Alicia Hoffman falleció una tarde de verano rodeada de sus hijos y nietos, quienes la acompañaron en sus últimos momentos. La despedida había sido tan emotiva que incluso desconocidos lloraron cuando se pasaron por la casa de la simpática Alicia y se enteraron de que ella había partido de este mundo.
Pero horas después del entierro, sus hijos y sus nietos comenzaron a marcharse hacia sus respectivos hogares. Y la diminuta casa que Alicia intentaba mantener limpia y prolija quedó cerrada por varios días. Un grupo de abogados contratados por el hijo mayor descubrió que la casa estaba llena de deudas y no tenía valor alguno para la herencia, por lo que las pertenencias de la vieja Alicia fueron despachadas del hogar, que posteriormente fue rematado y vendido a una joven pareja del barrio.
Sin embargo, había una de sus nietas que intentó recuperar todas las posesiones de su preciada abuela y, aunque no logró llegar a tiempo para salvar los bienes que se habían rematado, pudo recuperar un enorme maletín de cuero donde Alicia había guardado fotos, postales y cartas. Lucía lo llevó a su casa con la angustia atravesada en la garganta y lo dejó sobre una vieja mesa de roble que tenía en su diminuta oficina. Sin embargo, no se atrevió a abrir aquella caja hasta dos semanas después.
Era una agradable tarde y caía una suave lluvia de verano. Lucía había estado toda la mañana limpiando y ordenando su diminuta casa y, al terminar, había tomado asiento en su sillón favorito con una copa de vino tinto en su mano. No se había olvidado del maletín. Pero durante todos esos días había esperado que su duelo acabara para poder abrirlo. Y luego de pensarlo por largos minutos, llegó a la conclusión de que si no lo hacía en ese momento, no lo haría nunca. Se puso de pie y dejó la copa de vino sobre la diminuta mesa ratona que había comprado hacía pocos meses. Caminó hasta el escritorio y apoyó la yema de los dedos sobre el maletín. Estaba frío y su superficie estaba irregular debido a la humedad que había absorbido luego de años guardado en lo más profundo de un antiguo armario. Su mano se concentró en la hebilla de seguridad de bronce. Luchó contra el óxido y lo abrió con cuidado para no romperla.
Un agradable aroma a lavanda invadió sus sentidos; era como una brisa de verano que la abrazaba con fuerza y la transportaba a un lugar lejano. Aquella pequeña maleta estaba repleta de cartas amarillentas y fotografías en blanco y negro. Sorprendida, tomó la primera fotografía y la contempló con el ceño fruncido. Era su abuela, Alicia, cuando era una joven mujer de largos cabellos oscuros y esbelta figura. Tenía una simpática sonrisa y posaba con las manos a un lado del cuerpo, sosteniendo un sombrero de paja con una cinta alrededor de la copa. Pero lo que llamaba la atención de Lucía era el lugar; parecía estar al pie de una playa paradisíaca. Lo que era raro, puesto que ella había escuchado en varias reuniones familiares que su abuela jamás vacacionaba. Su abuelo y sus hijos le habían rogado una y otra vez que se tomara vacaciones, que viajara a la playa o las montañas. Pero Alicia se había negado toda la vida. La anécdota había quedado en la historia de su familia y sus tíos se encargaban de contarla cada vez que se juntaban para ocasiones especiales.
Lucía había crecido creyendo que su abuela tenía un enorme sentido de la responsabilidad o, quizás, tenía tanto miedo por lo desconocido que Alicia jamás se atrevió a salir de su zona de confort. Pero allí estaba, Alicia Hoffman de pie frente al océano, con los vientos meciendo sus cabellos y luciendo un traje de baño de cuerpo entero con diminutos volados alrededor de su cintura. Y lo que más llamaba la atención de Lucía era que tenía una gran sonrisa en sus labios y una mirada tan cálida que ella jamás había visto reflejada en el rostro de su abuela.
Giró la imagen y leyó los garabatos escritos detrás. Hvar, 1960. Dejó las fotografías a un lado y comenzó a abrir las cartas. Eran todos escritos donde ella y un señor que Lucía no conocía se contaban su rutina y se declaraban amor. Con el ceño fruncido por la sorpresa, leyó cómo su abuela conversaba con un extraño, un hombre que solamente aparecía en la última fotografía, un muchacho alto y de cabello oscuro que tenía una camisa perfectamente planchada y unos pantalones que cubrían hasta sus tobillos. Ambos estaban de pie, frente a un campo de lavanda. No estaban tomados de la mano, ni tampoco abrazados, simplemente estaban de pie, uno frente al otro, con una tímida sonrisa e intercambiando una entera mirada, aquellas que solo las personas destinadas a estar juntas poseen.
Pero Alicia y ese extraño no habían terminado juntos, y el destino que la vida había planificado para ellos se había esfumado como la neblina cuando sale el sol por la mañana.
La última carta que Alicia tenía era una que ella misma había escrito, una que no había llegado a enviar, donde le pedía perdón a un tal Josip Horvat por haberse marchado y tener que contraer matrimonio con otro hombre: su abuelo.
Lucía sintió un extraño mareo y tuvo que detener la lectura para poder procesar lo que acababa de descubrir: su abuela había estado enamorada de un hombre que había conocido en su juventud y, por alguna razón, había tenido que dejarlo ir y se había casado con su abuelo.
Estuvo varias semanas dándole vueltas al asunto. Todas las noches, luego de cenar, se sentaba en su sillón y contemplaba las fotografías, las cartas y, de vez en cuando, buscaba en su teléfono más información sobre Hvar, sobre Josip Horvat.
La isla de Hvar era un paraíso en el mar Adriático, un lugar de ensueño para los amantes de las buenas playas y la vida nocturna. Un lugar que quedaba tan alejado de la mente de Lucía que tuvo que buscar de qué país se trataba. Croacia. Y Josip Horvat parecía ser un reconocido productor de vinos que tenía una gran casona en un pueblo cerca del mar. Un hombre que había participado en la guerra de independencia en los años 90, alguien que se había ganado el respeto de sus vecinos. Y ahora se había retirado del negocio familiar para darle paso a sus herederos. Pero no había más noticias desde hacía diez años y Lucía comenzó a pensar que, quizás, Josip Horvat estaba muerto.