Primero nos dirigimos al dormitorio femenino, haciendo parada para acompañar a Marlene antes de llegar al nuestro. Al entrar a la habitación, me dejé caer directamente sobre la litera inferior, sintiendo la adrenalina descender, solo para ser reemplazada con un cansancio extremo.
Raphael se sentó frente a su escritorio, abriendo el libro de historia que colocó en su regazo mientras subía los pies descalzos a la mesa, un habito que ya estaba cansado de tratar de corregirle, asi que esta vez no comenté nada al respecto, ya resignado.
—... No somos superhéroes, lo sabes, verdad?— Pregunté después de un rato en silencio, mirándolo desde mi cama. —Tampoco inmortales, actualmente podríamos morir si una de esas cosas decide que estamos en su camino, necesito que tengas eso muy en mente.—
—Pero tenemos que hacerlo. No es solo por nosotros, piensa en todas las personas que pueden estar en peligro aquí.... No podemos ignorar esto, y dudo que contárselo a las autoridades sea una opción, a menos que quieras terminar vestido de blanco en un cuarto sin ventanas.— Raphael volteó a verme con el libro en su regazo y la expresión más seria que le había visto poner alguna vez.
Al girarme boca arriba, suspiré mientras observaba el techo de la litera, sabiendo que muy a mi pesar él tenía razón.
Cerré los ojos, tratando de calmar mi mente, pero las imágenes de la biblioteca seguían acechándome. Finalmente, solo alcancé a quitarme los zapatos antes que el agotamiento me venciera, caí en un sueño inquieto, lleno de sombras y susurros.
Al día siguiente, nos reunimos en la cafetería a la hora del desayuno para discutir nuestro plan. Marlene llegó con ojeras, evidencia de una noche sin descanso, al igual que nosotros.
—Hablé con algunos estudiantes esta mañana.— Dijo ella, sentándose con su bandeja como si nos conociera de toda la vida, supongo que la camaradería era uno de los efectos positivos de tener una experiencia cercana a la muerte en conjunto. —Piensan que es medio excéntrica pero a todos les da igual porque pasaron la materia con buenas notas, solo me advirtieron que es intensa, más cuando comienza la temporada de exámenes.—
—Entonces solo va a empeorar.— Dijo Gabriel, frotándose la sien. —Necesitamos una estrategia. Primero, debemos reunir toda la información posible sobre Harold y su investigación. Después ya veremos.—
—De acuerdo, dividámonos las tareas. Gabriel y yo... Iremos a hablar con algunos profesores. Raphael y Marlene, ustedes... Sigan investigando en la biblioteca, no se separen y tengan cuidado, aún no sabemos si esa cosa también puede aparecer de día.— Propuse luego de pensarlo un poco.
—Aye sir.— Dijo Raphael, levantándose con un saludo militar. —Nos encontraremos aquí al mediodía para compartir lo que hayamos descubierto.—
Dicho eso, nos separamos, cada uno con su misión. Gabriel y yo nos dirigimos al edificio administrativo, donde sabíamos que podríamos encontrar a algunos de los profesores que habían trabajado con Harold.
Mientras caminábamos, no pude evitar sentir un escalofrío recorriendo mi espalda, como si algo nos estuviera observando, pero al mirar de reojo disimuladamente no había nadie, solo la estatua junto a la puerta.
Al llegar, nos encontramos con la profesora Díaz, una de las colegas más cercanas de Harold según lo que habíamos visto en los archivos.
Después de presentarnos y explicarle nuestra preocupación, ella frunció el ceño, quizás afectada por el recuerdo de su amiga.
—Harold era una mujer brillante, pero en sus últimos meses se obsesionó con un libro que le vendieron en una excursión.— Explicó la profesora, con voz temblorosa. —Siempre decía que había algo importante, algo que podría ayudarla. Pero... nunca imaginé que llegaría tan lejos.—
—¿Tiene alguna idea de lo que pudo haber encontrado?— Preguntó cortésmente Gabriel.
—Solo fragmentos.— Respondió Díaz, sacudiendo la cabeza. —Encontré algunos de sus apuntes después de su muerte. Pero no tengo los documentos completos. Creo que los guardó en la biblioteca o en su casa.—
Compartí una mirada con Gabriel, sabiendo que esto solo confirmaba nuestras sospechas.
—¿Podríamos ver esos apuntes?— Le pregunté.
La profesora Díaz pareció dudar por un minuto, pero luego negó con la cabeza de manera efusiva, poniéndose de pie.
—De ninguna manera, ya hablé demasiado y a ustedes no les traerá nada bueno involucrarse en esas cosas.— Fue su respuesta tajante mientras nos acompañaba a la puerta, prácticamente cerrándola en nuestros rostros.
Un profesor sensato en esta universidad, ¿quién lo diría?
Finalmente, cabizbajos nos dirigimos a la biblioteca para reunirnos con Raphael y Marlene. Aunque quizás sería más correcto decir que solo Gabriel se encontraba de esa manera.
Yo trataba de disimular mi felicidad ante la premisa de que aún quedaran adultos razonables en el mundo. Encontramos a nuestros amigos sentados en una de las mesas del vestíbulo, rodeados de libros y papeles.
—¿Qué han descubierto?— Pregunté mientras nos acercábamos.
Raphael levantó la vista. —Encontramos algunas notas de la profesora Harold en los archivos de la bibliotecaria, no es mucho. Al parecer, estaba investigando algo sobre rituales nativos. Hay menciones a un libro específico, pero no hemos podido localizarlo.—
Marlene asintió, revisando uno de los papeles. —También encontramos un diario con algunas entradas que parecen relevantes, pero está incompleto, arrancaron las ultimas paginas.—
Gabriel se sentó, empezando a relatar. —Hablamos con la profesora Díaz. Nos contó que Harold se obsesionó con un libro que compró en el pueblo, podría ser ese.—
—Entonces tenemos que encontrarlo.— Marlene frunció el ceño.
—Claro, claro, pero primero, podemos revisar el diario.— Sugerí, tratando de disimular lo más que pude mis pocas ganas de embarcarme en la búsqueda de un libro posiblemente maldito. —Tal vez haya pistas sobre dónde lo guardó.—