Xoan había conseguido su nuevo trabajo gracias al amigo de un primo, de un tío, de un vecino, de un conocido que siempre iba a comprar a la tienda de sus padres.
El trabajo era sencillo, con buena paga y un lugar donde vivir totalmente gratis. Pero por alguna razón que Xoan desconocía, nadie quería aceptarlo. Quizás porque implicaba mudarse a la punta más recóndita del mapa, aquella que era llamada “tierra final” por los locales. O quizás porque su trabajo implicaba proteger y mantener un viejo faro de piedra que alertaba a los buques comerciantes de la costa maldita.
A pesar de que sus padres lo habían intentado persuadir para que no aceptara el empleo, Xoan decidió aprovechar la exuberante oferta y dirigirse a aquella tierra infernal de la que muchos escapaban.
Llegó al faro una mañana de verano cuando la brisa todavía era agradable en un viejo auto que le había pertenecido a su abuelo y con una pequeña maleta con la ropa esencial. La brisa del mar golpeó su rostro y llenó su cabello de sal. Aquel monstruoso faro se erguía en la punta más recóndita del terreno. El acantilado que lo seguía era escalofriante. Las violentas olas chocaban contra las rocas intentando barrer todo a su paso, pero la pared de piedra se imponía con orgullo y resistía cada golpe.
El faro en sí lucía un poco anticuado. Por fuera estaba pintado con franjas blancas y rojas, pero la madera y la piedra prevalecían en el interior. Tenía cuatro pisos con techos altos y en la cima, una cúpula vidriada con una gran linterna que iluminaba hacia el océano.
Xoan fue recibido por un hombre que había sido el último guardián de ese faro. Aquel hombre lucía bastante anciano y a Xoan le sorprendía que pudiera subir y bajar por las escaleras como si nada.
Él le enseñó cada uno de los pisos y le explicó con detalle qué es lo que debía hacer y qué no. El primer piso era la recepción; allí se encontraba el salón, la cocina y el comedor para Xoan y sus invitados. El segundo tenía gran recámara y el baño donde solamente salía agua caliente de cuatro a cinco de la tarde. El tercero era la sala de torre de control donde Xoan tendría que monitorear que el faro funcionara correctamente. Y el cuarto era un balcón externo que rodeaba toda la estructura.
Antes de dejar a Xoan solo, el hombre le dio una detallada explicación de cómo funcionaban las máquinas y le propinó una advertencia fatal: jamás dejes que el faro se apague. En esa zona había habido cientos de naufragios. El faro, que había pasado por varias remodelaciones a lo largo de los años, había salvado la vida de muchas personas en sus mil años de historia.
Cuando se fue, Xoan sintió un extraño alivio. Por un lado, estaba contento de conseguir un trabajo como ese. Prácticamente iban a pagarle por mantener una luz encendida. Pero, por otro, sintió el peso de la responsabilidad que había asumido sobre sus hombros. Aun así, Xoan decidió hacer caso omiso al brote de ansiedad y ponerse manos a la obra para que aquel faro sea su hogar en los próximos meses. Estaba convencido de que, si hacía un buen trabajo, le renovarían el contrato y podría ahorrar el doble de lo que se había propuesto.
Las primeras semanas fueron excelentes para adaptarse a su nueva vida. El faro funcionaba a la perfección; cuando el sol comenzaba a bajar en el oeste, su inmensa luz se encendía e iluminaba la oscuridad del mar a todos los barcos que se acercaban a aquellas tierras. Su rutina comenzó a girar en torno al faro. Por las noches, Xoan se mantenía despierto asegurándose de que la linterna no se apagara. Cuando el sol había salido por completo y el faro apagaba su resplandor, Xoan se iba a la cama. Dormía ocho horas y luego se dedicaba el resto de la tarde a leer o relajarse viendo una película. A veces sacaba una silla al balcón del cuarto piso y contemplaba el ocaso mientras aprovechaba la vitamina D. Otras veces, tomaba su equipo de pesca y bajaba a la playa más cercana para poder disfrutar de una tarde en la naturaleza. Y otras veces, invitaba a un grupo selecto de amigos para jugar a las cartas antes del anochecer.
Fue una de esas tardes cuando un buen amigo suyo le contó una historia escalofriante.
—Mi padre me ha dicho que los meses de verano son los más peligrosos para navegar. A pesar de que la noche es más corta, la mayoría de los accidentes en estas aguas fueron en esta época del año. De hecho, desde que está el faro, no se han registrado accidentes en otros momentos del año.
Xoan, quien había hecho caso omiso a las advertencias de sus propios padres, se revolvió en la silla con incomodidad. Apoyó las cartas sobre la mesa y tomó su vaso con agua. Le dio un sorbo. No quería que su voz sonara ansiosa.
—¿Y te dijo por qué sucede eso?
Bran alzó los hombros con indiferencia.
El tema quedó ahí, no porque Bran no quisiera seguir hablando. Más bien, Xoan no quería seguir preguntando. Era fiel partidario de que a veces no saber es mejor.
Cuando su amigo se fue, Xoan realizó su revisión de rutina para asegurarse de que todos los engranajes funcionaran con normalidad. Esa noche, se la pasó sentado en el balcón, asegurándose de que la gran linterna no se apagara. Se llevó una bebida fría y una delgada manta para combatir la fresca brisa marina. Pero a pesar de la paranoia de Xoan, el faro se mantuvo encendido toda la noche y no se produjo ningún tipo de accidente.
Aliviado, Xoan se fue a acostar con un extremo cansancio. Pero durmió como un niño pequeño que ha estado corriendo por el jardín todo el día. Cuando abrió los ojos, no sabía dónde estaba. Contempló el reloj de su habitación y cayó en la cuenta de que era entrada la tarde.
Se había dejado llevar por los comentarios de Bran y había caído en una paranoia que lo había dejado totalmente agotado. Xoan jamás había sido muy crédulo. Pero como era un trabajo que quería conservar, le generaba una presión extrema.
Cuando entró en la ducha, oyó el repiqueteo de la lluvia contra su ventana. Asomó su rostro a través del cristal. Divisó una gran nube negra que había cubierto los cielos y desencadenado su furia contra aquellas tierras. Un fuerte viento silbaba al chocar contra el faro. Los yuyos que bordeaban el camino al pueblo se mecían con violencia.