Cuentos de terror para estudiantes estresados {1}

8: La vida es como Netflix, excepto que para cancelar hay que salirse.

Además de mantenernos al día con nuestras propias tareas, tratábamos de recopilar toda la información posible sobre Harold, sus investigaciones y cualquier cosa que pudiera darnos una pista sobre el libro.

También nos tocó vigilar a Williams por turnos, quien cada vez lucía menos humana. Y no, no era un insulto, era un hecho, uno que extrañamente solo nosotros parecíamos notar.

Finalmente, la semana acabó. Nos reunimos temprano en la mañana y salimos al pueblo en el auto de Marlene, preguntando a algunos locales mientras hacíamos nuestras compras, hasta que entre indicaciones logramos llegar al sitio.

La casa, si es que aún se le podía llamar así, estaba rodeada de árboles y un pesado aire de abandono, resultando en una presencia ominosa a comparación de las otras. Las ventanas estaban cubiertas y la puerta principal tenía una cerradura oxidada, con restos de cintas policiales pegados a los bordes de la puerta.

—Esto es un poco...— Murmuró Marlene, mirando alrededor.

—Lo sé.— Respondí con resignación, sacando el celular de mi mochila antes de encender la linterna.

Raphael logró forzar la cerradura y entramos con cuidado, iluminando el interior con nuestras linternas. El primer piso estaba lleno de polvo y telarañas, con muebles antiguos cubiertos por sábanas blancas y grandes tablones sellando las ventanas, Gabriel nos guio hasta lo que aparentemente era la oficina.

—La policía encontró su cuerpo en el sótano.— Avisó Gabriel, alumbrando con la linterna de su teléfono. —Pero cualquier cosa que pueda estar relacionada con su investigación que no se hayan llevado debería estar aquí.— Agregó, comenzando a revisar los papeles en una mesa cercana.

Raphael se dirigió a la estantería, mientras Marlene y yo revisábamos los cajones del escritorio. Había muchos documentos y notas, pero la mayoría parecían ser sobre sus clases.

—Aquí hay algo.— Nos anunció Marlene, tirando al suelo lo que parecía un pedazo de madera, pero no fue eso lo que llamó la atención, sino el fondo del cajón que antes cubría, donde ahora se podía notar un libro descansando bajo un montón de telarañas, observé a Marlene con cierta vacilación mientras ella me devolvía la mirada, probablemente esperando que fuera yo quien sacara el libro, sin embargo, por un largo tiempo ninguno de los dos se movió.

—...Michael, ¿podrías por favor sacar el libro?— Después de lo que probablemente fue un minuto de silencio, hasta me sorprendió por un momento lo amorosa que sonó su voz, tipo maestra de primaria al comienzo del año escolar.

—Perdón, tengo una política muy clara sobre meter las manos en rincones oscuros llenos de polvo y telarañas.— Respondí, dando otro paso atrás. —Se llama "ni loco".—

—¡Oye!— Su indignación fue obvia, probablemente pensando que lo hacía por molestarla.

—además...Medanmiedolasarañas.— Admití en un murmullo, tan bajo que probablemente ni las hormigas de la habitación me escucharon, mucho menos Marlene, quien se acercó, aparentemente subiendo el volumen de su auricular luego de mover el pelo que servía como cortina delante de su oreja.

—Perdón, no escuché lo último, ¿qué dijiste?— Naturalmente, ella no lo pudo dejar pasar, aunque ambos sabíamos que con aquel condenado traste era perfectamente capaz de escuchar mis latidos si quería.

Tragué saliva, debatiéndome internamente entre el deseo de seguir con vida y el instinto de supervivencia social que me pedía no confesarlo para mantener algo de mi orgullo intacto. Pero cuando abrí la boca, ya era tarde.

—Me dan miedo las arañas!— Solté de tirón, apretando los puños mientras bajaba la mirada, no tanto por vergüenza, sino por si alguna de las chorrocientas arañas viviendo en aquella casa decidía acercarse por el suelo.

Marlene me miró unos segundos, en silencio. Y justo cuando pensé que me regañaría por ser un cobarde, la joven simplemente suspiró antes de señalarme con el meñique. —Está bien, pero me debes el almuerzo de la próxima semana, completa.

Asentí furiosamente, dedicándome a alumbrar con la linterna de mi teléfono mientras ella se agachaba, apartando las telarañas con un pañuelo que sacó de su chaqueta, antes de usarlo para sacar el libro sin tocarlo directamente. Se veía grueso, de tapas oscuras y gastadas. No tenía título, solo un relieve apenas visible en lo que parecía cuero. Cuando lo puso sobre el escritorio, llamó a los demás.

Gabriel fue el primero en acercarse. Al ver el libro, se tensó. Raphael, en cambio, se veía genuinamente fascinado, como si acabáramos de encontrar un tesoro en vez de, posiblemente, la causa de la muerte de una profesora y de todos nuestros problemas actuales.

—¿Y si... no lo abrimos aquí?— Propuse, un paso más atrás que todos, por seguridad.

—Michael...— Comenzó Raphael, con ese tono paciente que a veces me hacía sentir estúpido por llevarle la contraria. —Tarde o temprano vamos a tener que abrirlo.—

—Claro. Pero "tarde" suena mejor que abrirlo en una escena del crimen.— Respondí, cruzándome de brazos.

—Tiene razón.— Dijo Marlene, sorpresivamente de mi lado. —Si Harold realmente murió por algo relacionado con esto, no podemos abrirlo sin entender lo que estamos haciendo.—

—Entonces nos lo llevamos.— Decidió Gabriel, tomando la delantera sin esperar respuesta.

—¿Y si eso nos hace culpables de... algo?— Cuestioné, siguiendo detrás con evidente reticencia.

—De todas formas ya estamos hasta el cuello.— Señaló Raphael, quitándose la camisa antes de envolver el libro y guardarlo en su propia mochila.

Nadie lo contradijo.

Por un momento solo se escuchó el crujido de las hojas secas bajo nuestros pies. No necesitaba girar para saber que todos mirábamos al mismo punto: La puerta del sótano. Cerrada y sucia.

—¿Bajamos?— preguntó Raphael, rompiendo el silencio con su impaciencia habitual.

—¿A qué?— solté. —¿Para qué nos pase lo mismo que a Harold?—



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En el texto hay: suspenso, amistad, univesidad

Editado: 13.03.2026

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