Cada mañana, Leonard debía caminar hasta la estación central y tomar la Línea Transmarina: una red ferroviaria no muy frecuentada, pero que conectaba dos importantes ciudades. El tren, una vieja locomotora con dos vagones de pasajeros que rara vez iban llenos, bordeaba el mar siguiendo un camino de arena que se extendía por varios kilómetros.
Leonard era testigo de cómo ese tren conectaba pequeños pueblitos olvidados hasta por los políticos en época de elecciones. Hacía rápidas paradas en cada una de las estaciones y generalmente no solía subir nadie. Pero había una parada en particular que siempre llamaba su atención.
Era una estación hecha de madera sobre el mar. Las olas se mecían con suavidad y cada vez que las puertas del vagón se abrían, una agradable brisa golpeaba el rostro de Leonard. El tren parecía flotar sobre el océano y, si prestaba atención, podía sentir el balanceo. El sol se reflejaba en el agua cual espejo y golpeaba los vagones, aumentando la temperatura del interior. Siempre que llegaban a esa estación, Leonard se quitaba el saco y arremangaba su camisa. Contemplaba el reloj, que marcaba las nueve de la mañana, y posaba sus ojos en una joven de aspecto desaliñado pero pulcro, que estaba sentada en un banco con su pequeña maleta roja a su lado.
A pesar de que la veía allí todos los días, esa mujer jamás subía al tren. Leonard no sabía quién era, qué hacía allí o a quién esperaba. Y tampoco estaba seguro de cuándo la había comenzado a notar. Un día simplemente, se dio cuenta de que cada vez que llegaban a esa estación ella estaba allí y él la contemplaba fijamente a través del vidrio. Al poco tiempo, las puertas se cerraban y el tren continuaba su rumbo.
Incluso cuando Leonard llevaba un libro para entretener su viaje, siempre alzaba su vista al llegar a la estación y no volvía a enfocarse en la lectura hasta abandonarla.
Esa mujer se volvió el punto central de su viaje. Cada vez que el reloj marcaba las nueve y el tren se detenía en aquella estación, Leonard contemplaba cómo la joven yacía. sentada junto a su pequeña maleta. Las olas se mecían de un lado a otro y la brisa era agradable. Pero a pesar de que el sol lo cegaba, él no podía dejar de ver.
¿Quién era esa mujer? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué estaba todos los días en esa estación, pero nunca subía al tren?
Leonard comenzó a pensar cómo se llamaba. Había días en que la llamaba con nombres clásicos, Clara o Teresa. Otros días, pensaba en nombres modernos como Ava o Siena. A veces imaginaba que era una joven esperando que el amor de su vida regresara de una guerra lejana, ¿o quizás su padre? Quizás estaba esperando otro tren, uno que Leonard desconocía, y que la llevaba a su lugar de trabajo todas las mañanas. O tal vez, esa mujer no existía. ¿Acaso se estaba volviendo loco? ¿Y si era un fantasma que solamente él veía?
Fue así que, día tras día, cada vez que el reloj marcaba las nueve de la mañana, Leonard dejaba lo que estaba haciendo para contemplar a aquella joven. La marea bajaba y subía y el sol calentaba los vagones. Comenzó a fantasear con la idea de caminar en dirección a la puerta y bajar del tren, de hablarle, de conocerla. Quería saber cuál era su historia. Pero a pesar de que lo había debatido varias veces consigo mismo, sabía que no podía hacerlo. Leonard necesitaba estar en horario en su puesto de trabajo o lo perdería. Y perderlo no solo significaba dejar sus lujos y estilo de vida, sino que perdería su razón para montar ese tren y verla de nuevo.
Pero a medida que pasaban las semanas, Leonard comenzó a preguntarse si habría algún día en el que ya no la vería, en el que desaparecería. ¿Y si ese día llegaba mañana? ¿O dentro de dos días?
Lo que Leonard había encontrado como una manera curiosa de entretenerse, lo había llevado a una obsesión por aquella mujer. Cada mañana, esperaba con ansia que el tren llegara a esa estación y la buscaba a través del vidrio cuando éste se detenía. La cálida brisa ingresaba cuando las puertas se abrían y el reflejo del sol golpeaba contra su rostro. Leonard se quitaba el saco y contemplaba su reloj. Siempre eran las nueve de la mañana.
Un día, Leonard se puso de pie pocos minutos antes de llegar a esa estación. Contempló su reloj; faltaba un minuto para las nueve. El tren se detuvo lentamente. Leonard estaba aferrado a la barra de sujeción con tanta fuerza que le comenzaron a doler los nudillos. Las puertas se abrieron exactamente a las nueve. El aire que entró era cálido y denso, como una brisa que ardía sin quemar. Leonard estiró su pierna derecha y estuvo a punto de dar el salto, pero sabía que si bajaba de ese tren no habría vuelta atrás. Todo lo que había construido en años se derrumbaría como un castillo de naipes. La mano le comenzó a sudar y tuvo miedo de resbalarse.
El tren cerró sus puertas y comenzó a avanzar nuevamente. Él la vio, sentada en aquella estación con su pequeña maleta. Instintivamente, comenzó a correr por el vagón del tren hasta el final. Juraba que aquella mujer estaba llorando.
Esa noche, Leonard se fue a dormir con una incómoda sensación en el pecho. No paraba de preguntarse por qué aquella mujer lloraba y qué hubiese pasado si bajaba en esa estación. Pasó la noche dando vueltas en su cama.
Cuando se subió al tren la mañana siguiente, Leonard estaba agotado. Había bebido tres tazas de café para mantener su cuerpo funcional y aún así tenía miedo de dormirse sentado. Pero a pesar de que los párpados le pesaban, esperó con ansias la llegada a la estación. El tren se detuvo exactamente a las nueve de la mañana y Leonard aplastó su rostro contra el vidrio, intentando buscar a aquella mujer. Sin embargo, el banco en el que ella siempre estaba se encontraba vacío.
El corazón de Leonard se rompió en mil pedazos. Se puso de pie e intentó bajar del tren, pero fue demasiado tarde. Las puertas se cerraron y la locomotora comenzó a arrastrar los vagones hacia su próximo destino. Leonard corrió hasta el comienzo del vagón y comenzó a golpear la pared de madera, esperando que el maquinista oyera sus plegarias. La poca gente que cada mañana lo acompañaba en su travesía, se puso de pie y lo comenzaron a mirar con desconfianza. Algunos comenzaron a decirle que se detuviera, otros susurraron que el calor le había derretido el cerebro.