Mel Waters nunca creyó en leyendas, supersticiones ni historias de miedo. Para él, todo tenía explicación lógica. Su parcela en Manastash Ridge era un lugar apartado, rodeado de pinos altos que se mecían con el viento, y colinas que absorbían la luz de la luna. La soledad era su compañera, y la tranquilidad parecía eterna… hasta que descubrió el pozo.
El Hoyo de Mel, como lo llamaban los vecinos, apenas tenía tres metros de ancho, con bordes irregulares, tierra negra y húmeda que parecía absorber la luz, y un silencio absoluto que lo rodeaba. Los aldeanos lo usaban como vertedero: arrojaban electrodomésticos viejos, refrigeradores, restos de autos, y cada objeto desaparecía sin hacer el más mínimo ruido al tocar fondo. Nadie sabía qué pasaba allí, y Mel decidió investigarlo.
Al principio, solo arrojó basura, observando cómo caía en la oscuridad infinita. Pero pronto notó que había algo más. Cada vez que miraba dentro, un escalofrío recorría su espalda, como si algo lo evaluara, algo que estaba despierto en las sombras del abismo. Por las noches, cuando el viento soplaba entre los pinos, creía escuchar un susurro, suave, apenas audible:
—Ven… mírame…
Mel se rió nerviosamente, intentando convencerse de que era su imaginación. Pero el escalofrío no desaparecía.
Movido por la curiosidad, Mel ató una piedra pesada a un hilo de pescar resistente y comenzó a medir la profundidad del pozo. Primero bajó cien metros, luego quinientos, luego un kilómetro. La piedra seguía cayendo, como si el pozo se extendiera más allá de la comprensión humana. Ni el hilo ni la piedra tocaban fondo.
A medida que la cuerda descendía, el aire a su alrededor se volvía más denso, con un aroma dulce, casi agradable, mezclado con un olor rancio que irritaba la garganta. Mel sintió cómo la tierra parecía vibrar, como si el pozo respirara bajo sus pies. Esa noche, al volver a su cabaña, los ruidos comenzaron: golpes suaves, crujidos, como si algo se arrastrara bajo la tierra. Cada sonido parecía estar dirigido a él, susurrándole palabras que no comprendía del todo:
—Tráeme… tráeme todo…
El joven intentó ignorarlo, pero las noches se hicieron interminables. Cada sombra parecía moverse de manera independiente, proyectando figuras que desaparecían si intentaba mirarlas directamente.
Una tarde, la curiosidad de Mel se volvió peligrosa. Decidió bajar una oveja viva al pozo, amarrándola cuidadosamente a una cuerda gruesa. Mientras el animal balaba, Mel observaba fascinado y aterrorizado al mismo tiempo. Pero los balidos pronto se transformaron en gritos humanos, desgarradores y desesperados.
Intentó jalar la cuerda, pero algo invisible tiraba con fuerza, arrastrando la oveja hacia la oscuridad. La tierra a su alrededor comenzó a vibrar, y un líquido oscuro emergió de pequeñas grietas, goteando lentamente hasta mezclarse con la tierra. El aroma dulzón y podrido de la miel fermentada llenó el aire, y los susurros se hicieron más claros:
—Más… tráeme más…
Mel comprendió, con un miedo profundo, que había despertado algo que no debía. La oveja desapareció en un instante, y el silencio se apoderó del bosque, salvo por un murmullo constante que parecía provenir de cada rincón: de los árboles, del suelo, del aire mismo.
En los días siguientes, Mel comenzó a notar cambios en la comunidad. Primero desapareció un viejo que acostumbraba tirar basura al pozo, luego un niño curioso que se acercó demasiado, y finalmente una pareja que decidió investigar por su cuenta. Nadie volvió a verlos. Nadie habló de ellos.
El pozo parecía absorber todo. La tierra alrededor se agrietaba, dejando escapar un líquido oscuro que olía a miel podrida y a carne fermentada. Las sombras danzaban alrededor del borde del pozo, y a veces Mel creía ver figuras humanas observándolo desde la negrura infinita.
Intentó documentar los eventos con cámaras, sensores y cuerdas largas, pero cada intento fracasaba. Los objetos desaparecían sin dejar rastro, y los susurros se intensificaban, esta vez como una voz profunda, resonante, que lo llamaba directamente:
—Ven… mírame… tráeme…
Mel comprendió que el Hoyo no era solo un agujero. Era un hambre. Un abismo consciente que devoraba todo lo que tocaba.
Una noche sin luna, la obsesión venció a Mel. Se acercó al borde del Hoyo, sintiendo la gravedad de algo antiguo e insaciable. La tierra temblaba bajo sus pies, y la oscuridad parecía extenderse más allá de lo físico, como un océano negro que lo llamaba.
El suelo pareció volverse líquido. Sus pies se hundieron lentamente. Intentó gritar, pero la voz se ahogó en la profundidad. Una fuerza invisible lo atraía hacia el pozo, tirando de él con lentitud pero con seguridad absoluta. Su corazón latía con un ritmo frenético, y sus últimos pensamientos se mezclaban entre terror y fascinación:
—¡No…!
Mel fue absorbido, tragado por la oscuridad. La tierra, aparentemente tranquila, volvió a su estado original, como si nunca hubiera existido.
Al día siguiente, los vecinos solo encontraron un charco negro en la parcela de Mel, con un aroma dulzón y podrido que impregnaba todo el bosque. La oveja, las cámaras, la cuerda, incluso Mel, habían desaparecido. Solo quedaba un vacío que parecía observar, respirar, y esperar.
Los susurros aún se escuchaban en noches sin luna:
—Ven… tráeme… mírame…
El Hoyo de Mel sigue allí, intacto, un agujero que no tiene fondo, un abismo que devora todo sin excepción. Cada objeto, cada vida, es un sacrificio para la oscuridad que habita Manastash Ridge. Y si te acercas demasiado… puedes ser el siguiente.
Porque algo que puede devorar todo sin fondo nunca se sacia, y su hambre es eterna.
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Editado: 08.01.2026