Leí los títulos de fila en fila, siendo todos libros relacionados con medicina, y finalmente en la tercera pude encontrar los libros de anatomía, pero cuando estaba por tomar el Atlas todo se oscureció, haciéndome pausar, antes de sacar la cabeza al pasillo principal, viendo que todas las lámparas estaban apagadas excepto las de la entrada, lamentablemente a esa distancia era imposible ver si Raphael o la bibliotecaria seguían allí.
Pensé para mí mismo que no se habrían olvidado de mí, así que atribuí la oscuridad a un apagón y me apresuré en tomar el libro. Algo me impulsó a mirar en el espacio entre el estante y los libros a la última sección, donde noté una sombra, iluminada levemente por la luz de mi teléfono. —Raph, ¿Encontraste tu libro?— Pregunté en voz baja, confiando en que éramos los únicos dos estudiantes allí.
Fruncí el ceño ante el silencio que le siguió a mis palabras, la sombra no se movió en lo absoluto, al principio pensé que quizás no me habría escuchado pero aquello era virtualmente imposible con mi voz siendo el único ruido allí.
Sosteniendo el libro bajo un brazo y alumbrando con el otro, salí al pasillo principal, acercándome sin pensar a quien creía era Raphael distraído, como tantas veces había pasado antes.
Solo allí empezó a moverse, avanzando lentamente hasta salir del otro lado del pasillo, y tarde me di cuenta de lo extraño de sus movimientos, como si estuviera teniendo un tic, cuando lo tuve de frente al final de la sección nueve tragué en seco, alzando la linterna de mi teléfono para iluminar sus facciones, pero cuando esta llegó a sus pies la batería murió, sumiéndonos en la oscuridad.
Al revés.
Sus pies estaban al revés.
Es curioso como antes pensaba que solo habían dos respuestas primarias ante el peligro; Pelear o congelarse.
Sin embargo, hoy descubrí la tercera respuesta en cuanto los ojos de la sombra se acercaron, iluminándose como dos faroles amarillos en la oscuridad, tan profundos y amenazantes que me hubieran dejado petrificado de no ser porque todo el miedo pareció irse a mis piernas temblorosas.
Corrí, corrí como si estuviera compensando todas las veces que no lo hice en clase de educación física a lo largo de mi vida. Mi respiración se convirtió en un jadeo desesperado mientras sentía el peso de la oscuridad persiguiéndome. Los estantes de libros pasaban a mi lado como sombras desdibujadas, y el latido de mi corazón resonaba en mis oídos.
Finalmente, llegué a la entrada de la biblioteca, donde las luces se me hacían mucho más brillantes. Me detuve, apoyando las manos en las rodillas y tratando de recuperar el aliento frente al escritorio de la bibliotecaria. Fue un milagro que no se me hubiera caído el libro o el teléfono, porque de lo contrario probablemente no habría vuelto a verlos, volver a ese pasillo estaba más que descartado.
Raphael apareció en mi campo visual, su expresión de preocupación evidente incluso en la penumbra, de reojo noté que llevaba nuestras tarjetas en la mano, aparentemente después de completar el préstamo por ambos.
—¿Qué pasó? Jamás te había visto correr tan rápido.— Cuestionó, y de inmediato sentí su mano en mi espalda.
—Vi... Había... algo... Estaba... Allí atrás... Y...— Logré decir entre jadeos mientras volteaba a verlo solo para descubrir que estaba inclinado a mi nivel. Señalé hacia la sección donde había visto la sombra.
Raphael frunció el ceño y miró en la dirección que indicaba. Sin embargo, no parecía compartir mi miedo. En lugar de eso, sus ojos parecieron iluminarse con curiosidad.
—Vamos a ver si sigue allí.— Propuso, y antes de que pudiera detenerlo, comenzó a caminar hacia la oscuridad.
—¡¿Qué?! NO!— Intenté agarrarlo, evitar su avance, pero Raphael no se detuvo.
Tomé una bocanada de aire, y muy contra mi mejor criterio, lo seguí sabiendo que era una terrible idea, aunque a una distancia extremadamente prudente. Al llegar a la sección nueve, Raphael encendió la linterna de su teléfono, iluminando el espacio vacío. No había rastro de la sombra, ni de los ojos rojos. Solo estantes llenos de libros y el silencio opresivo de la biblioteca.
—No hay nada.— Anunció Raphael, teniendo la audacia de sonar decepcionado antes de volverse hacia mí. —Debió ser tu imaginación jugándote una mala pasada por todas las historias de terror que te cuento. Vamos, que la señora nos está esperando para cerrar.—
Pero yo sabía lo que había visto. Y aunque Raphael intentaba calmarme, no podía sacudirme la sensación de que en cuanto doblara una esquina aquel ser oscuro volvería a saltarme encima.
—Bien...— Me resigné a decir, guardando el teléfono en mi bolsillo y pasando a sostener el Atlas de anatomía con las dos manos como si fuera un arma mientras miraba de reojo a todos lados. Juntos regresamos a la entrada, donde la bibliotecaria nos esperaba con una sonrisa amable y las llaves en la mano.
—¿Encontraron lo que buscaban?— Preguntó ella en tono cortés.
Asentimos en silencio y luego de despedirnos por fin salimos de allí. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, sentí que podía respirar un poco más libremente, pero la inquietud no desapareció del todo.
—¿Exactamente qué fue lo que viste?— Dijo Raphael, ni siquiera tratando de disimular su emoción mientras caminábamos de regreso a los dormitorios.
Si las miradas mataran ese idiota ya sería un combustible fósil.
—Antes que me empieces a bombardear con preguntas, ¿podemos dejarlo para mañana? Solo... quiero descansar un poco.— Le paré el coche, sabiendo que esa noche me sería difícil conciliar el sueño de todas formas, me consolé pensando que al menos no llegaría tarde a mi clase de la mañana.
A medida que caminabamos, no pude evitar mirar hacia atrás, casi esperando ver aquellos ojos acechando en la oscuridad. Pero todo estaba tranquilo, la biblioteca se alzaba como un monumento solitario bajo la luz de la luna, cada vez más lejana.