjetas estudiantiles podrán llevarlos prestados, Están en la... Sección cuatro y sección nueve.—

—Tome.— Saqué mi tarjeta después de que Raphael lo hiciera, agradeciendo al mismo tiempo pero en un murmullo; disimuladamente tapando mi foto con el pulgar, había sido tomada una semana después de los exámenes de ingreso y ciertamente no era una de mis mejores.

Avanzamos por los pasillos de la biblioteca, cruzando por varias secciones hasta separarnos en cuanto él encontró su sección, mientras yo tuve que seguir avanzando hasta llegar a los últimos estantes al fondo, donde solo algunas lámparas continuaban encendidas, parpadeando como si fueran a apagarse en cualquier momento.

¿Cuándo había oscurecido?

El único ruido cercano eran los latidos de mi propio corazón mientras torpemente sacaba mi teléfono, empezando a alumbrar los estantes para dar con el título que buscaba.



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En el texto hay: suspenso, amistad, univesidad

Editado: 13.03.2026

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